viernes, 1 de septiembre de 2017

La filosofía como terapia personal

Reconozco que me he dado cuenta, al cabo de los años, que filosofo como terapia personal frente a los retos cotidianos de la vida. Pero, ¿qué es filosofar?, podemos preguntarnos. Con permiso de los grandes maestros, e indulgencia por derecho adquirido de los viejos profesores de la universidad, me atrevería a simplificarlo como la acción de focalizar el pensamiento sobre un aspecto concreto o abstracto de la vida. Pero claro, para focalizar el pensamiento se requiere de dos actitudes que no por ser obvias, son comunes: focalizar y pensar conscientemente sobre lo focalizado, pues requieren de un espacio y tiempo de reflexión en presente -que a mi me gusta llamar “congelado”- que no tiene cabida en una sociedad de alta velocidad.

Cada cual tiene sus secretillos para apearse del vertiginoso movimiento generado por las elevadas revoluciones por segundo con las que gira la sociedad contemporánea y desconectarse de su mundanal ruido omnipresente, ya no sin hacerse daño, sino justamente para mantener sana su propia cordura. En mi caso, el secreto para anclarme en el pausado presente continuo no es otro que el hecho de encenderme una pipa. Es por ello que -sin connotaciones freudianas, cuyas tesis por cierto no comparto en absoluto-, denomino a mi pipa como mi tetilla filosófica.

Focalizar el pensamiento representa, a su vez, desfocalizarlo de otros encuandres referenciales de la vida. Por lo que cambiar de enfoque te permite entrar en estados de pensamiento liberadores o, por el contrario, submergirte en otros de corte más opresores. Una regulación del enfoque del pensamiento reflexivo a voluntad que depende, por encima de los intereses existenciales surgidos en cada uno de los diferentes momentos del camino vital que reccore una persona, del estado emocional de uno mismo. Así, podemos enfocarnos tanto en tensos aspectos del microuniverso del ser humano, donde entran en juego las mundanas -y a veces mediocres- relaciones sociales de los hombres dentro de un contexto socio-cultural determinado (que no por entenderlas debemos compartirlas, pues muchos de los comportamientos sociales son racionales bajo criterios selectivos de egoismo individual), como podemos enfocarnos en serenos aspectos macrouniversales del ser humano, donde entran en juego elevados aspectos clave de la existencia del ser humano.

Lo cierto es que esta mañana me he levantado cansado, y por qué no decirlo con cierta desazón, del microuniverso que teje mi realidad social en continuo cambio y transformación, de la que me siento desconcertado, descontextualizado, perdido e incluso Divergente (como “Tris” o “Cuatro” en la película del mismo nombre) con mayor grado del que me gustaría (Consciente que no es una cosa de la edad). Por lo que me he puesto a buscar mi propio espacio de paz interior, tetilla filosófica humeante en boca, pensando en la belleza de la esencia de la Vida, en este caso centrado en la geometría, la materia y la vibración. (Aunque no habrán pocos que califiquen esta actitud de huída de la (su) realidad). [La realidad, je!, otro concepto que da mucho de qué hablar].

Sí, esta mañana me he sumergido en aguas de pesamientos relajantes que me han conducido a reflexionar sobre el hecho que la Vida tiene una naturaleza indivisiblemente trinitaria. Por un lado, todo lo existente tiene estructura geométrica, como fruto de las múltiples combinaciones de los Cinco Platónicos (tetraedro, cubo, octaedro, icosaedro y dodecaedro), más el círculo y la espiral, que dan forma a todo lo conocido y por conocer. Por otro lado, todas las múltiples combinaciones de formas geométricas resultantes cuentan con una estructura material en sus diferentes estados (sólido, líquido, gasesoso, plasma, materia negativa, y otros por descubrir). Y en último lugar, toda la materia en sus diferentes estados y múltiples formas geométricas forman parte de la Vida por cuanto vibran (generando así las diversas fuerzas físicas que constituyen el Universo, como la nuclear fuerte, nuclear débil, la gravitatoria, la electromagnética, la cuántica -fuerza fundamental-, y otras por descubrir), consideraciones teológicas sobre el origen motriz de la vibración del universo a parte. Tres partes de una misma naturaleza (geometría, materia y vibración) que interactúan, se complementan y condicionan entre sí constituyendo el arjé de la Vida, por no calificarlo como el tejido madre o la cuna de la misma Vida.

Particularmente me resulta muy bello observar como ondas de frecuencia vibratoria, como la música (de creación mecánica o electromagnética), generan nuevas formas geométricas en estados materiales liquidos o sólidos. Una bella visión fisiológica de la Vida que, aun por ser percibida por una autoconsciente limitación cognitiva humana como la mía, no deja de ser menos hermosa por armoniosa a la luz contemplativa de un pensamiento focalizado; consciente que sabemos tanto del cósmos como lo que puedan saber las hormigas desde su hormiguero, ya que la dimensión de nuestra órbita planetaria (de la que formo parte como ser vivo que habita en su cuerpo celeste llamado Tierra) tan solo representa 4 minutos luz en referencia a los 80 millones de años luz -si no mal recuerdo- que creemos que tiene la dimensión del Universo conocido donde coexisten más de cien mil millones de galaxias. (Solo en nuestra galaxia, la Via Láctea, se estima que pueden haber miles de millones de sistemas solares a parte del nuestro).

[pausa]

...Me pierdo casi angustiado con tantos ceros, aunque abrumadamente fascinado por las infnitas posibilidades inimaginables que se nos presentan. Por lo que decido regresar a la apacible -por no decir meditativo- concepto mental de la trilogía de la Vida como malla orgánica de la que parte toda la realidad conocida con el que he amanecido esta mañana, aun a sabiendas de la existencia del caos dentro del orden armonioso de la naturaleza conocida. (El movimiento de los opuestos en el principio del Ritmo de la Vida).

Mientras tanto, en mi reconocida ignorancia complaciente, de la que solo puedo realizar ociosas hipótesis para entretenimiento y relajación personal, prosigo con mi filosofoterapia existencial a falta que pueda llegar a entender cómo funciona el kafquiano micromundo productivo de los hombres (ese que te permite una vida digna), al menos hasta que la última exalación humeante de mi tetilla filosófica me devuelva a una realidad a escala que si bien no ahoga -como reza el refrán-, no deja de apretar.

Frente al estrés de la vida humana, profundamente humana -como diría Nietzsche-, no hay mejor prescripción medicinal que la filosofía como terapia personal, pues filosofando uno transciende, se desapega y autosana de la singularidad de sus circunstancias (In mente sana spiritus sano). O copiando a Marinoff: Más Platón y menos Prozac.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano