jueves, 10 de agosto de 2017

El Tiempo, aunque se vista de Oro, Vida (que descuenta) se queda

Reconozco que tengo una manera personal de medir el tiempo, y me refiero al tiempo de verdad, al que da trascendencia a la existencia de mi vida, y no a ese tiempo que mide los 7 minutos necesarios para cocer la pasta al dente. Una singular manera de acotar el tiempo que no requiere de relojes ni calendarios, sino que se fundamenta en un parámetro de medición muy concreto: el espacial. Véase: mi parámetro espacial del Tiempo viene determinado por la distancia progresiva de desapego -físico, que no emocional- que existe entre mis hijas y yo, y que es directamente proporcional a su desarrollo individual como personas. Es decir, a mayor independencia de criterios y movimiento por parte de ellas, más espacio se crea entre nosotros, como dicta la ley natural. He aquí el verdadero parámetro que mide el Tiempo de mi vida, lo otro no son más que bellas maquinarias de entretenimiento de muñeca, pared o mesa.

Es por ello que cuando servidor me percato, en mi justa y esporádica lucidez, del paso del Tiempo como efecto de los pequeños destellos cada vez más alejados de mis hijas lindando el perímetro de un espacio que, por ampliarse continuamente, aumenta la distancia del uno (yo) con las otras (mis hijas) -como marcan los cánones ancestrales de creación de historias existenciales propias e individuales-, es cuando uno redescubre que el Tiempo no es oro (siempre hipotecado e insuficiente, para regocijo y retroalimentación del omnipotente caballero Don Mercado), sino Vida. Y es justamente en esos precisos momentos de conciencia íntima, en que el mundo y con él todas sus manecillas de tiempo de mentirijillas parecen congelarse por unos segundos, cuando uno se pregunta dónde está y, -a partir de ahora y frente a ese espacio intergeneracional que se agranda inexorablemente sin fin aparente- se cuestiona hacia dónde uno se encamina.

Pues la verdad, no lo sé... [Se abre un período de reflexión].

Lo poco que sé es que espacio y tiempo forman un continuo cuatridimensional inseparable. Por lo que el espacio físico que se está generando frente a mis ojos con respecto a mis hijas -como si de un páramo vacío pendiente de dibujar algún tipo de paisaje se tratase-, conlleva un nuevo tiempo. Y allí donde emerge el espacio y el tiempo, como matriz del mundo que es, emerge la Vida.

Pero la Vida no solo es Tiempo (caduco para los mortales), sino también velocidad, el factor que al determinar el desplazamiento del tiempo en el espacio a su vez lo relativiza, por lo que la propia Vida -esa sucesión de acontecimientos cargados de experiencias personales e intransferibles- se nos presenta como relativa. Sí, la Vida es relativa, según las coordenadas de referencia de cada persona, y asimismo la propia realidad que da contenido, forma y textura a nuestra cotidianidad. Así pues, tanto o más importante que responder qué tipo de vida se me generará ante la nueva secuencia espacio-temporal que se me presenta, debería preguntarme cómo voy a vivirla. O más concretamente a qué velocidad. Pues el ritmo de la velocidad varía según parta de la premisa de que el Tiempo de los hombres es Vida o es Oro, sabedor que el tipo de ritmo que elegida puede generar tranquilidad o angustia existencial. Nada nuevo descubro bajo el sol. Al fin y al cabo, mi elección efectiva, como la de todos, se basará en dos factores clave: la percepción del camino más acertado hacia la felicidad personal, y los determinismos propios de desarrollar una vida dentro de una sociedad de mercado (Yo soy yo y mis circunstancias, como diría Gasset). La maestría, en nuestro tiempo, es encontrar el punto medio. Y el resultado final [redoble de tambores], solo el tiempo lo dirá.

Mientras tanto, a mis 45 años y ocho meses de edad, reflexiono en soledad sobre el Tiempo -que es igual a reflexionar sobre la existencia efímera, sin Quevedismos- a la espera que mis hijas vuelvan de una comida de “chicas”, consciente que el espacio físico entre nosotros se agranda a cada nuevo día generando un nuevo continuo espacio-temporal (un nuevo paisaje por descubrir) para el que debo prepararme. Pues nadie vive la vida por nadie. Lex vitae!


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano