lunes, 14 de agosto de 2017

Nadie, el proceso por el que alguien se hace invisible

Obra del chino Zhang Dali en la galería de Charles Saatsi, Londres 2008
Se dice del vacío que es aquel espacio donde la presión del aire es menor que la atmosférica, y del silencio que es aquel espacio donde el nivel de sonido es menor que el de su alrededor, asimismo podemos decir de Nadie que es aquella persona cuya importancia es menor a la de los demás. Pero,¿cómo se convierte alguien en Nadie?. Lo poco que sabemos es que Nadie es el efecto directo de un proceso por el que alguien se hace invisible socialmente. Un efecto que horroriza, generalmente, a todo el mundo, y en el que quizás resida el impulso compulsivo de exponernos continuamente en las redes sociales como antídoto -por intuición- al terror de la invisibilidad.

Así pues, Nadie cuenta con dos parámetros fundamentales, uno de manifestación, la invisibilidad, y otro de referencia, la sociedad. Y ningún parámetro de posición, pues al ser Nadie ante los demás no ocupa ningún punto de coordenadas concreto en el espacio-tiempo de quien (no) le observa.

Lo interesante es percatarse que la invisibilidad de Nadie -que en otro momento de su historia fue alguien- se fundamenta en que la sociedad no lo ve, y ello nos lleva a afirmar que la visión de la sociedad, que en definitiva somos todos quienes la conformamos, es selectiva. Pero, ¿selectiva en qué? Pues selectiva en aquello que es interesante, y si es interesante, es importante en mayor o menor medida. De este modo el axioma lógico nos permite deducir que el proceso de invisibilidad de Nadie es directamente proporcional a su pérdida de importancia social.

La pérdida progresiva de importancia social que conduce a la invisibilidad de Nadie puede darse de manera obligada por un proceso de marginalidad social -tan común en tiempos de crisis económica y de valores sociales-, o autoinducida conscientemente por una firme voluntad de desapego del mundo material. La primera conduce a la persona, inevitablemente, a un estado emocional de angustia ante la pérdida de un lugar en la sociedad en el que se era alguien y al que se ansia recuperar, mientras que la segunda conduce a un estado emocional de paz interior propio de los ascetas (hoy en día mayoritariamente urbanos) más cercanos a un sentir -que no tiene porque ser obligatoriamente de ninguna escuela religiosa concreta- de corte espiritual. Pero sea cual sea la actitud con la que cada cual afronta la invisibilidad, ambas realidades personales son codificadas por la maquinaria productiva de la sociedad como Nadie.

Entonces, si Nadie es invisible ante el prisma selectivo de la sociedad, ¿quiere decir esto que no existe? La respuesta, a todas luces, es que no. Pues al igual que el vacío o el silencio existen como manifestaciones con identidad propia dentro de la realidad pero en otra dimensión perceptiva, lo mismo le sucede a Nadie. Ya que el vacío y el silencio no son conceptos absolutos (pues entonces serían la Nada), sino relativos en referencia a los observadores, y asimismo ocurre con Nadie que es una identidad personal relativa dentro de los parámetros de visibilidad de la sociedad. En otras palabras, Nadie existe en la medida que es visible para aquel entorno afectivo o relacional más próximo, que por su condición de Nadie suele ser un entorno muy reducido, pero cuya relevancia es trascendental para Nadie. Pues en este pequeño entorno se mantienen las constantes mínimas de vida social, tal cual crisol de laboratorio para reproducción de tejido celular básico, para que Nadie -si así es su voluntad- pueda llegar a convertirse nuevamente en alguien con identidad propia bajo los sensores de rastreo del escaner productivo de la sociedad.

Sí, la reversibilidad de la invisibilidad de Nadie en visibilidad como alguien es posible mediante la obtención de un nivel de importancia social, por baja que sea; al igual que el proceso inverso. Una decisión personal e intransferible, donde solo el protagonista sabe de sus motivaciones íntimas, que es propio del ámbito de la reflexión existencial de quien soy y qué hago con mi vida. Sabedores que nadie puede vivir la vida por nadie, y que toda decisión -si es tomada con plena consciencia-, es válida aunque la maquinaria social lo registre como fallo en el sistema.

El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional,
siendo el apego la raíz de todo sufrimiento.

Artículo relacionado



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

La tendencia es la Topía personal, y no la utopía social

“A barriga llena corazón contento” es un antiguo refrán español que caracteriza muy bien nuestro carácter como individuos (homo mansueti, hombre domesticado) de la sociedad occidental, pues cumple la satisfacción de una de las primeras necesidades básicas de toda persona, como prescribe la pirámide de Maslow. -Recomiendo aquí la lectura del artículo “La Fórmula de la Motivación”-. Sí, las bondades del Estado de Bienestar Social, aun con sus desequilibrios sociales incluidos, nos han convertido en personas pragmáticas que buscamos cubrir nuestras necesidades existenciales sin romper el tablero de juego que configura el sistema, pues sabemos que, sin llegar a ser la Politeia de Platón y aún con un vasto recorrido para su mejora, es el mejor sistema de organización y desarrollo social que los humanos hemos conseguido crear a lo largo de nuestra historia como especie. Las otras alternativas no son más que utopías. (Como el propio Marx calificó al socialismo pacífico de Owen, y posteriormente la Historia demostró a su vez con el socialismo radical de Marx, que al final resultó ser una distopía).

Lo cierto es que no, los ciudadanos del primer mundo ya no buscamos utopías (a causa de nuestra naturaleza de homo mansueti), por mucho que gritemos consignas por un mundo global mejor contra las injusticias del planeta al otro lado de la pantalla de plasma de nuestro salón que codifica señales eléctricas en imágenes. Quizás sea también porque la utopía social ya no encuentra su motor de cambio en la política (res publica), sino en los avances de la tecnología (tecnología publica), y ésta convierte la utopía del modus vivendi del hombre del mañana en el hoy presente o inminente. Pues si bien nuestro sistema político aún se fundamenta en pilares tan antiguos como el Derecho Romano, como es el principio de la propiedad privada, nuestro sistema colectivo de Bienestar Social (que abarca tanto la esfera pública como privada de las personas) encuentra su sostenibilidad y potencial desarrollo en la fuerza motriz contemporánea de la tecnología que hace de la ciencia ficción una ciencia real, práctica y de uso para beneficio social.

Es por ello que hemos cambiado el hábito de perseguir las utopías (pues el mercado tecnológico, que todo lo impregna e influye, nos la sirve paquetizada en las estanterías de los comercios), por perseguir nuestras Topías -del griego clásico topos, que significa lugar-. En otras palabras, los ciudadanos del primer mundo ya no buscamos un mundo ideal, pues nos viene dado por la lógica del desarrollo fugaz de las siempre innovadoras tecnologías en una economía de Mercado, sino que buscamos un lugar dentro de ese mundo ideal en continuo cambio y transformación. Sí, la Topía ha desbancado a la Utopía. Y lo difícil hoy en día ya no es encontrar la Utopía, sino nuestra propia Topía dentro de este presente del mañana.

Encontrar nuestra Topía en medio de una utopía -que por esencia se supera cada mañana para no dejar de ser-, nos obliga a reinventarnos continuamente para no perder nuestro lugar dentro de la sociedad. Y resulta tan fácil perder nuestro lugar que, una vez perdido a causa de los rápidos y abruptos cambios que sufre el Mercado, el hombre occidental del siglo XXI se ve abocado a volver a encontrarlo, sabedor que no se puede regresar al lugar del que se parte, pues este ya no existe en el continuo temporal de una utopía que avanza inexorablemente hacia el futuro inmediato sin esperar a nada ni a nadie. Es por ello que la búsqueda de una Topía personal es igual a la búqueda de un nuevo y renovado encaje individual dentro del engranaje colectivo de la sociedad, proacción a la que llamamos reinventarse.

Pero todo encaje en un sistema en cotinua actualización tiene sus determinismos, desde barreras de entrada por edad (todos tenemos, parece ser, fecha de caducidad laboral), pasando por especializaciones o habilidades emergentes e inexistentes hasta la fecha, hasta las siempre cambiantes necesidades de consumo que resetean en tiempo real el sistema (Mercado) como mecanismo de sostenibilidad económica del mismo mediante la palanca de cambio social que llamamos competitividad empresarial. Todo un reto para reencontrar nuestra Topía personal dentro de la sociedad. Un escenario delirante que vuelve loco al más cuerdo.

La parte positiva es que el hombre es un ser creativo y tenaz por naturaleza, e intentará tantas veces como haga falta encontrar su Topía dentro del engranaje social, a merced de que a cada nuevo intento salga disparado por la tangente a causa de la fuerza centrífuga ejercida por la alta velocidad con la que se desplaza el tren de la utopía social. Que lo consiga o no, ese es otro cantar que cuenta cada persona en su saldo junto con otros muchos condicionantes (como el azar, la preparación, la oportunidad del momento, los contactos, etc) y que definen el trazo de suma de historias posibles de cada individuo.

Sí, la utopía social ha dejado de ser una prioridad al convertirse en lo más parecido a la certeza de un mañana inmediato mediante un presente continuo que lo roza cada día a mayor velocidad de desarrollo, mientras que la Topía personal dentro de la sociedad ha dejado hace tiempo de ser una certeza para convertirse en una incertidumbre. Pues los hombres proponemos, pero son los TecnoDioses del Mercado los que disponen.


Artículos relacionados


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 10 de agosto de 2017

El Tiempo, aunque se vista de Oro, Vida (que descuenta) se queda

Reconozco que tengo una manera personal de medir el tiempo, y me refiero al tiempo de verdad, al que da trascendencia a la existencia de mi vida, y no a ese tiempo que mide los 7 minutos necesarios para cocer la pasta al dente. Una singular manera de acotar el tiempo que no requiere de relojes ni calendarios, sino que se fundamenta en un parámetro de medición muy concreto: el espacial. Véase: mi parámetro espacial del Tiempo viene determinado por la distancia progresiva de desapego -físico, que no emocional- que existe entre mis hijas y yo, y que es directamente proporcional a su desarrollo individual como personas. Es decir, a mayor independencia de criterios y movimiento por parte de ellas, más espacio se crea entre nosotros, como dicta la ley natural. He aquí el verdadero parámetro que mide el Tiempo de mi vida, lo otro no son más que bellas maquinarias de entretenimiento de muñeca, pared o mesa.

Es por ello que cuando servidor me percato, en mi justa y esporádica lucidez, del paso del Tiempo como efecto de los pequeños destellos cada vez más alejados de mis hijas lindando el perímetro de un espacio que, por ampliarse continuamente, aumenta la distancia del uno (yo) con las otras (mis hijas) -como marcan los cánones ancestrales de creación de historias existenciales propias e individuales-, es cuando uno redescubre que el Tiempo no es oro (siempre hipotecado e insuficiente, para regocijo y retroalimentación del omnipotente caballero Don Mercado), sino Vida. Y es justamente en esos precisos momentos de conciencia íntima, en que el mundo y con él todas sus manecillas de tiempo de mentirijillas parecen congelarse por unos segundos, cuando uno se pregunta dónde está y, -a partir de ahora y frente a ese espacio intergeneracional que se agranda inexorablemente sin fin aparente- se cuestiona hacia dónde uno se encamina.

Pues la verdad, no lo sé... [Se abre un período de reflexión].

Lo poco que sé es que espacio y tiempo forman un continuo cuatridimensional inseparable. Por lo que el espacio físico que se está generando frente a mis ojos con respecto a mis hijas -como si de un páramo vacío pendiente de dibujar algún tipo de paisaje se tratase-, conlleva un nuevo tiempo. Y allí donde emerge el espacio y el tiempo, como matriz del mundo que es, emerge la Vida.

Pero la Vida no solo es Tiempo (caduco para los mortales), sino también velocidad, el factor que al determinar el desplazamiento del tiempo en el espacio a su vez lo relativiza, por lo que la propia Vida -esa sucesión de acontecimientos cargados de experiencias personales e intransferibles- se nos presenta como relativa. Sí, la Vida es relativa, según las coordenadas de referencia de cada persona, y asimismo la propia realidad que da contenido, forma y textura a nuestra cotidianidad. Así pues, tanto o más importante que responder qué tipo de vida se me generará ante la nueva secuencia espacio-temporal que se me presenta, debería preguntarme cómo voy a vivirla. O más concretamente a qué velocidad. Pues el ritmo de la velocidad varía según parta de la premisa de que el Tiempo de los hombres es Vida o es Oro, sabedor que el tipo de ritmo que elegida puede generar tranquilidad o angustia existencial. Nada nuevo descubro bajo el sol. Al fin y al cabo, mi elección efectiva, como la de todos, se basará en dos factores clave: la percepción del camino más acertado hacia la felicidad personal, y los determinismos propios de desarrollar una vida dentro de una sociedad de mercado (Yo soy yo y mis circunstancias, como diría Gasset). La maestría, en nuestro tiempo, es encontrar el punto medio. Y el resultado final [redoble de tambores], solo el tiempo lo dirá.

Mientras tanto, a mis 45 años y ocho meses de edad, reflexiono en soledad sobre el Tiempo -que es igual a reflexionar sobre la existencia efímera, sin Quevedismos- a la espera que mis hijas vuelvan de una comida de “chicas”, consciente que el espacio físico entre nosotros se agranda a cada nuevo día generando un nuevo continuo espacio-temporal (un nuevo paisaje por descubrir) para el que debo prepararme. Pues nadie vive la vida por nadie. Lex vitae!


Artículo relacionado



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 8 de agosto de 2017

Hemos creado una sociedad marcada por la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva

¿Quién se lee el prospecto de instrucciones de un aparato doméstico que acaba de comprar antes de ponerlo en marcha? Prácticamente casi nadie, y entre los pocos rara habilis seguro que se encuentran nuestros padres. Recuerdo cuando era pequeño el momento en que entró en casa el primer ordenador de mesa, para lo que mi padre -de formación ingeniero, y por tanto de mente cartesiana-, adquirió varios libros de informática que devoró junto al amplio manual de uso que acompañaba al nuevo aparato doméstico. Mientras que yo, un mocoso de primera generación televisiva que a falta del hambre de la gran biblioteca de internet (aún inexistente) me conformaba con las limitadas y obsoletas enciclopedias a papel que decoraban las estanterías de toda las casas, utilizaba el ordenador doméstico sin más conocimiento que el que me aportaba el método prueba-error, cosa que desesperaba a mi padre. Un método carente de toda secuencia lógica de comprensión del uso del aparato que repiten, con mayor maestría y destreza, mis hijas ya desde su tierna infancia con dispositivos tecnológicos varios. ¡Cuántas veces no he tenido que echar mano de mis hijas para que me enseñen cómo utilizar cierta función del móvil!.

Este hecho, tan anecdótico como cotidiano, fue objeto de una reflexión ociosa compartida con mi padre en una reciente calurosa noche pasada. Él sostenía que toda educación debe basarse en la formación de los fundamentos de toda materia de estudio, mientras que yo, sin quitarle la razón, le exponía la realidad en la que vivimos: las nuevas generaciones basan el desarrollo de sus conocimientos a partir ya no del encuentro con los fundamentos últimos de las cosas, sino de premisas muy posteriores de las que parten como verdades aceptables, sin necesidad de profundizar en su origen. En otras palabras, en nuestra sociedad impera la inteligencia intuitiva-compulsiva, frente a la inteligencia lógico-reflexiva en la que ha vivido la humanidad prácticamente hasta la Segunda Revolución Industrial (previa a las Tecnologías de la Información y la Comunicación de mediados del XX), que es en la que se educaron nuestros padres hace cincuenta años atrás, un tiempo donde -aunque nos cueste creerlo- no existían ni los bolígrafos.

La diferencia entre la inteligencia lógico-reflexiva y la intuitiva-compulsiva, es que en la primera el conocimiento se aprehende a través de un razonamiento en el que las ideas o sucesión de hechos se manifiestan o se desarrollan de forma coherente y sin que haya contradicciones entre ellas; mientras que en la segunda se adquiere el conocimiento, comprensión o percepción inmediata de algo sin la intervención de la razón. En la primera existe la reflexión, mientras que en la segunda, a falta de tiempo y espacio para reflexionar, prima la actitud compulsiva. Una diferencia de metodología que está directamente relacionado con el tipo de sociedad en que se ha desarrollado cada tipo de inteligencia, ya que si bien la inteligencia lógica-reflexiva pertenece a una sociedad donde los cambios se producían de manera lenta y progresiva, y donde el trabajo se basaba en la especialización profesional para toda la vida, la inteligencia intuitiva-compulsiva se ha desarrollado -por imperiosa necesidad- en una sociedad actual en continuo cambio y transformación donde el único paradigma laboral válido es la capacidad de adaptabilidad a la transformación social imperante.

Tal es la velocidad de cambio en nuestra sociedad, que vemos en la actualidad como en tan solo una década aparecen y desaparecen no solo perfiles de puestos de trabajo, sino incluso carreras universitarias, llegando a crearse carreras de doble titulación con menos años de estudio que en el pasado, o nuevas carreras tan complejas como la biotecnología que, en un tiempo reducido de estudio de tan solo 4 años, estudian al unísono diversas materias complejas que en antaño cada una de ellas eran objeto de formación por separado. Un nuevo mundo influido por las nuevas tecnologías y la información a tiempo real en un mundo global interconectado donde la maquinaria económica, el Mercado, que sostiene la viabilidad financiera de los pilares de todo Estado de Bienestar Social (un hito en la Humanidad), requiere de un alto nivel de competitividad -que se traduce en una constante innovación de bienes de consumo y servicios nuevos- para no colapsar el sistema en su conjunto. Un escenario delirante donde las Eras de las Revoluciones Industriales -actualmente estamos ya en la Cuarta desde 2011-, se suceden a una velocidad de vértigo, produciendo profundos cambios sociales y de modo de vida en el día a día de las personas a cada nueva etapa, donde la Inteligencia Colectiva ha tenido que transformarse de lógica a intuitiva, y de reflexiva en compulsiva, y donde los fundamentos últimos de las cosas han perdido valor pues están en continua revisión y reactualización a cada nuevo avance. Pues la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva no se basa en el entendimiento de la realidad, sino que se focaliza en la cocreación de una nueva realidad imaginable, transgrediendo las barreras incluso de la lógica (que a veces puede ser limitante) desde la fuerza arrolladora de la innovación como motor evolutivo.

Y mientras yo reflexiono sobre este tema, a pausadas bocanadas de pipa en boca como viejo marinero que ensueña mirando el horizonte desde su insignificante atalaya flotante en medio del inmenso océano, nuestros hijos se desarrollan como personas de nueva era interactuando con cientos de ímputs televisivos por minuto mientras juegan intuitivamente con sus dispositivos móviles sobresaturados de mega datos. Por lo que sus pequeños y plásticos cerebros aprenden a funcionar e interrelacionarse con el mundo de manera diferente a los de sus padres, como dicta -nos guste o no- los preceptos de toda adaptación biológica a nuevos y diferentes ambientes. La intuición compulsiva se impone a la lógica reflexiva en la evolución de la especie humana, en un tiempo donde hay de todo menos tiempo. Alea jacta est!

Artículos relacionados:

Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 




miércoles, 2 de agosto de 2017

Vivimos atrapados en el bucle de nuestro personal sistema energético

La huida es una ilusión, o al menos en la vida de las personas. El escapismo de una situación o circunstancia de la vida que no nos gusta, no es más que la ilusión que nos genera el simple hecho de avanzar hacia delante. Pero, ¿hacia dónde avanzamos? Lo cierto es que aunque nos movemos, nunca abandonamos el sistema energético de referencias del cual formamos parte, pues esa es la naturaleza de nuestra cosmología, y no otra. Un universo singular donde si bien podemos modificar nuestros patrones de comportamiento, los arquetipos energéticos que nos acompañan desde nuestra tierna infancia se irán sucediendo de manera periódica con independencia del entorno y el paisaje en el que nos hallemos. Tal cual si cuando naciéramos fuéramos introducidos en un bucle energético, y no en otro, que aunque pueda interconexonarse con terceros bucles a lo largo de nuestra existencia, no nos permite salirnos de nuestra trayectoria.

Nuestro bucle energético particular encuentra su origen en nuestro nacimiento y su final en nuestra muerte, y cuyo rizo -que describe el círculo mismo de nuestra vida-, se comporta como una cinta de Moebius. Es decir, que siempre volvemos al mismo lugar que partimos sin tener conciencia de ello pues creemos, ilusoriamente, que estamos avanzando, ya que la textura torsionada de nuestro bucle extraño nos hace creer que a cada nuevo paso estamos en lugares distintos y, por tanto, que experimentamos cosas nuevas y diferentes. Cuando al final, la esencia de la naturaleza que experimentamos siempre es la misma: la de nuestro sistema energético personal al que pertenecemos y estamos atrapados. Es por ello que, con un poco de retrospectiva, podemos percibir, o al menos intuir, que a lo largo de la vida siempre nos reencontramos con personas, situaciones y circunstancias que, aunque diferentes en forma y lugar, son muy parecidas y reconocibles energéticamente. Pues las hebras con las que está construido nuestro bucle son de la misma naturaleza.

Así pues, si en vida estamos atrapados en un sistema energético de referencias que constituye la estructura de nuestro bucle existencial, ¿cómo podemos trascender al mismo para cambiar aquello que nos desagrada de nuestra vida? Está claro que no podemos modificar los arquetipos energéticos que como hebras tejen la naturaleza de nuestro bucle, pero sí que podemos modificar nuestra percepción y, por ende, comportamiento hacia los mismos. Pues no es de marinero inteligente navegar contra la naturaleza indomable de los mares. Y no hay marinero diestro en el arte de navegar los mares sin conciencia de lo que hace. Es por ello que la Conciencia se nos presenta, en nuestra vida llena de determinismos, como el único instrumento capaz de ayudarnos a trascender el bucle energético en el que nos toca existir.

La Conciencia, ciertamente, es la última frontera entre dos dimensiones: la del Hacer y la del Ser, en cuyos mundos las prioridades son diferentes, capaces de modificar el haz de luz que ilumina nuestras vidas personales. Pero, asimismo, la Conciencia se presenta como el nodo de conexión donde Hacer y Ser pueden coexistir en armonía, creando esa puerta interdimesnional donde la persona puede trascender a su singular bucle energético en búsqueda de una nueva y renovada versión del camino de su propia existencia. Es entonces que los arquetipos energéticos que constituyen la estructura de nuestro bucle, sucediéndose de manera periódica a lo largo de nuestra singular trayectoria de formas y apariencias diversas, dejan de convertirse en obstáculos para transformarse en palancas de cambio y mejora personal, con la esperanza que nuestros hijos vivan sus propios y nuevos bucles energéticos que les permita ser mejores personas al encuentro del camino de su propia felicidad. Sabedores que la felicidad, en si misma, no es más -ni menos- que un estado de conciencia y un camino de sabiduría personal. Fiat lux!

Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano