lunes, 10 de abril de 2017

Somos una sociedad empática frente al sufrimiento ajeno, pero carente de compasión

El otro día Teresa, mi pareja, me guardó un recorte de periódico en el que se entrevistaba a Richard Davidson, doctor en neuropsicología e investigador en neurociencia afectiva en el Centro de Investigación de Mentes Saludables de la Universidad de Wisconsi-Madison, el cual preside. La entrevista, muy interesante, despertó mi interés de manera especial cuando Davidson expone que “ existe una diferencia sustancial entre Empatía y Compasión. La Empatía es la capacidad de sentir lo que sienten los demás. La Compasión es un estadio superior, es tener el compromiso y las herramientas para aliviar el sufrimiento”. Un argumento que el doctor justifica tras estudiar las estructuras del cerebro y constatar que “los circuitos neurológicos que llevan a la Empatía o a la Compasión son diferentes”. “(...) Una de las cosas más interesantes que he visto en los circuitos neuronales de la Compasión -expone el neuropsicólogo-, es que la zona motora del cerebro se activa: la Compasión te capacita para moverte, para aliviar el sufrimiento”.

Esta diferenciación con base neurológica entre Empatía y Compasión nos permite entender el actual estado de sensibilidad general que existe en la sociedad con respecto al sufrimiento ajeno, compaginado a su vez, con plena normalidad, con una total y absoluta inacción hacia la supresión de dicho sufrimiento. Un estadio que, popularmente, conocemos como: estar acostumbrados (por no decir inmunizados) a ver el sufrimiento ajeno, pero sin hacer nada al respecto.

Hay quienes consideran que la Empatía -uno de los factores claves de la Inteligencia Emocional, tan en alza en estos tiempos de imperiosa adaptabilidad cotinua-, es fruto del alto nivel de culturalización general de la sociedad moderna, gracias a la universalidad de la educación tras la Primera Revolución Industrial. En otras palabras, que la Empatía -la capacidad de ser consciente y respetuoso con los estados emocionales ajenos-, va íntimamente ligado con el nivel cultural de las personas. Una falsa premisa nada más lejos de la verdad, ya que los miembros nazis del IIIer Reich (por poner un ejemplo clarificador), creadores de los campos de concetración y exterminio de millones de personas -entre ellos niños-, si por algo destacaban era, justamente, por su manifiesto alardeo cultural y elavado refinamiento social.

Cierto es que la Empatía, ese valor social “civilizado” de nuestros tiempos, nos puede conducir al sentimiento de lástima o pena frente al sufrimiento ajeno, pero es intrínsecamente pasiva pues se circunscribe dentro de la inacción que representa la propia observación sin más. En cambio, la Compasión nos lleva a la acción de aliviar o eliminar el sufrimiento del que somos testigos. Una capacidad humana tan antigua como la propia humanidad, que a lo largo de los siglos a estado presente tanto en la vida laica como religiosa de nuestras civilizaciones. Así, si bien la Compasión es una herencia de la Antigua Grecia en nuestra cultura occidental, siendo capitalizada tanto por el Cristianismo como por el resto de religiones monoteistas de origen semita (Judaismo e Islam) bajo el concepto de “piedad” o “misericordia”, también está muy presente en la cultura oriental siendo la esencia de la vida espiritual del Budismo como “piedad cuidadosa”. Conceptos teológicos todos ellos cuyo significado traducimos, en nuestra sociedad laica actual, como Solidaridad proactiva. O, como bien define la psicología cognitivo conductual moderna, la Compasión es el comportamiento de Solidaridad dirigido a eliminar el sufrimiento y a producir bienestar a quien sufre.

Quedando clara la diferenciación entre la inacción y la acción (frente al sufrimiento ajeno) que representan, respectivamente, la Empatía y la Compasión; queda claro asimismo que una sociedad que no evita el sufrimiento ajeno -como en el caso de un contexto de crisis socio-económica como el presente-, por mucha Empatía que tenga dicha sociedad, ésta carece de Compasión. En otras palabras: que nuestra sociedad no es compasiva. Un hecho que no solo evidencia que trabajamos más un tipo de estructuras neurológicas en detrimento de otras, fruto de una cultura y una educación muy concreta que promueve el individualismo frente a la solidaridad, sino que también nos ayuda a entener la paradoja de la existencia de grandes desigualdades sociales en un mundo de abundancia y gran desarrollo.

Pero lo más significativo, desde un enfoque de calidad de vida del ser humano, es que la Compasión -como bien apuntan tanto el Cristianismo como el Budismo-, hace más bondadoso a la persona que la practica. Y la bondad -como pone de manifiesto la ciencia neuropsicológica contemporánea-, es la base para un cerebro sano, lo que repercute en un bienestar para el propio individuo y, por extensión, para el conjunto de la sociedad. Así pues, si la bondad es el fundamento para un estado mental y emocional sano, la pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿qué tipo de sociedad estamos promoviendo sobre la base de una sociedad que, frente al sufrmiento ajeno, solo observa, solo comprende, solo se emociona, y no actúa? La respuesta la encontramos en los antónimos de la Compasión: inhumanidad, egoismo, insensibilidad y crueldad (retroalimentadores de estados de sufrimiento). Actitudes humanas -profundamente humanas- que, a todas luces, nos alejan de cualquier estado mental y emocional saludable. La buena noticia es que la Compasión, como cualquier otra actitud, se puede enseñar, aprender e integrar en nuestra vida personal y social como parte de una cultura más humanizada. Y ya no es Palabra de Religión, sino Evidencia Científica. Aunque otra cosa muy diferente es si la Compasión, como valor social, tiene cabida en los Reinos del Mercado de la libre competencia.

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano