lunes, 14 de agosto de 2017

Nadie, el proceso por el que alguien se hace invisible

Obra del chino Zhang Dali en la galería de Charles Saatsi, Londres 2008
Se dice del vacío que es aquel espacio donde la presión del aire es menor que la atmosférica, y del silencio que es aquel espacio donde el nivel de sonido es menor que el de su alrededor, asimismo podemos decir de Nadie que es aquella persona cuya importancia es menor a la de los demás. Pero,¿cómo se convierte alguien en Nadie?. Lo poco que sabemos es que Nadie es el efecto directo de un proceso por el que alguien se hace invisible socialmente. Un efecto que horroriza, generalmente, a todo el mundo, y en el que quizás resida el impulso compulsivo de exponernos continuamente en las redes sociales como antídoto -por intuición- al terror de la invisibilidad.

Así pues, Nadie cuenta con dos parámetros fundamentales, uno de manifestación, la invisibilidad, y otro de referencia, la sociedad. Y ningún parámetro de posición, pues al ser Nadie ante los demás no ocupa ningún punto de coordenadas concreto en el espacio-tiempo de quien (no) le observa.

Lo interesante es percatarse que la invisibilidad de Nadie -que en otro momento de su historia fue alguien- se fundamenta en que la sociedad no lo ve, y ello nos lleva a afirmar que la visión de la sociedad, que en definitiva somos todos quienes la conformamos, es selectiva. Pero, ¿selectiva en qué? Pues selectiva en aquello que es interesante, y si es interesante, es importante en mayor o menor medida. De este modo el axioma lógico nos permite deducir que el proceso de invisibilidad de Nadie es directamente proporcional a su pérdida de importancia social.

La pérdida progresiva de importancia social que conduce a la invisibilidad de Nadie puede darse de manera obligada por un proceso de marginalidad social -tan común en tiempos de crisis económica y de valores sociales-, o autoinducida conscientemente por una firme voluntad de desapego del mundo material. La primera conduce a la persona, inevitablemente, a un estado emocional de angustia ante la pérdida de un lugar en la sociedad en el que se era alguien y al que se ansia recuperar, mientras que la segunda conduce a un estado emocional de paz interior propio de los ascetas (hoy en día mayoritariamente urbanos) más cercanos a un sentir -que no tiene porque ser obligatoriamente de ninguna escuela religiosa concreta- de corte espiritual. Pero sea cual sea la actitud con la que cada cual afronta la invisibilidad, ambas realidades personales son codificadas por la maquinaria productiva de la sociedad como Nadie.

Entonces, si Nadie es invisible ante el prisma selectivo de la sociedad, ¿quiere decir esto que no existe? La respuesta, a todas luces, es que no. Pues al igual que el vacío o el silencio existen como manifestaciones con identidad propia dentro de la realidad pero en otra dimensión perceptiva, lo mismo le sucede a Nadie. Ya que el vacío y el silencio no son conceptos absolutos (pues entonces serían la Nada), sino relativos en referencia a los observadores, y asimismo ocurre con Nadie que es una identidad personal relativa dentro de los parámetros de visibilidad de la sociedad. En otras palabras, Nadie existe en la medida que es visible para aquel entorno afectivo o relacional más próximo, que por su condición de Nadie suele ser un entorno muy reducido, pero cuya relevancia es trascendental para Nadie. Pues en este pequeño entorno se mantienen las constantes mínimas de vida social, tal cual crisol de laboratorio para reproducción de tejido celular básico, para que Nadie -si así es su voluntad- pueda llegar a convertirse nuevamente en alguien con identidad propia bajo los sensores de rastreo del escaner productivo de la sociedad.

Sí, la reversibilidad de la invisibilidad de Nadie en visibilidad como alguien es posible mediante la obtención de un nivel de importancia social, por baja que sea; al igual que el proceso inverso. Una decisión personal e intransferible, donde solo el protagonista sabe de sus motivaciones íntimas, que es propio del ámbito de la reflexión existencial de quien soy y qué hago con mi vida. Sabedores que nadie puede vivir la vida por nadie, y que toda decisión -si es tomada con plena consciencia-, es válida aunque la maquinaria social lo registre como fallo en el sistema.

El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional,
siendo el apego la raíz de todo sufrimiento.

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La tendencia es la Topía personal, y no la utopía social

“A barriga llena corazón contento” es un antiguo refrán español que caracteriza muy bien nuestro carácter como individuos (homo mansueti, hombre domesticado) de la sociedad occidental, pues cumple la satisfacción de una de las primeras necesidades básicas de toda persona, como prescribe la pirámide de Maslow. -Recomiendo aquí la lectura del artículo “La Fórmula de la Motivación”-. Sí, las bondades del Estado de Bienestar Social, aun con sus desequilibrios sociales incluidos, nos han convertido en personas pragmáticas que buscamos cubrir nuestras necesidades existenciales sin romper el tablero de juego que configura el sistema, pues sabemos que, sin llegar a ser la Politeia de Platón y aún con un vasto recorrido para su mejora, es el mejor sistema de organización y desarrollo social que los humanos hemos conseguido crear a lo largo de nuestra historia como especie. Las otras alternativas no son más que utopías. (Como el propio Marx calificó al socialismo pacífico de Owen, y posteriormente la Historia demostró a su vez con el socialismo radical de Marx, que al final resultó ser una distopía).

Lo cierto es que no, los ciudadanos del primer mundo ya no buscamos utopías (a causa de nuestra naturaleza de homo mansueti), por mucho que gritemos consignas por un mundo global mejor contra las injusticias del planeta al otro lado de la pantalla de plasma de nuestro salón que codifica señales eléctricas en imágenes. Quizás sea también porque la utopía social ya no encuentra su motor de cambio en la política (res publica), sino en los avances de la tecnología (tecnología publica), y ésta convierte la utopía del modus vivendi del hombre del mañana en el hoy presente o inminente. Pues si bien nuestro sistema político aún se fundamenta en pilares tan antiguos como el Derecho Romano, como es el principio de la propiedad privada, nuestro sistema colectivo de Bienestar Social (que abarca tanto la esfera pública como privada de las personas) encuentra su sostenibilidad y potencial desarrollo en la fuerza motriz contemporánea de la tecnología que hace de la ciencia ficción una ciencia real, práctica y de uso para beneficio social.

Es por ello que hemos cambiado el hábito de perseguir las utopías (pues el mercado tecnológico, que todo lo impregna e influye, nos la sirve paquetizada en las estanterías de los comercios), por perseguir nuestras Topías -del griego clásico topos, que significa lugar-. En otras palabras, los ciudadanos del primer mundo ya no buscamos un mundo ideal, pues nos viene dado por la lógica del desarrollo fugaz de las siempre innovadoras tecnologías en una economía de Mercado, sino que buscamos un lugar dentro de ese mundo ideal en continuo cambio y transformación. Sí, la Topía ha desbancado a la Utopía. Y lo difícil hoy en día ya no es encontrar la Utopía, sino nuestra propia Topía dentro de este presente del mañana.

Encontrar nuestra Topía en medio de una utopía -que por esencia se supera cada mañana para no dejar de ser-, nos obliga a reinventarnos continuamente para no perder nuestro lugar dentro de la sociedad. Y resulta tan fácil perder nuestro lugar que, una vez perdido a causa de los rápidos y abruptos cambios que sufre el Mercado, el hombre occidental del siglo XXI se ve abocado a volver a encontrarlo, sabedor que no se puede regresar al lugar del que se parte, pues este ya no existe en el continuo temporal de una utopía que avanza inexorablemente hacia el futuro inmediato sin esperar a nada ni a nadie. Es por ello que la búsqueda de una Topía personal es igual a la búqueda de un nuevo y renovado encaje individual dentro del engranaje colectivo de la sociedad, proacción a la que llamamos reinventarse.

Pero todo encaje en un sistema en cotinua actualización tiene sus determinismos, desde barreras de entrada por edad (todos tenemos, parece ser, fecha de caducidad laboral), pasando por especializaciones o habilidades emergentes e inexistentes hasta la fecha, hasta las siempre cambiantes necesidades de consumo que resetean en tiempo real el sistema (Mercado) como mecanismo de sostenibilidad económica del mismo mediante la palanca de cambio social que llamamos competitividad empresarial. Todo un reto para reencontrar nuestra Topía personal dentro de la sociedad. Un escenario delirante que vuelve loco al más cuerdo.

La parte positiva es que el hombre es un ser creativo y tenaz por naturaleza, e intentará tantas veces como haga falta encontrar su Topía dentro del engranaje social, a merced de que a cada nuevo intento salga disparado por la tangente a causa de la fuerza centrífuga ejercida por la alta velocidad con la que se desplaza el tren de la utopía social. Que lo consiga o no, ese es otro cantar que cuenta cada persona en su saldo junto con otros muchos condicionantes (como el azar, la preparación, la oportunidad del momento, los contactos, etc) y que definen el trazo de suma de historias posibles de cada individuo.

Sí, la utopía social ha dejado de ser una prioridad al convertirse en lo más parecido a la certeza de un mañana inmediato mediante un presente continuo que lo roza cada día a mayor velocidad de desarrollo, mientras que la Topía personal dentro de la sociedad ha dejado hace tiempo de ser una certeza para convertirse en una incertidumbre. Pues los hombres proponemos, pero son los TecnoDioses del Mercado los que disponen.


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jueves, 10 de agosto de 2017

El Tiempo, aunque se vista de Oro, Vida (que descuenta) se queda

Reconozco que tengo una manera personal de medir el tiempo, y me refiero al tiempo de verdad, al que da trascendencia a la existencia de mi vida, y no a ese tiempo que mide los 7 minutos necesarios para cocer la pasta al dente. Una singular manera de acotar el tiempo que no requiere de relojes ni calendarios, sino que se fundamenta en un parámetro de medición muy concreto: el espacial. Véase: mi parámetro espacial del Tiempo viene determinado por la distancia progresiva de desapego -físico, que no emocional- que existe entre mis hijas y yo, y que es directamente proporcional a su desarrollo individual como personas. Es decir, a mayor independencia de criterios y movimiento por parte de ellas, más espacio se crea entre nosotros, como dicta la ley natural. He aquí el verdadero parámetro que mide el Tiempo de mi vida, lo otro no son más que bellas maquinarias de entretenimiento de muñeca, pared o mesa.

Es por ello que cuando servidor me percato, en mi justa y esporádica lucidez, del paso del Tiempo como efecto de los pequeños destellos cada vez más alejados de mis hijas lindando el perímetro de un espacio que, por ampliarse continuamente, aumenta la distancia del uno (yo) con las otras (mis hijas) -como marcan los cánones ancestrales de creación de historias existenciales propias e individuales-, es cuando uno redescubre que el Tiempo no es oro (siempre hipotecado e insuficiente, para regocijo y retroalimentación del omnipotente caballero Don Mercado), sino Vida. Y es justamente en esos precisos momentos de conciencia íntima, en que el mundo y con él todas sus manecillas de tiempo de mentirijillas parecen congelarse por unos segundos, cuando uno se pregunta dónde está y, -a partir de ahora y frente a ese espacio intergeneracional que se agranda inexorablemente sin fin aparente- se cuestiona hacia dónde uno se encamina.

Pues la verdad, no lo sé... [Se abre un período de reflexión].

Lo poco que sé es que espacio y tiempo forman un continuo cuatridimensional inseparable. Por lo que el espacio físico que se está generando frente a mis ojos con respecto a mis hijas -como si de un páramo vacío pendiente de dibujar algún tipo de paisaje se tratase-, conlleva un nuevo tiempo. Y allí donde emerge el espacio y el tiempo, como matriz del mundo que es, emerge la Vida.

Pero la Vida no solo es Tiempo (caduco para los mortales), sino también velocidad, el factor que al determinar el desplazamiento del tiempo en el espacio a su vez lo relativiza, por lo que la propia Vida -esa sucesión de acontecimientos cargados de experiencias personales e intransferibles- se nos presenta como relativa. Sí, la Vida es relativa, según las coordenadas de referencia de cada persona, y asimismo la propia realidad que da contenido, forma y textura a nuestra cotidianidad. Así pues, tanto o más importante que responder qué tipo de vida se me generará ante la nueva secuencia espacio-temporal que se me presenta, debería preguntarme cómo voy a vivirla. O más concretamente a qué velocidad. Pues el ritmo de la velocidad varía según parta de la premisa de que el Tiempo de los hombres es Vida o es Oro, sabedor que el tipo de ritmo que elegida puede generar tranquilidad o angustia existencial. Nada nuevo descubro bajo el sol. Al fin y al cabo, mi elección efectiva, como la de todos, se basará en dos factores clave: la percepción del camino más acertado hacia la felicidad personal, y los determinismos propios de desarrollar una vida dentro de una sociedad de mercado (Yo soy yo y mis circunstancias, como diría Gasset). La maestría, en nuestro tiempo, es encontrar el punto medio. Y el resultado final [redoble de tambores], solo el tiempo lo dirá.

Mientras tanto, a mis 45 años y ocho meses de edad, reflexiono en soledad sobre el Tiempo -que es igual a reflexionar sobre la existencia efímera, sin Quevedismos- a la espera que mis hijas vuelvan de una comida de “chicas”, consciente que el espacio físico entre nosotros se agranda a cada nuevo día generando un nuevo continuo espacio-temporal (un nuevo paisaje por descubrir) para el que debo prepararme. Pues nadie vive la vida por nadie. Lex vitae!


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martes, 8 de agosto de 2017

Hemos creado una sociedad marcada por la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva

¿Quién se lee el prospecto de instrucciones de un aparato doméstico que acaba de comprar antes de ponerlo en marcha? Prácticamente casi nadie, y entre los pocos rara habilis seguro que se encuentran nuestros padres. Recuerdo cuando era pequeño el momento en que entró en casa el primer ordenador de mesa, para lo que mi padre -de formación ingeniero, y por tanto de mente cartesiana-, adquirió varios libros de informática que devoró junto al amplio manual de uso que acompañaba al nuevo aparato doméstico. Mientras que yo, un mocoso de primera generación televisiva que a falta del hambre de la gran biblioteca de internet (aún inexistente) me conformaba con las limitadas y obsoletas enciclopedias a papel que decoraban las estanterías de toda las casas, utilizaba el ordenador doméstico sin más conocimiento que el que me aportaba el método prueba-error, cosa que desesperaba a mi padre. Un método carente de toda secuencia lógica de comprensión del uso del aparato que repiten, con mayor maestría y destreza, mis hijas ya desde su tierna infancia con dispositivos tecnológicos varios. ¡Cuántas veces no he tenido que echar mano de mis hijas para que me enseñen cómo utilizar cierta función del móvil!.

Este hecho, tan anecdótico como cotidiano, fue objeto de una reflexión ociosa compartida con mi padre en una reciente calurosa noche pasada. Él sostenía que toda educación debe basarse en la formación de los fundamentos de toda materia de estudio, mientras que yo, sin quitarle la razón, le exponía la realidad en la que vivimos: las nuevas generaciones basan el desarrollo de sus conocimientos a partir ya no del encuentro con los fundamentos últimos de las cosas, sino de premisas muy posteriores de las que parten como verdades aceptables, sin necesidad de profundizar en su origen. En otras palabras, en nuestra sociedad impera la inteligencia intuitiva-compulsiva, frente a la inteligencia lógico-reflexiva en la que ha vivido la humanidad prácticamente hasta la Segunda Revolución Industrial (previa a las Tecnologías de la Información y la Comunicación de mediados del XX), que es en la que se educaron nuestros padres hace cincuenta años atrás, un tiempo donde -aunque nos cueste creerlo- no existían ni los bolígrafos.

La diferencia entre la inteligencia lógico-reflexiva y la intuitiva-compulsiva, es que en la primera el conocimiento se aprehende a través de un razonamiento en el que las ideas o sucesión de hechos se manifiestan o se desarrollan de forma coherente y sin que haya contradicciones entre ellas; mientras que en la segunda se adquiere el conocimiento, comprensión o percepción inmediata de algo sin la intervención de la razón. En la primera existe la reflexión, mientras que en la segunda, a falta de tiempo y espacio para reflexionar, prima la actitud compulsiva. Una diferencia de metodología que está directamente relacionado con el tipo de sociedad en que se ha desarrollado cada tipo de inteligencia, ya que si bien la inteligencia lógica-reflexiva pertenece a una sociedad donde los cambios se producían de manera lenta y progresiva, y donde el trabajo se basaba en la especialización profesional para toda la vida, la inteligencia intuitiva-compulsiva se ha desarrollado -por imperiosa necesidad- en una sociedad actual en continuo cambio y transformación donde el único paradigma laboral válido es la capacidad de adaptabilidad a la transformación social imperante.

Tal es la velocidad de cambio en nuestra sociedad, que vemos en la actualidad como en tan solo una década aparecen y desaparecen no solo perfiles de puestos de trabajo, sino incluso carreras universitarias, llegando a crearse carreras de doble titulación con menos años de estudio que en el pasado, o nuevas carreras tan complejas como la biotecnología que, en un tiempo reducido de estudio de tan solo 4 años, estudian al unísono diversas materias complejas que en antaño cada una de ellas eran objeto de formación por separado. Un nuevo mundo influido por las nuevas tecnologías y la información a tiempo real en un mundo global interconectado donde la maquinaria económica, el Mercado, que sostiene la viabilidad financiera de los pilares de todo Estado de Bienestar Social (un hito en la Humanidad), requiere de un alto nivel de competitividad -que se traduce en una constante innovación de bienes de consumo y servicios nuevos- para no colapsar el sistema en su conjunto. Un escenario delirante donde las Eras de las Revoluciones Industriales -actualmente estamos ya en la Cuarta desde 2011-, se suceden a una velocidad de vértigo, produciendo profundos cambios sociales y de modo de vida en el día a día de las personas a cada nueva etapa, donde la Inteligencia Colectiva ha tenido que transformarse de lógica a intuitiva, y de reflexiva en compulsiva, y donde los fundamentos últimos de las cosas han perdido valor pues están en continua revisión y reactualización a cada nuevo avance. Pues la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva no se basa en el entendimiento de la realidad, sino que se focaliza en la cocreación de una nueva realidad imaginable, transgrediendo las barreras incluso de la lógica (que a veces puede ser limitante) desde la fuerza arrolladora de la innovación como motor evolutivo.

Y mientras yo reflexiono sobre este tema, a pausadas bocanadas de pipa en boca como viejo marinero que ensueña mirando el horizonte desde su insignificante atalaya flotante en medio del inmenso océano, nuestros hijos se desarrollan como personas de nueva era interactuando con cientos de ímputs televisivos por minuto mientras juegan intuitivamente con sus dispositivos móviles sobresaturados de mega datos. Por lo que sus pequeños y plásticos cerebros aprenden a funcionar e interrelacionarse con el mundo de manera diferente a los de sus padres, como dicta -nos guste o no- los preceptos de toda adaptación biológica a nuevos y diferentes ambientes. La intuición compulsiva se impone a la lógica reflexiva en la evolución de la especie humana, en un tiempo donde hay de todo menos tiempo. Alea jacta est!

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miércoles, 2 de agosto de 2017

Vivimos atrapados en el bucle de nuestro personal sistema energético

La huida es una ilusión, o al menos en la vida de las personas. El escapismo de una situación o circunstancia de la vida que no nos gusta, no es más que la ilusión que nos genera el simple hecho de avanzar hacia delante. Pero, ¿hacia dónde avanzamos? Lo cierto es que aunque nos movemos, nunca abandonamos el sistema energético de referencias del cual formamos parte, pues esa es la naturaleza de nuestra cosmología, y no otra. Un universo singular donde si bien podemos modificar nuestros patrones de comportamiento, los arquetipos energéticos que nos acompañan desde nuestra tierna infancia se irán sucediendo de manera periódica con independencia del entorno y el paisaje en el que nos hallemos. Tal cual si cuando naciéramos fuéramos introducidos en un bucle energético, y no en otro, que aunque pueda interconexonarse con terceros bucles a lo largo de nuestra existencia, no nos permite salirnos de nuestra trayectoria.

Nuestro bucle energético particular encuentra su origen en nuestro nacimiento y su final en nuestra muerte, y cuyo rizo -que describe el círculo mismo de nuestra vida-, se comporta como una cinta de Moebius. Es decir, que siempre volvemos al mismo lugar que partimos sin tener conciencia de ello pues creemos, ilusoriamente, que estamos avanzando, ya que la textura torsionada de nuestro bucle extraño nos hace creer que a cada nuevo paso estamos en lugares distintos y, por tanto, que experimentamos cosas nuevas y diferentes. Cuando al final, la esencia de la naturaleza que experimentamos siempre es la misma: la de nuestro sistema energético personal al que pertenecemos y estamos atrapados. Es por ello que, con un poco de retrospectiva, podemos percibir, o al menos intuir, que a lo largo de la vida siempre nos reencontramos con personas, situaciones y circunstancias que, aunque diferentes en forma y lugar, son muy parecidas y reconocibles energéticamente. Pues las hebras con las que está construido nuestro bucle son de la misma naturaleza.

Así pues, si en vida estamos atrapados en un sistema energético de referencias que constituye la estructura de nuestro bucle existencial, ¿cómo podemos trascender al mismo para cambiar aquello que nos desagrada de nuestra vida? Está claro que no podemos modificar los arquetipos energéticos que como hebras tejen la naturaleza de nuestro bucle, pero sí que podemos modificar nuestra percepción y, por ende, comportamiento hacia los mismos. Pues no es de marinero inteligente navegar contra la naturaleza indomable de los mares. Y no hay marinero diestro en el arte de navegar los mares sin conciencia de lo que hace. Es por ello que la Conciencia se nos presenta, en nuestra vida llena de determinismos, como el único instrumento capaz de ayudarnos a trascender el bucle energético en el que nos toca existir.

La Conciencia, ciertamente, es la última frontera entre dos dimensiones: la del Hacer y la del Ser, en cuyos mundos las prioridades son diferentes, capaces de modificar el haz de luz que ilumina nuestras vidas personales. Pero, asimismo, la Conciencia se presenta como el nodo de conexión donde Hacer y Ser pueden coexistir en armonía, creando esa puerta interdimesnional donde la persona puede trascender a su singular bucle energético en búsqueda de una nueva y renovada versión del camino de su propia existencia. Es entonces que los arquetipos energéticos que constituyen la estructura de nuestro bucle, sucediéndose de manera periódica a lo largo de nuestra singular trayectoria de formas y apariencias diversas, dejan de convertirse en obstáculos para transformarse en palancas de cambio y mejora personal, con la esperanza que nuestros hijos vivan sus propios y nuevos bucles energéticos que les permita ser mejores personas al encuentro del camino de su propia felicidad. Sabedores que la felicidad, en si misma, no es más -ni menos- que un estado de conciencia y un camino de sabiduría personal. Fiat lux!

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lunes, 31 de julio de 2017

Vaciémonos, cuando estemos bloqueados, para volver a llenarnos

Que dos cuerpos con masa propia no pueden ocupar un mismo espacio a la vez, es de lógica empírica. Para que uno de ambos cuerpos pueda ocupar dicho espacio, el otro debe haberlo desalojado previamente. Así, a la luz de este principio de física elemental de ocupación del espacio, si en un tarro lleno de arroz queremos guardar macarrones, primero deberemos hacer un vaciado del tarro para poder cambiar el contenido. De igual manera, para desatascar un estado mental y emocional de bloqueo -que no es más que la saturación de ideas y sentimientos, memoria de experiencias y expectativas estancadas-, debemos vaciarnos para poder volver a llenarnos de una nueva y renovada perspectiva mental y emocional frente a la vida.

Sí, para llenarse de nuevo, primero hay que vaciarse. Pero el proceso de vaciarse no resulta sencillo, en primer lugar porque no sabemos estar sin dejar de hacer, pues procuramos ocuparnos cada día en llenarnos de actividades que solo provocan la sobresaturación de nuestro estado de bloqueo. Somos animales de costumbres, y continuamos haciendo lo mismo que hemos hecho hasta el momento, aunque no nos lleve a ninguna parte. Y en segundo lugar porque no sabemos resolver situaciones sin dejar de avanzar (o huir) hacia adelante, lo que solo provoca agudizar y prolongar la vida de nuestro estado de bloqueo. Somos animales de costumbres, y además, de terca naturaleza, quizás en gran medida a causa de que reafirmamos nuestra identidad personal, aquello que sentimos que somos, en base a aquello que hacemos.

Pero contrariamente, el proceso de vaciarse requiere, justamente y en primera instancia, en dejar de hacer, en dejar de llenarse. Y en segunda instancia, y una vez hemos tomado la decisión de dejar de continuar llenarnos, de iniciar el proceso de vaciado interior. Un proceso de decantación que requiere su tiempo, cuyo ritmo suele ser lento, y que se inicia en el mismo instante en que cesa la desaceleración progresiva que se experimenta tras el freno dado a la actividad del hacer, tal como coche revolucionado de carreras que requiere su espacio y su tiempo para acabar de detenerse tras el fin de la carrera. En otras palabras, para vaciarse hay que dejar de hacer, y tanto el dejar de hacer como el acto consiguiente de vaciado necesitan de un tiempo propio.

Y no, no debemos percibir la necesidad imperiosa de vaciarnos como algo negativo, pues no es más que un proceso natural y necesario para poder continuar generando, en momentos singulares de nuestra vida, el movimiento necesario para poder seguir avanzando y desarrollándonos como personas. Esta acción dual cíclica y continua de vaciarnos-llenarnos, que permite generar el movimiento en nuestras vidas, emula la tercera ley de Newton llamada de Acción-Reacción que nos describe que toda acción ejercida por una fuerza en un sentido recibe por parte de una segunda fuerza una reacción igual y de sentido contrario. Un principio de física básica cotidiana que podemos observar tanto en los ciclos de las estaciones, como en el movimiento del pedalear de un ciclista, por poner algunos ejemplos aparentemente inconexos entre sí, pero que nos permite, en lo que personalmente me interesa sobre el tema de reflexión a tratar, el poder vaciarnos de una visión caduca de la vida que nos bloquea y nos impide avanzar, para poder volver a llenarnos de una ilusión renovada por alcanzar nuevos horizontes vitales.

No obstante, cada persona es un mundo -condicionada por determinismos genéticos, ambientales, psicológicos y espirituales-, y es cierto que los ritmos de los ciclos del movimiento pendular de vaciado y llenado es diferente para cada cual. Así encontramos personas cuyos ciclos de renovación son cortos en el tiempo y de ejecución rápida, mientras que otras personas manifiestan un ciclo de renovación tan laxo en el tiempo y de ejecución tan pausada que parece que les lleve toda la vida. Ambos ritmos de ciclos son perfectos, pues responden a las necesidades íntimas e intrínsecas de renovación del movimiento de la naturaleza de cada persona. Y cada persona, dentro del engranaje del mundo (o sistema referencial humano) tiene una función concreta. Mientras un tipo de ciclo de renovación impulsa los cambios, el otro consolida estadios estáticos. Dos tipos de naturaleza de ritmos de ciclos de vaciado-llenado que, a su vez y por la ley del contraste de opuestos, permiten el movimiento del conjunto de la especie humana como pulsación vital en medio del Universo.

Así pues, amig@, si sientes la necesidad imperiosa de vaciarte para poder volverte a llenar de una renovada visión de la vida, no te preocupes demasiado ya que es una reacción normal y natural. Para poder volverte a llenar de algo nuevo, primero debes vaciarte de lo viejo, ya que no hay viaje sin partida. Y para poder vaciarse, no hay más que dejar de Hacer para -una vez más- comenzar solo a Ser.

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viernes, 28 de julio de 2017

Frente a los juicios de valor categóricos de quienes nos atacan: Reductio ad Absurdum

¿Quién no se ha sentido atacado alguna vez frente a alguien que le enjuicia peyorativamente, sin siquiera conocerle? Una experiencia que no deja de ser anecdótica a no ser que debamos vernos obligados a convivir habitualmente con el o la “enjuiciador/a”. En tal caso, queda claro que la relación interpersonal continuada puede afectar, en primera instancia y de manera directa, a nuestro nivel de salubridad de autoestima, pues los juicios de valor negativos siempre buscan establecer una relación de poder donde el enjuiciado, por ser desvalorizado, queda relegado a los niveles inferiores de la estructura jerárquica moral y/o social establecida. Y, en segunda instancia y por efecto casuístico, dicha relación interpersonal puede llegar a quebrarse tras la fuerza de fricción continuada que se aplica, para disfrute del enjuiciador y consecuente agravio del enjuiciado.

Argumentaciones a favor o en contra de carencia de estados de empatía o de simples habilidades sociales de respeto al prójimo a parte -entre otras posibles patologías emocionales-, que pueden suscitar los diferentes escenarios de juicios de valor categóricos negativos, la cuestión es cómo gestionamos estas situaciones que agreden de manera continua nuestra personalidad y, por tanto, ponen en peligro una relación interpersonal, sin que ni nuestra autoestima ni la relación se vean afectadas.

Una manera de gestionarlo es intrapersonalmente. Es decir, reforzar nuestra Autoestima a nivel personal (Autoridad Interna), interactuando lo justo y necesario con el enjuiciador sin buscar el enfrentamiento, para no retroalimentar su necesidad de desvalorizar nuestra persona como reafirmación a su identidad dominante, y asimismo, minimizar el riesgo de salir heridos emocionalmente. Una táctica que, si bien parece la más acertada -junto al acto reflejo de mantener la distancia-, tiene un efecto secundario negativo, pues la muestra de educación se percibe como debilidad, reforzando de esta manera la actitud de enjuiciamiento peyorativo por parte del enjuiciador contra nuestra persona.

Mientras que otra manera de gestionarlo adecuadamente es interpersonamente. Es decir, gestionar la situación desde una acción directa y decidida desde la dialéctica con el enjuiciador con el objetivo de forzarle a ver el absurdo de su alegre y gratuito juicio de valor negativo, quizás una de las pocas maneras, ya no tan solo de salvaguardar nuestra autoestima y la relación personal, sino de reeducar a nuestro interlocutor en la práctica de la higiene verbal y, por extensión, mental. Pues la crítica sistemática no es más que un mal hábito, y no un rasgo de personalidad, que podemos modificar.

Pero, ¿cómo hacemos ver al enjuiciador el absurdo de su juicio de valor?. Pues mediante la técnica lógico-dialéctica de la Reducción al Absurdo (Reductio ad Absurdum) de un método tan antiguo como la propia humanidad: el Método Socrático, que nos fue descrito por Platón. No obstante, si bien este método indaga o busca nuevas ideas mediante una serie de preguntas alrededor de un tema central para evidenciar el acierto de un “punto de visa” a través de hacer que el interlocutor se contradiga a si mismo y de alguna forma apruebe el “punto de vista” en cuestión, nuestra técnica de Reductio ad Absurdum es mucho más simple y sencilla: se basa única y exclusivamente en responder de manera pausada y tranquila, frente a cada nuevo juicio de valor categórico, con la secuencia interrogativa del “¿Por Qué?”. Fórmula que utilizaremos tantas veces como haga falta hasta que el enjuiciador se vea reducido al absurdo de su categorización, estado al que llegará tras pasar por varios registros emocionales, pues a los enjuiciadores no les gusta que les contradigan en sus juicios de valor, y mucho menos dar explicaciones, pues no tienen argumentos sólidos para ello.

Ejemplo:

Enjuiciador/a: - (Imperativo) A ti no te gusta tomar el sol
Enjuiciado: -¿Por Qué dices que no me gusta tomar el sol?
Enjuiciador/a: - (Defensivo) Ay!, no sé, como vas a la playa y no te estiras a tomar el sol
Enjuiciado: -¿Por Qué si no me estiro significa que no me gusta tomar el sol?
Enjuiciador/a: - (Ofendido) Ah!, no, no, tranquilo, haz lo que quieras...

Así pues, frente a los juicios de valor categóricos de quienes nos atacan, porque se creen superiores en uno u otro sentido: Reductio ad Absurdum. Seguramente uno de los mejores métodos para restablecer el equilibrio de una relación interpersonal basada en el respeto, cuando uno de los dos interlocutores sea un enjuiciador/a compulsivo con el que debamos relacionarnos con cierta asiduidad. Fiat Lux!


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martes, 4 de julio de 2017

Toda razón es relativa en la singularidad de la Vida

Todos y todo somos centripetados por la Existencia, tal cuales residuos más o menos sólidos son engullidos en remolino por el desagüe de un lavadero. Y como en cualquier efecto de remolino, si bien los diferentes elementos a engullir mantenemos una distancia entre sí en un principio, éstos acaban por solaparse y mezclarse en un centro común al que somos atraídos y engullidos por el movimiento veloz de tipo giratorio que ejerce la Existencia sobre sí misma. Un centro común que no es más que la singularidad de la Vida de donde todo parte y hacia donde todo se dirige, cumpliendo así una de las leyes más fundamentales de nuestra realidad conocida: la Ley de la Conservación de la Materia, la cual reza la famosa leyenda de que “la energía ni se crea, ni se destruye, solo se transforma “.

Es por ello que la distancia entre los cuerpos, dentro del viaje del remolino de la Existencia, no es más que una ilusión temporal. Y en esa ilusión, el delirio de los hombres -medio animales, medio dioses en nuestro mundo material, y por tanto finito-, intentamos conceptualizar la singularidad de la Vida con definiciones y neoredefiniciones. Así, en la historia conocida de nuestro remolino existencial observamos cómo de la conceptualización de la Vida según Platón en la época Ática pasamos al Neoplatonismo en la época Helenística en la Antigüedad Clásica, o de la visión de Aristóteles de la misma época pasamos al Aristotelismo Cristiano con Santo Tomás de Aquino ya en la época de la Edad Media, y de ésta concepción Escolástica nos reconceptualizamos al ritmo del Racionalismo, el Empirismo y la Ilustración que no son más que NeoEscolástica y NeoPresocrática-Ática con Descartes, Hobbes, Kant o Shopenhauer, por poner algunos ejemplos de la era ya Moderna; y cogiendo su testigo, ya en plena era Contemporánea, saltamos a un amplia paleta de neoactualizaciones más o menos pintorescas que suman y siguen con el Neokantismo, el Neoaristotelismo, la Neoescolástica, o el Neoexistencialismo, entre otros. Diferentes versiones de una misma conceptualización de la Vida dependiendo de las coordenadas de nuestra posición como individuos en relación a la estructura cónica centrípeta del remolino de la Existencia.

Así pues, si la distancia entre los cuerpos es una ilusión temporal humana -profundamente humana, como diría Nietzsche-, las diferencias entre concepciones de la Vida también lo son, y asimismo sus postulados y credos. Pues las diferencias, en sí mismas, son una ilusión temporal propia de nuestra dimensión humana en el flujo centripéto de la Existencia.

Ahora bien, la razón de la ilusión de las diferencias se debe justamente a la distancia (posición) entre los cuerpos dentro del remolino de la Existencia. La ilusión de la diferencia social encuentra su casuística en la ilusión de la distancia cultural, y viceversa; y asimismo, la ilusión de la diferencia de concepción individual de la vida (en minúsculas), encuentra su casuística en la ilusión de la distancia genética, ambiental y psicológica entre individuos. Diferencias que se definen, redefinen y neoconceptualizan dependiendo de la distancia entre los cuerpos respecto a la singulariad de la Vida (en mayúsculas) que todo lo centripeta. Pues la Vida, si bien fluye y refluye desde una singularidad, se manifiesta y retroalimenta su continuo movimiento centrípeto desde la diversidad como fuerza motriz de su propia naturaleza (mediante el principio de la fuerza de opuestos).

Así pues, todo el mundo tiene razón subjetiva respecto a la vida (en minúsculas) y su concepción de la misma desde su posición espacio-temporal -en continuo movimiento- en el remolino de la Existencia, pero nadie tiene Razón objetiva respecto a la Vida (en mayúsculas) y su concepción de la misma respecto a la esencia y naturaleza de la Existencia misma. Pues todo aquello que definimos, redefinimos y neoconceptualizamos como humanos, ya sean aspectos cotidianos o trascendentes de la Vida, lo hacemos siempre desde la limitación de ser cuerpos espacio-temporales que forman parte del remolino de la Existencia, lo que nos impide objetivizarnos sobre el foco en el que fijamos nuestra atención.

En otras palabras, toda razón o verdad humana no es absoluta, sino relativa en referencia a su posición en el remolino de la Vida. Por lo que podemos entender las razones ajenas sobre la vida (en minúsculas) dentro de su espacio-temporal siempre en continuo movimiento, pero ello no implica que debamos compartirlas y/o aceptarlas, pues no existen dos cuerpos en un mismo punto espacio-temporal dentro de la estructura centrípeta de la Existencia hasta el momento justo de fusión en la singularidad de la Vida.

Mientras tanto, en nuestro personal e intrasferible viaje por el remolino de la Existencia como ilusoria manifestación de la diversidad de la singularidad de la Vida, depende de nosotros – a título individual y como sociedad- el cómo transitamos por nuestras vidas temporales. Sabedores que tenemos cuatro grandes opciones de vida (en minúscula) a las que abrazarnos: la Represiva o Competitiva (someto mi razón a los demás), la Evitativa (me someto a la razón de otros), la Acomodativa (adapto mi razón a la de terceros), o la Colaborativa (me enriquezco en el encuentro de espacios comunes entre mi razón y la de los demás). Conscientes, a nivel individual, que toda razón o verdad es relativa; y conscientes, a nivel social, que la elección por una u otra opción genera un modelo de sociedad más o menos beneficioso para el conjunto de sus integrantes y para la propia comunidad como estructura orgánica en continuo desarrollo evolutivo e involutivo. Aunque, al final, todo depende de las coordenadas de nuestra posición espacio-temporal (que conlleva una carga contextual), en relación a las coordenadas de posición de quienes nos relacionamos, dentro del complejo sistema de referencias del remolino de la Existencia.

Así pues, hasta el momento de nuestra centripetación por parte de la Existencia, que cada cual viva su ilusoria diferencia desde la inteligencia activa de su sistema de coordenadas de vida (en minúsculas) lo mejor que sepa y pueda, pues no somos más que el latido de la singularidad de la Vida (en mayúsculas).

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano

martes, 27 de junio de 2017

Habilidades Básicas: La naturaleza común de todas las Competencias Profesionales

En un mundo tan complejo como el actual existen tantas competencias profesionales como tipos de profesiones y áreas de responsabilidad existen, entendiendo las competencias como aquellas características personales que han demostrado tener una relación directa con el desempeño sobresaliente en un cargo o rol determinado y en una organización en particular. Y, por tanto, existen tantos tipos de clasificación de competencias según el enfoque de la disciplina que la estudie.

Pero además, si por algo destacan las competencias, es justamente por su volatilidad en un mundo en continuo cambio y transformación. Es decir, las competencias que valían para ayer, ya no son válidas para hoy; y, por ende, las competencias que valen para hoy, no serán válidas para el día de mañana. Un principio de impermanencia de las competencias que tiene su causa directa en la evolución y desarrollo de la propia sociedad, cuyo modus vivendi está en continua actualización frente la aparición sinfín de nuevas necesidades.

No obstante, debemos tener en cuenta que todas las competencias, por diferentes y cambiantes que sean, tienen un sustrato de naturaleza común, al igual que toda la vasta gama de seres vivos existentes están formados a partir de una naturaleza química común (carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno). En este caso, la naturaleza común del rico universo de las competencias profesionales son las habilidades, entendiendo habilidad a nivel genérico -tal y como su significado etimológico latino describe- como la destreza o facilidad para desarrollar alguna actividad o tarea.

Según se expone en mi última obra “Habilidología de las Competencias Profesionales”, tras haber haber analizado el sistema de constelaciones de habilidades interrelacionado y derivado de competencias profesionales de diversos grupos de estudio, podemos clasificar las habilidades en:

I.-Habilidades Básicas:
Son aquellas de las que dependen todas las demás, por lo que podemos considerarlas como la naturaleza básica, última o primogénita de todas las competencias profesionales.

Las Habilidades Básicas son principalmente tres:
-Motivación
-Autoestima
-Inteligencia Emocional

Y una cuarta de menor categoría que hace de espacio tangente:
-Pensamiento Positivo

II.-Habilidades Secundarias:
Son aquellas que dependen de las Habilidades Básicas.

Las Habilidades Secundarias podemos dividirlas en:

-Habilidades Secundarias Intrapersonales:
Conjunto de habilidades que permiten a la persona, a nivel individual, conocerse a sí mismo y actuar en consecuencia, y que le permiten acrecentar las posibilidades de tener éxito en el ámbito profesional y encontrarse feliz y satisfecho en el plano personal.

Las Habilidades Secundarias Intrapersonales princpales son: la Autoridad Interna y la Actitud, teniendo la Felicidad como espacio tangente.

-Habilidades Secundarias Interpersonales:
Conjunto de habilidades que permiten a la persona, a nivel social, establecer y mantener relaciones profesionales y asumir diversos roles dentro de una organización, y es donde se desarrollan los grandes tipos de capacidades profesionales.

Las Habilidades Secundarias Interpersonales principales son: el Liderazgo, el Engagement, la gestión de las Inteligencias Múltiples, la Creatividad, y el Pensamiento Computacional.

Asimismo, dentro del grupo de Habilidades Secundarias encontramos dos niveles de habilidades:

-Habilidades de Valor:
Son aquellas Habilidades Secundarias que por sí solas tienen valor equiparable a una competencia profesional, o que la combinación de éstas configuran la naturaleza de una competencia profesional.

Las Habilidades de Valor pertenecen a la categoría de Habilidades Secundarias Intrapersonales e Interpersonales principales.

-Habilidades de Revalorización:
Son aquellas Habilidades Secundarias cuyo desarrollo o gestión permiten la realización de las Habilidades de Valor.

Las Habilidades de Revalorización Intrapersonales son: la gestión del Estrés, y la gestión del Miedo.

Las Habilidades de Revalorización Interpersonales son: la gestión del No Recibido (o de la Negación), la Mejora Profesional, la gestión del Conocimiento, el Reinventarse, la gestión del Fracaso, y la Vocación.

Como vemos, las Competencias Profesionales tienen una naturaleza común primogénita que está formada por las Habilidades Básicas, de las que derivan el resto de habilidades secundarias intrapersonales e interpersonales, siendo el tronco común de éstas últimas -consideradas como las propias del ámbito profesional- la Inteligencia Emocional. No obstante, como observamos en la estructura jerárquica del universo de las habilidades, la Inteligencia Emocional depende de un factor de desarrollo humano, profundamente humano como es la Autoestima. Parafraseando a Aristóteles, en una versión actualizada a nuestros tiempos, podemos afirmar que: “formar la mente, sin formar el corazón, no es formar a profesionales competentes.”

miércoles, 14 de junio de 2017

¿Cómo transformamos un estereotipo en un valor social?

Los estereotipos no son más que una idea preconcebida de cualidades o conductas de una persona o colectivo dentro de los roles de una sociedad determinada y, por tanto, vienen determinados por una alta carga cultural. Pero al final, cuando hablamos de estereotipos, estamos hablando de una respuesta del miedo como defensa a lo desconocido o a un posible cambio que nos puede obligar a salir de nuestra zona de confort (costumbres y rutinas en un espacio conocido y controlable).

Si ese miedo a lo desconocido o al cambio, que solemos manifestar con recelo y rechazo y lo expresamos mediante la estereotipación de personas o colectivos concretos, no lo gestionamos adecuadamente, la sensación del miedo puede transformarse en rabia, lo que conlleva agresividad (ya sea administrativa, jurídica, cultural, de relaciones sociales, física, etc), que no es más que la voluntad activa de confrontación y sometimiento mediante el uso de las relaciones de poder.

En resumen, la estereotipación es la respuesta del miedo y de una posible rabia complementaria hacia lo diferente.

La clave está en la gestión del Miedo y la Rabia

Como sabemos, el Miedo y la Rabia son dos de las cuatro emociones básicas que tiene el ser humano, y que representan -en nuestro sencillo mecanismo biológico-, la primera fase de descodificación del mundo más inmediato que nos rodea y que captamos a través de los cinco sentidos físicos. (Recomiendo la lectura de las cuatro fases secuenciales del proceso de creación de nuestro mundo mental-emocional, recogidas en la obra “Manual del Ejecutivo Feliz”, Jesús A. Mármol, Ed. Bubok, 2016, de descarga gratuita).

El Miedo se caracteriza porque es una emoción básica de repliegue, y tiene la función de ayudarnos a advertir un posible peligro. Mientras que la Rabia se caracteriza porque es una emoción básica de apertura o expansión, y tiene la función de ayudarnos a soltar aquello que no queremos o a responder ante una posible amenaza.

Si bien las emociones básicas crean lo que conocemos como pensamientos, es a través justamente de la gestión del conocimiento (cambio del status de los pensamientos) que podemos transformar las emociones básicas de negativas en positivas.

No hay transformación social sin revalorización del estereotipo

No obstante, los estereotipos no pueden transformarse socialmente tan solo con la gestión del conocimiento, que nos enseña a conocer la naturaleza de esa diferencia de la que reaccionamos con miedo y/o rabia. Es por ello que las campañas exclusivas de información, formación o divulgación en relación a un colectivo de personas que consideramos diferentes no producen el cambio social esperado.

Para que pueda haber transformación social, junto a la gestión del conocimiento (¿qué es y de que se trata esa diferencia?) necesitamos dar valor social a ese conocimiento. Es decir, resolver la pregunta del “¿qué nos aporta?” esa diferencia al conjunto de la sociedad. Pues solo aquello a lo que le damos valor socialmente lo integramos en nuestra cosmología social. Ya que una vez que hemos resuelto la cuestión de cómo podemos dar sentido a la diferencia o al elemento diferencial dentro de la sociedad, nos plantearemos de manera decidida y activa a buscar las formas y maneras de cómo poder aprovechar dicha diferencia para beneficio del conjunto de la sociedad. (En este punto recomiendo la lectura de la “Fórmula de la Gestión de la Diferencia”).

Si algún ámbito destaca por saber aprovechar la diferencia es, justamente, el mundo empresarial, quien ha convertido la gestión de la diferencia en un instrumento clave de management para crear espacios de Inteligencia Colectiva (suma de inteligencias singulares y diversas) en la búsqueda de la competitividad en un mercado en continuo cambio y transformación. Tanto es asi que el nuevo paradigma empresarial no es otro que el de “Innovar o Perecer”, pero no hay innovación sin gestión de la diversidad en un mundo global e interrelacionado a tiempo real.

Seamos pues inteligentes, y aprovechemos el enfoque empresarial de la gestión de la diversidad -donde los estereotipos se diluyen en beneficio común-, para enriquecer nuestras sociedades. Pues evolucionamos como sociedad gracias al desarrollo de los talentos singulares de las personas, y los talentos no saben de estereotipos de género, tendencia sexual, clase social, religión, u otros. Conscientes que en toda integración de la diversidad se generan espacios tangentes de cocreación social siempre que existan principios básicos de intereses comunes y confianza mútua.

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano



martes, 2 de mayo de 2017

1 de Mayo, Fiesta del Trabajador Fallido: El Precariador

Trabajador es todo aquel que vive de las rentas de su trabajo, pero ¿cómo debemos denominar a aquella persona de la población activa que, aun trabajando, no consigue vivir de su trabajo? (Entendiendo el “vivir de su trabajo” como la acción por la que una persona, mediante la recompensa remunerada de su actividad física y/o intelectual, consigue cubrir las necesidades básicas a nivel individual y de posible responsabilidad familiar). Una figura que si bien no tiene una definición jurídica concreta (y por tanto está indefensa legalmente), es una realidad sociológica de rabiosa actualidad como resultado directo de un estadio de precariedad laboral fruto de una crisis sistémica que dura ya una década. Una figura a la que podríamos llamar Precariador, y que la situaríamos socialmente entre la moderna concepción del trabajador que surge con la Revolución Industrial en el siglo XIX (que ya está por debajo del trabajador-robot), y la antigua figura del esclavo o del siervo que aún resiste con plena vigencia cultural en algunos países del mundo.

El perfil del Precariador es heterogéneo, pues va desde el medio-senior o senior cualificado y con amplia experiencia que frente a la imposibilidad de encontrar un puesto de trabajo se intenta reinventar profesionalmente en la búsqueda de nuevas oportunidades laborales (las redes están saturadas de coaches, formadores y consultores), el joven recién licenciado que se pone el traje de superemprendedor (pero sin poderes) ante la falta de poder acceder al mercado laboral por cuenta ajena, o el desempleado de larga duración que se agarra a contratos temporales y/o parciales precarios (que generan la misma angustia que un flotador pinchado en alta mar), entre otras muchas variantes fruto de imaginativas (pero reales) combinaciones entre éstos. El denominador común a todos ellos: salarios deficientes e irregulares, necesidad de cobertura socio-económica familiar, exclusión de prestaciones sociales (por desamparo legal), e invisibilidad frente a las estadísticas de desempleo (en su lucha diaria por mantenerse activos profesionalmente, aunque las rentas del trabajo sean insuficientes, pues lo último que pierden es la esperanza de un futuro estable).

Si nos paramos a pensar, el Precariador no es más que el resultado del mal funcionamiento de un sistema de libre mercado (al que llamamos capitalismo), cuya naturaleza no es más que la desigualdad social sostenible positiva. Es decir, que para que el capital tenga un valor diferencial añadido dentro de la sociedad, ésta debe ser desigual entre sus miembros, lo que conocemos como ricos y pobres. Una mecánica social de contrastes que, al igual que un motor de pistones (motor de movimiento a partir de la continua combinación alternativa entre fuerzas opuestas), permite el desarrollo de las sociedades, siendo la ambición humana individual la verdadera fuerza motriz. Pero para que esta maquinaria social tenga éxito, el equilibrio entre las desigualdades sociales positivas debe ser sostenible, es decir, que no se puede quebrar. Si dichas desigualdades tienden a reducirse en exceso, el capitalismo dejará de existir para convertirse en socialismo (en cualquiera de sus variantes). Si dichas desigualdades, en cambio, tienden a ampliarse en exceso, se convertirán en negativas y el capitalismo también dejaría de existir por la fuerza reactiva de un descontento social (más o menos vehiculado políticamente) que afectaría a la estructura orgánica de su naturaleza, reorganizándose con un alto índice de probabilidad hacia un sistema populista (en cualquiera de sus variantes). Es por ello que cabe remarcar la importancia de velar por el principio de desigualdad social sostenible positivo de la economía de libre mercado, que tantos beneficios aporta a nuestras sociedades modernas de Derecho y de Bienestar Social (reafirmadas en el principio de igualdad de oportunidades y los derechos sociales adquiridos), y para las que la nueva figura del Precariador representa un riesgo potencial de quiebra por la brecha social que representa. Al fin y al cabo, el Precariador es la evidencia fallida de la ecuación que relaciona esfuerzo de trabajo individual y obtención de aspiraciones sociales personales (La máxima de que “una persona, si trabaja, se gana la vida”, ya no tiene aplicación generalista en estos tiempos). Un resultado paradójico en el contexto histórico actual con la mayor fuerza de trabajo social cualificada (técnica y académicamente) de la humanidad, que pone de relieve el hecho objetivo de que algo no estamos haciendo bien.

Sin intención de marear ni aburrir con datos estadísticos económicos, sobre índices de tasas de desempleo y perfil de salarios de nuestro país (ya sean de puestos de trabajo de baja o alta cualificación) en comparación con otras economías europeas, ni de aunar en medidas urgentes de cambio de una economía coyuntural (raíz de muchos de los males de nuestro triste mercado laboral postladrillo) a una economía estructural (de base industrial y de I+D+I), pues los datos -para quien los quiera- nos inundan y están al alcance diario de todo el mundo, la intención de este artículo no es otro que el de poder reflexionar con concesión de libre pensador, y excusa del día nacional del trabajador mediante, sobre una realidad de la que poco se menciona (quizás por vergüenza ajena y orgullo personal de muchos): la de los trabajadores fallidos, los Precariadores, y sus posibles consecuencias sociales. Frente a esta realidad, solo tenemos dos opciones: confiar en que los aires de la economía y el mercado laboral cambien pronto, como quien se queda mirando al cielo a la espera de que llueva en época de sequía (y así llevamos una década y suma y sigue), cuyo riesgo social es alto. O paliar de manera activa e inteligente la situación (de Estado) de los Precariadores con el objetivo de minimizar y controlar los posibles riesgos sociales. Alea jacta est!


A 1 de Mayo de 2017
Fiesta del Trabajador Fallido


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miércoles, 26 de abril de 2017

Frente a la inmigración que no se integra: reserva del derecho de admisión

Mujeres con burka en un parque de Barcelona
El fenómeno de la inmigración se ha convertido en una realidad social nueva para las ciudades y pueblos de nuestra joven democracia. Un fenómeno generado por la necesidad del ser humano de buscar una vida mejor lejos de sus familias de origen, tan antiguo como la historia de la propia humanidad, y amparado bajo los principios y valores de los Derechos Humanos (un código ético de conducta inspirado y promovido desde el humanismo cristiano).

El problema reside, no ya tan solo cuando un país no tiene más capacidad de absorción inmigratoria por cuestiones estrictamente económicas que no son per se baladí, sino cuando un tipo determinado de inmigración no se integra en la vida y constumbres del país de acogida. Y cuando dicha inmigración que no se integra alcanza un volumen poblacional signficativo que llega a convertirse en un problema social, generando tensiones de convivencia por el autoderecho adquirido de imponer su cultura de origen importada (al amparo de los Derechos Humanos sobre el que se han configurado las constituciones de todos los Estados de Derecho y Bienestar Social de la milenaria Europa). Para muestra, y como mayor exponente del esfuerzo social continuo e infructuoso de integración a lo largo de varias generaciones: nuestra republicana vecina Francia, donde la maltrecha bandera reza resignada “liberté, égalité, fraternité”. Un ejemplo que nos evoca, casi por instinto primario, al refranero español cuando avisa que “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.

Soy consciente que esta reflexión puede considerarse políticamente no correcta, pero no por ello debe dejarse de plantear, pues negar la realidad resulta tan imprudente -a la vez que ridículo- como la avestruz que, para esconderse y no afrontar un peligro inminente, amaga la cabeza bajo tierra. Y es que parece que hayamos perdido el norte por un mal entendido sentido de los límites de los Derechos Humanos, seguramente por el complejo patológico ante los mismos por las muchas aberraciones protagonizadas a lo largo de nuestra historia reciente como civilización. Sea como fuera, ¿quién dice que no se puede conjugar Derechos Humanos y obligaciones de las personas acogidas como inmigrantes? Obligaciones cuya primera y principal norma no tendría que ser otra que la responsabilidad de integración social al país de acogida. Y no, no estoy planteando nada nuevo bajo el sol, pues invito al lector a que intente viajar por trabajo o convertirse en ciudadano de países tan democráticos y de derecho como Finlandia, Australia, Japón o Canadá y nos cuente qué requisitos y obligaciones le imponen.

Derechos humanos, con independencia de la raza, religión, creencia política o sexo de la persona, sí, por supuesto. Pero obligación de integración al país de acogida, también, solo faltaría. Un planteamiento que requiere de una legislación adecuada y de unos instrumentos de control administrativos acordes a los retos de los tiempos que corren.

De lo contrario, nos encontramos ante situaciones tan insólitas, en nuestro propio país, como el intento de querer prohibir por ley el consumo de carne de cerdo en los comedores escolares (alegando cuestiones religiosas), la prohibición de la celebración de las procesiones de Semana Santa (aludiendo la laicicidad del Estado democrático en un intento de equiparar la cultura religiosa de importación de la autóctona), o la prohibición del servicio médico femenino para pacientes masculinos (alegando cuestiones culturales), por poner algunos ejemplos clarificadores. Sin contar que la resistencia de integración de dichos colectivos a nuestra cultura como país de acogida genera nichos de marginalidad social (en cuyo seno se promueve la desigualdad entre hombre y mujer), que son sustentandos humanitariamente por los mecanismos de los servicios sociales (pagados con nuestros impuestos) en el marco de nuestra naturaleza jurídica como Estado de Bienestar Social. Un fenómeno nunca visto en ninguna otra parte del planeta, y mucho menos en sus países de origen, donde el respeto por la cultura ajena es prácicamente nula.

Resulta curioso, a su vez que paradójico, que pongamos el énfasis en la protección del hábitat natural frente a la introducción de nuevas especies animales que pueden desplazar y menguar a las especies autóctonas, a su vez que modificar el propo hábitat, y en cambio descuidemos la protección de nuestro propio hábitat social y cultural como civilización. Seguramente unas de las razones radica en nuestra despreocupación por educar en el sentimiento de identidad de civilización propia y milenaria, dentro de un contexto global.

Un enfoque que no está reñido, en absoluto, con la cultura de la diversidad como factor clave de la inteligencia colectiva que enriquece nuestras sociedades en continuo desarrollo humano. Pero todo proceso de desarrollo conlleva, asimismo, una adecuada y diligente gestión del riesgo para conseguir el éxito esperado. Algo que bien saben las empresas siempre en continua innovación, cuyo afán por evolucionar (para beneficio del conjunto de la sociedad) no les exime de controlar los riesgos si no quieren hacer fallida a medio camino. Al igual que saben, como primera regla de oro en materia de estrategia de innovación, que todos los miembros de la empresa deben estar implicados en la consecución de un mismo y definido objetivo empresarial. Un valor de compromiso que, en contraposición respecto a la realidad sociológica, destaca por su ausencia en los colectivos de acogida que no se integran socialmente.

Nuestra democracia es joven, así como el fenómeno social de la inmigración (aunque vamos ya por las terceras generaciones), y la lesgilación siempre va por detrás de las necesidades sociales, por lo que es lógico la falta de previsión frente a posibles problemas potenciales de integración de colectivos acogidos con una visión cosmológica del mundo y su organización antagónica a la nuestra. Pero la realidad, que siempre supera a la ficción, requiere ahora de una apremiante actualización legislativa del principio de equilibrio entre defensa de los Derechos Humanos de los inmigrantes y defensa de nuestros intereses socioculturales y económicos como país de acogida. Respeto al ser humano, sí. Respeto a nuestro modo de vida, también. El reto, como ya decían nuestros ancestros los romanos, se haya en encontrar la virtud de acción en el punto medio de la problemática que nos ocupa: In medio virtus. No hagamos como las avestruces y afrontemos, sin complejos como sociedad, los retos del nuevo milenio. Frente a la inmigración que no se integra: reserva del derecho de admisión.

Nihil novum sub sole

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