lunes, 4 de diciembre de 2017

Del por qué unas palabras provocan cambios sociales y otras no, y de la necesidad de la responsabilidad pública

Vivimos en un mundo inmerso en la palabra, si bien parece que en estos últimos tiempos está devaluada en favor de la imagen y su capacidad de impacto visual. No en vano se acepta popularmente como máxima categórica la idea de que una imagen vale más que mil palabras. No obstante, si bien la imagen remueve, provoca e incluso incita, es la palabra la que acciona la voluntad de movimiento -en un sentido u otro- en la cosmología del ser humano.

Personalmente siempre me ha interesado el poder del influjo de la palabra en la sociedad en general y en el hombre en particular. Y si bien de joven creía que las palabras podían cambiar el mundo, más adelante me percaté que la palabra solo tiene poder cuando la persona está preparada -en su madurez intelectual y emocional- para recibirla como palanca de cambio y transformación personal.

Pero, ¿cuál es el proceso por el que unas palabras provocan cambios sociales y otras no?. Si observamos en cualquier manifestación de convulsión social de rabiosa actualidad, el proceso consta de tres fases que podemos asemejar, desde un enfoque puramente didáctico, a la estructura de un arma letal:

1.-Arma:
En primer lugar debe de haber un arma, es decir, debe de existir un contexto social que genera -objetiva o subjetivamente- un sentimiento colectivo de desigualdad.

2.-Percusor:
En segundo lugar, dicha arma debe contar con un percusor, que no es más que la identificación social de la causa -real, ficticia o inventada- de dicha desigualdad.

3.-Proyectil:
Y en tercer lugar, el arma debe contar con un proyectil que disparar, cuya munición no es otra que la calificación en términos negativos del sujeto identificado como causa de la desigualdad.

Pongamos un ejemplo. Ante una afirmación como: “Estamos mal porque el Sr.Y nos roba”, “estamos mal” es la percepción de un posible contexto social de desigualdad o arma, “el Sr.Y” es la identificación de la causa o percusor, y “nos roba” es la calificación negativa del sujeto identificado o proyectil que se carga a la espera de ser disparado.

Como podemos observar en el proceso, la palabras -en principio inocuas por sí mismas- se convierten en Palabras de Poder preparadas para provocar una reacción individual y colectiva cuando adquieren una carga emocional.

De hecho, la palabra per se no es más que una representación gráfica de un sonido que no deja de ser mas que una estructura vacía de contenido, semejante a la estructura desnuda de un edificio, al que los seres humanos llenamos de significado. Pudiendo cambiar dicho significado a nivel individual o social dependiendo del contexto histórico (el significado de “honra” difiere de la Edad Media al de la era contemporánea), otorgando asimismo significados diferentes dependiendo de la variable cultural donde se desarrolla y utiliza (como el vocablo “coger”, de significado bien diferente en España y en latinoamérica), e incluso llegando a convertir el significado de una palabra en un icono temporal -y por tanto, acorde a su tiempo- de expresión y manifestación de una colectividad (como en el caso actual con palabras como “cunde”, utilizada por los adolescentes tecnológicos para calificar una experiencia de manera superlativa). Así pues, si bien todas las palabras están llenas de significado contextual, éstas solo adquieren la capacidad de transformación personal y grupal cuando:

1.-Adquieren carga emocional cultural,

y 2.-Dicha carga emocional cultural se alinea con el contexto emocional íntimo y subjetivo de la persona.

Es por ello que nos encontramos con la aparente paradoja de frases y libros que tienen un significado y poder de transformación en un momento dado, y no en otro, de la vida concreta de una persona o un grupo. Puesto que las palabras, como ya he apuntado, transforman solo cuando la persona está preparada. De ahí que una antigua profesora, al finalizar sus clases, siempre nos decía: -“Vosotros me escucháis el lunes, pero me entenderéis el miércoles”, haciendo referencia al tiempo de maduración necesaria que debía transcurrir para poder madurar la información recibida y otorgar de significado con carga emocional a sus palabras. Lo mismo sucede con los procesos sociales, aunque en este caso los tiempos de maduración colectiva de un mensaje reiterado (lo que podemos denominar como adoctrinamiento) para convertirse en una palanca de transformación social puede durar generaciones. (De ahí la importancia de recelar de los adoctrinamientos de baja intensidad que pueden parecer inocentes e incluso amables, y que son sostenibles en el tiempo -a la espera que las semillas germinen gracias a un futuro ambiente propicio-, aunque este es otro tema).

No quisiera acabar esta pequeña reflexión, no obstante, sin subrayar la importancia del buen uso del poder de la palabra en el mundo específico de los agentes sociales, ya sean políticos o líderes de opinión, que tanto escasea. Pues en una sociedad donde la palabra pública se cultiva mediante el arte de la oratoria -con sus variantes como la telegenia-, bajo la influencia de técnicas publicitarias para que los mensajes puedan procesarse a través de los embudos de los medios de comunicación (económicos en palabras, austeros en tiempo y hambrientos de declaraciones impactantes -para enganche ocioso del consumidor-), cabe hacer un llamamiento a la conciencia de la responsabilidad no tan solo de lo que se dice públicamente, sino del efecto que puede provocar socialmente. Puesto que, a diferencia del dicho al hecho, de una Palabra de Poder social a un Decreto social, hay muy poco trecho. Es por ello que para aquellas personas que se dedican a la res publica, junto al aprendizaje de la bella materia de la oratoria, deberían contar con la Ética Política como formación obligatoria. Pues decretar consignas, mediante el uso de Palabras de Poder (para generar cambios sociales), sin conciencia de responsabilidad de las consecuencias públicas consiguientes, no es liderar para garantizar el progreso de una comunidad, sino abducir -como el Flautista de Hamelín- para padecimiento de quienes arrastra tras de si. Aunque, sea dicho de paso, la responsabilidad siempre es compartida, por lo que no hay mejor manera de acabar esta pequeña reflexión que rememorando las palabras de Platón: “El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres”. Fiat Lux!


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viernes, 1 de diciembre de 2017

El amor no es un valor universal

La gravedad es un valor que podemos considerar universal porque se trata de una fuerza constante e inmutable cuyo efecto es siempre replicable en todos los objetos con masa, de ahí que su descubridor, el físico Newton, la denominó como Ley de la Gravitación Universal. Si bien es cierto que la teoría, más que ley, de la gravedad no funciona en las cercanías de los agujeros negros ni a escalas microscópicas, donde los electrones campan a capricho bajo otras fuerzas conductuales diferentes. Es por ello que, aún y todo, podemos afirmar que la gravedad es un valor universal a escala humana.

El amor humano, en cambio, no podemos considerarlo universal ni a escala humana. No solo porque los valores universales ya son conceptualmente de por sí relativos, puesto que el “valor” viene determinado por un tipo de consenso colectivo en un momento concreto de la historia del hombre, y la caracterización de “universal” va íntimamente ligada a la percepción ética y moral de cada sociedad. Sino, principalmente, porque el amor humano está condicionado a dos variables fundamentales:

1.-La capacidad emocional-cognitiva de cada persona,

y, 2.-El contexto cultural en el que se desarrolla dicha persona.

Así, podemos encontrarnos con casos en que existan madres que no quieren a sus hijos, o personas cuyo amor por los perros o gatos, por poner un ejemplo, es puramente gastronómico.

Es por ello que si el amor humano es cultural, profundamente cultural, y asimismo condicionado a la volatilidad impermanente psicoemocional de la propia naturaleza del ser humano, ¿existe un amor de valor universal? Ante esta pregunta es fácil recurrir a la idea del amor transcendental. Un concepto que si bien podemos racionalizar intelectualmente, tal si estuviéramos teorizando sobre el Mundo de las Ideas de Platón, pocos son los privilegiados que pueden experimentarlo. Y si no puede ser experimentado comúnmente, ¿cómo podemos llegar a la conclusión empírica de que el amor transcendental, es decir aquel que nos acerca a la idea de plenitud de un amor de naturaleza propia de una divinidad concreta o abstracta, es un valor universal? Así pues, aun a pesar de poder parecer desagradables o irrespetuosos, podemos atrevernos a afirmar que el ideal del amor transcendental tampoco no es un valor universal, ya que no solo no es genérico y depende de determinismos humanos, sino que encuentra su opuesto en la naturaleza del mismo amor humano.

Si entendemos valor universal como una causa de efectos inmutables a los diversos contextos a los que se pueda exponer, y sin un valor igual o superior que lo invalide como manifestación opuesta a su misma naturaleza, definiríamos un valor universal como aquella causa manifestada en el mundo humano con una misma naturaleza y de polaridad única y exclusiva, por lo que no hallaríamos dualidad en su manifestación. Es decir, un valor universal, para poderlo considerar como tal, no puede responder al principio de polaridad que nos indica que un sujeto -ya sea mental, emocional o material-, tiene una misma naturaleza pero con doble polaridad diferente y opuesta, permitiendo de este modo poder transmutar dicho sujeto de una polaridad a otra. Lo que más comúnmente conocemos como realidad dual y que se manifiesta en conceptos como arriba-abajo, derecha-izquierda, frío-calor, triste-alegre. De hecho, nunca se nos ocurriría plantear como valores universales estos ejemplos expuestos.

Aún más, al referirnos al amor humano, podemos definirlo en tres estados de polarización diferentes: amor / no-amor / odio, dependiendo de las variables biológicas, ambientales y spicológicas de cada persona frente a un objeto o sujeto de amor potencial. Variables que, por su parte, están exentos en valores universales propiamente considerados como tal como la gravedad o la muerte en el plano humano.

Así pues, si el amor humano no es un valor  universal, podemos afirmar que es humano, profundamente humano (como diría Nietzsche), y no puro (en términos kantianos). Sí, el amor humano es relativo y condicionado a los parámetros referenciales tanto de los condicionantes de la propia persona (emisora o receptora de amor), como de sus determinismos histórico culturales y sociales. Por lo que, al final, el amor humano no podemos más que definirlo como una experiencia personal, íntima y subjetiva de la que pueden participar -con suerte- una o más personas.

En resumidas cuentas, no sé si mi amor humano es universal -a todas luces racionales seguro que no-, pero desde el aquí y el ahora, y en mi realidad personal, manifiesto mi amor verdadero, desde lo más profundo de lo que considero mi ser, a mis hijas Carlota y Ariadna y a mi compañera de viaje Teresa. Todo y esperando que, en el día del juicio final, la naturaleza de este amor sea suficiente, al menos, para no condenarme al infierno de Dante.


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lunes, 27 de noviembre de 2017

La Vergüenza de la pobreza: el lastre de la reinvención profesional

Hace una década atrás conocíamos en España, y en la mayoría de sociedades latinas, la vergüenza al fracaso, ya que la experiencia del fracaso se ha considerado históricamente bajo una concepción cultural negativa e incluso reprobable y estigmatizadora. Lo cual, el miedo a la vergüenza al fracaso ha representado una de las principales causas inhibidoras del emprendimiento. Un tema que he afrontado en cruzada personal desde hace años en pos de revalorizar la experiencia del fracaso con mi obra “El Poder Transformador del Fracaso”,Ed. Silva, 2011. (Dejo enlace vídeo de una de las conferencias realizadas en la UOC años atrás, por si es de interés).

Pero ahora, tras una década de crisis socio-económica que ha generado grandes brechas de desigualdad social, la vergüenza se presenta bajo una nueva apariencia de problema social al devenir una de las principales causas que afectan el sentimiento de dignidad y autoestima para aquellas personas que buscan salir de una situación de pobreza sobrevenida, tal y como pone de relieve un reciente estudio de la Universidad de Oxford divulgado este mes de noviembre por el Foro Económico Mundial.

La vergüenza es un sentimiento tan antiguo como la humanidad, que en muchos casos se ha utilizado como estrategia socializadora -y aun en plena actualidad, como tácticas de ley marcial en diversos países-, representando deshonor, desgracia y condenación. Un sentimiento humano, de naturaleza social, que afecta de manera directa a la concepción de dignidad y autoestima que una persona tiene sobre sí misma. Y ya sabemos todos que cualquier persona con un sentimiento de baja autoestima presenta un cuadro de devaluación perceptiva de sus propias capacidades como individuo que le impide relacionarse y enfrentarse adecuadamente a los retos que le depara, ya no el mundo, sino su realidad más inmediata. En otras palabras, no hay posibilidad de reinvención personal y profesional, que permita salir de un estadio de pobreza económica, sin un estado emocional con una autoestima sana.

De hecho, cabe remarcar que la autoestima forma parte de las cuatro Habilidades Básicas de una persona, es decir, aquellas que dependen todas las demás (como actitud, liderazgo, engagement, creatividad, pensamiento positivo, inteligencia emocional, etc) y que nos permiten relacionarnos con nuestro entorno personal, social y profesional. Por lo que podemos considerar a las Habilidades Básicas, como la autoestima, la naturaleza última o primogénita de todas las competencias profesionales. (Tema que desarrollo ampliamente en mi obra “Habilidología de las Competencias Profesionales”, Ed. Bubok,2017).

Es por ello que en en plena Cuarta Era de la Revolución Industrial, donde el activo de los profesionales no es otro que su capacidad de adaptación continua a los cambios constantes de un Mercado en continua transformación, el Management debe introducir en sus planes formativos materias de Desarrollo Competencial como el aprendizaje y gestión de la autoestima, entre otras habilidades básicas y secundarias inter e intrapersonales, más allá de los clásicos grados y masters en Dirección de Empresas, RRHH, Innovación, Big Data y otros al uso. (Ver Filosofía del Talento de la Academia del Filósofo Efímero). Pues formar en emprendedoría, sin formar en gestión emocional -como diría un reinventado Aristóteles-, no es formar en los tiempos que corren.

Pero las acciones dirigidas a paliar los efectos de la vergüenza de la pobreza, como la depreciación de la dignidad y la autoestima personal, no pueden limitarse al ámbito educativo como mera estrategia de mejora de la competitividad entre la futura masa productiva estudiantil, sino que debe extenderse al ámbito de las políticas sociales de un país, más si cabe cuando el 28% de la población española se sitúa en riesgo de pobreza o exclusión social (según datos de “El estado de la pobreza en España 2017” de la EAPN), y se requiere con urgencia para bien del conjunto de la sociedad española que la población activa vuelva a ser económicamente productiva dentro de los estándares europeos en tasa de ocupación y riqueza. Es aquí donde el Estado de Bienestar Social debe reconocer y afrontar de cara la variante psicosocial de la pobreza (interacción entre las fuerzas sociales y el comportamiento individual) con políticas activas de reinserción -que nada tienen que ver con la caridad-, como pueda ser la Renta Básica Universal. Una iniciativa ésta de éxito ya demostrado en Finlandia, como manifiesta su agencia estatal de supervisión del bienestar, donde en este 2017 se ha registrado un claro recobro del optimismo por parte de sus ciudadanos beneficiarios, así como una diversificación de los ingresos al calor de la prestación estatal y un aumento de la tasa de emprendimiento por parte de éstos.

Políticas públicas económicas a parte, que dejamos en manos de legisladores -Dios mediante, para mayor tranquilidad-, lo que es evidente es que con una Economía Humanista ganamos todos. Entendiendo humanizar la economía como la integración de variables emocionales que ayuden a dignificar a la persona en la ecuación de la economía productiva de una sociedad, como pudiera ser una Tasa de Vergüenza de la Pobreza. Y para aquellos burócratas, políticos y agentes sociales que se opongan, que recaiga sobre ellos ya no la vergüenza social, sino la ignominia, borrando así sus nombres de nuestra Historia a semejanza de la damnatio memoriae de la Antigua Roma. Pues no hay mayor vergüenza a la pobreza económica que la pobreza de espíritu y servicio público.


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¿Te mueves aun estando inmóvil o estás inmóvil mientras te mueves?

Foto: Teresa Mas de Roda
Según como se mire, a veces la vida de los mortales se asemeja a la del ratón enjaulado que corre sin aparente fin en su rueda sin ir a ningún sitio, es decir, sin moverse del lugar. Es por ello que uno no deja de preguntarse, a veces, si lo más inteligente por saludable es quedarse inmóvil. Dado que el movimiento no es más que una ilusión que, mal llevado -es decir, acelerado a una velocidad inadecuada para nuestra resistencia física y psicológica-, puede provocar un claro deterioro en la calidad de vida personal (patologías diversas incluidas).

Aunque, por otra parte, lo cierto es que resulta imposible permanecer inmóvil en medio del bullicioso ajetreo de la sociedad que empuja, cual entrada o salida del metro en hora punta, a ningún destino final en concreto. Quizás porque la naturaleza del hombre, al igual que la del río, es moverse en un constante fluir por la vida en su ciclo regenerativo de hombres y mujeres mortales que se suceden a lo largo del relato que llamamos humanidad.

Ergo, tanto la actitud de moverse como de quedarse inmóvil es relativa en la vida de toda persona, ya que depende de los parámetros de referencia del observador. Uno puede permanecer inmóvil consigo mismo, pero moverse para los demás; y a la inversa, uno puede estar moviéndose, pero permanecer inmóvil para el resto. Por lo que podemos afirmar que existe un movimiento o no-movimiento real y un movimiento o no-movimiento percibido. El real es aquel manifestado objetivamente en el mundo material o de las formas con independencia de la percepción de cada cual, mientras que el percibido es aquel manifestado subjetivamente en el mundo cognitivo de cada individuo. Un movimiento y no-movimiento real y percibido que, al pertenecer a dimensiones diferentes de la realidad -aunque interdependientes-, pueden coexistir de manera tanto simultánea como independiente. En otras palabras, como en la paradoja del gato de schrödinger, una persona puede estar en movimiento e inmóvil a la vez, dependiendo del punto de referencia en el que nos situemos, pues lo real y lo percibido no siempre están alineados para el observador.

Así es, aún estando inmóvil me muevo y moviéndome continuo inmóvil, pues el movimiento y no-movimiento de toda persona responde a la misma lógica ilusoria del vaso medio vacío y medio lleno, que depende con la mirada con que se mire. Por lo tanto, la diferencia entre lo real y lo percibido viene marcado por el posicionamiento consciente a nivel personal por una u otra opción plausible.

Cierto es que en una sociedad de mercado como la occidental contemporánea, el consenso colectivo del movimiento y del no-movimiento viene definido por un parámetro de referencia mercantilista como es la productividad (entendida como la acción que genera una renta de trabajo que permite asegurar la sostenibilidad económica del individuo): Si eres productivo eres una persona en movimiento, si no eres productivo eres una persona en no-movimiento. Por lo que en este contexto, el movimiento y no-movimiento real viene definido no por la realidad en sí misma, sino por la realidad creada por el hombre. Un consenso social sobre el movimiento y no-movimiento de una persona de naturaleza profundamente humana y significado al contexto de un tiempo histórico concreto que no invalida, en ningún caso, el axioma -puro, en términos kantianos- de la dualidad movimiento/no-movimiento real y percibido de la propia naturaleza del ser humano.

No obstante, con independencia de si me muevo estando inmóvil o si estoy inmóvil aun moviéndome, lo importante a nivel personal, lo que marca la diferencia en el sentido existencial de una persona, es el estado de conciencia en el que uno se posiciona: de movimiento o de no-movimiento, y los efectos prácticos que ello conlleva para el sentido de autorealización vital de cada uno. Sí, al final, el movimiento y no-movimiento para los demás puede ser una manifestación espacio-temporal e incluso productiva, pero en el plano íntimo y personal no es más -ni menos- que un estado de conciencia. Aunque, como todos sabemos, para actuar en consciencia debemos ser conscientes de lo que hacemos, y este ya es otro tema, ¿verdad?.

[A pesar que un estado de conciencia de inmovilidad móvil o de movilidad inmóvil provoca la recurrente confusión de ser conscientes de en qué posición real y percibida certera nos situamos en cada momento. Es por ello que la más y extendida común de las confusiones es creerse en la ilusión de estar moviéndose, cuando realmente la persona se haya en estado de no-movimiento].

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martes, 14 de noviembre de 2017

Declaro mi condición de Filósofo Efímero

La Filosofía es efímera, porque la vida del hombre es efímera, y con ella sus pensamientos: el sistema racional vertebrador sobre el que se construye -mediante la metodología del análisis conceptual del conocimiento de la existencia humana- la misma Filosofía, es decir, nuestro saber no empírico.

Sí, toda Filosofía es pasajera, porque pasajero y cambiante es el hombre. Si no fuera así, la historia de la Filosofía de la humanidad no estaría sembrada de un reglero sinfín de pensadores que se suceden de manera continua, en muchos casos contradiciéndose, oponiéndose e imponiéndose entre sí a cada nueva generación. Axioma del cual podemos deducir dos proposiciones relevantes:

1.-No existe una verdad única, porque no existe un pensamiento único inalterable a la evolución humana como especie, ni a la evolución existencial del individuo a lo largo de su propia vida personal, siendo lo contrario ya no Filosofía sino Religión.

y, 2.-Si la Filosofía es la búsqueda de la sabiduría (etimológica y conceptualmente hablando), siendo la Filosofía alterable por efímera, no existe para la humanidad una sola, única y verdadera sabiduría.

De hecho, la sabiduría es una aptitud que adquiere el ser humano mediante la aplicación de la inteligencia sobre la experiencia propia (inteligencia sin experiencia solo es conocimiento, ya sea éste certero o no), por lo que nos hayamos frente a dos grandes determinismos: la capacidad cognitiva de la persona y el condicionante ambiental donde se enmarca el desarrollo de dicha experiencia. De ahí, por ejemplo, que la sabiduría sobre la moral de Kant (filósofo alemán del XVIII) difiera de la sabiduría de la moral de Nietzsche (filósofo alemán del XIX). Divergencias de sabiduría que no solo vienen marcadas por contextos históricos diferentes, sino también geoculturales y de clases sociales, sin olvidar los psicológicos que son propios de la capacidad íntima de descodificar y gestionar la realidad más inmediata por parte de una persona.

Así pues, ¿cuál es la Filosofía correcta?. Aquí ya debemos de hacer una doble distinción: a nivel individual, aquella que le sirva a la persona para dar sentido a su propia existencia; mientras que a nivel social, aquella que sirva a una colectividad humana para desarrollarse óptimamente como estructura orgánica organizada mediante unas reglas comunes consensuadas. Una doble dimensión de la Filosofía que puede generar una situación de alineación o desalineación entre la Filosofía individual y la social, estadios potencialmente posibles no solo como consecuencia directa de la capacidad de libre pensamiento de las personas a título individual (a pesar de los tiempos de escaso pensamiento crítico que corren), sino también del continuo y vertiginoso cambio y transformación que protagoniza la sociedad contemporánea. Escenarios posibles que en el caso de una desalineación entre Filosofía individual y social viene resuelto por la relación de niveles de poder entre ambos (cuyo objeto de reflexión se merece un apunte a parte).

Sí, la Filosofía, por ser una creación humana, es efímera por naturaleza. Por lo que en el día de hoy, y con plenas facultades mentales, me reivindico y declaro como Filósofo Efímero. Y desde mi impermanencia condicionada a mi contexto existencial (el pequeño teatro de mi vida donde a veces, más que de actor principal, me da la sensación de interpretar un papel secundario como extra), reflexiono sobre los divinos y mundanos misterios de la existencia humana con intensa efimirez. Pues efímeros e intensos son mis pensamientos plasmados en efímeras e intensas líneas reflexivas como estas. De la efimirez existencial provengo, y tras esforzarme por sentirme vivo, a la efimirez de la existencia regresaré. Pulvis es et in puverum reverteris


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viernes, 10 de noviembre de 2017

Intramuros, un espacio de paz interior donde no sobra ni falta una sola palabra

Monjes benedictinos de Poblet. Fuente: losviajeros.com
¿Te imaginas un lugar donde no existan los murmullos, los chismorreos, las habladurías, las quejas, las críticas, las descalificaciones, las salidas de tono, los insultos, o las conversaciones banales e insulsas? ¿Te imaginas un lugar donde no sobre ni falte ni una sola coma ni una sola palabra, y en donde todo aquello que se dice tiene un sentido práctico y un propósito trascendental de mejora personal? Pues por imposible que parezca, ese lugar existe en los Intramuros del Monasterio de Poblet, donde el voto de silencio impera como ley generosa, y donde las personas -de vocación monacal benedictina- solo abren la boca para pronunciar, con sus tiempos y sus pausas marcadas, un número concreto de palabras justas y precisas que emanan de los libros santos. Aunque, para ser precisos, más que leer cantan, convirtiendo el diálogo en una bella y armoniosa conversación a la luz de la métrica musical gregoriana, cuya elegancia, sutileza y amor por los detalles de la ejecución de sus actos nada tiene que envidiar a los admirados ceremoniales japoneses.

Conciencia como aptitud y Presencia como actitud

Así es, en los Intramuros de Poblet no falta ni sobra una sola palabra, pues prácticamente solo se pronuncia vocablo para rezar, estando la persona plenamente focalizada en el sentido e intencionalidad de sus palabras, que más allá de transmitir, decretan. Es pues que la persona se haya en plena conciencia de la palabra a articular (no en vano el Verbo se hizo carne), que transmitida a través de las diversas ondas de frecuencia que permite el canto monofónico gregoriano, ejercen un efecto sanador -racional, emocional y espiritual- tanto para quien la transmite como para aquel que la recibe, y todo ello en el entorno de una bella arquitectura milenaria diseñada maestralmente para la trascendencia del hombre.

Pero toda aptitud de conciencia requiere de una actitud de presencia, pues solo desde el presente se puede ser consciente de algo. Y ese estado ambiental de anclaje continuo en el aquí y el ahora se convierte en categoría de naturaleza en los Intramuros del Monasterio, como realidad antagónica a la sociedad contemporánea consumista-compulsiva de futuros inminentes, mediante la integración de tres dimensiones clave:

1.-El Imperio del Silencio
Que hace de los Intramuros una campana de cristal al vacío de ruido, creando un espacio íntimo de reposo y serenidad para la persona.

2.-El Imperio de las Campanas
Que hace del Silencio oración y reflexión sobre el instante presente, marcando la secuencia de quehaceres en un día de trabajo pautado.

3.-El Imperio de la Naturaleza
Que hace del Silencio y de las Campanas elementos naturales de la vida, alineando nuevamente al hombre con el ritmo sanador de los ciclos de las estaciones.

Paz interior: Silencio, Sencillez y Orden

Es cierto, como reza el refranero español, que el hábito (entiéndase como vestidura) no hace al monje, pero no es menos cierto que un entorno apropiado resulta imprescindible. Puesto que no hay hábito (entiéndase aquí como conducta integrada en el comportamiento de una persona), sin disciplina, ni disciplina sin voluntad, y toda voluntad humana necesita de la ayuda inestimable de un entorno óptimo y adecuado. De hecho, un joven monje leída, a la tenue luz de una pequeña lamparita de atril en la Sala Capitular en penumbra, que según el padre impulsor de la orden benedictina del Císter, San Bernardo de Claraval, uno de los objetivos principales de la vida monacal es hayar la paz interior, para la cual es fundamental llevar una vida sencilla y ordenada. Un mensaje que otro fraile lector subrayaba -desde su púlpito elevado en el Refectorio mientras comíamos en silencio-, invitando a la búsqueda de la paz interior mediante la práctica de la conciencia del momento presente y la simplicidad de la vida como filosofía proclamada por los Monjes del Desierto (anacoretas de los primeros cristianos del siglo IV), cuya influencia y línea de pensamiento de la época es equiparable -aunque nada envidiable- a gurús de la actualidad más comerciales como Eckhart Tolle con “El Poder del Ahora” o Deepak Chopra con “La Paz es el Camino”, entre otras obras.

En un mundo hiperactivo e hiperconectado las 24 horas del día, produciendo un ruido ambiental de fondo (sonoro y de pensamiento) en nuestras vidas cotidianas que enajena al más centrado y crispa al más sereno, la existencia de una realidad paralela a la nuestra en los Intramuros de los monasterios es un lujo por pocos valorado por desconocimiento de causa. Es por ello que entrar en el espacio de los Intramuros puede llegar a producir efectos secundarios como la potencial tentación de no quererse marchar, pues pasado el periodo de mono (síndrome de abstinencia) de la adicción propia a las distracciones varias del estresante mundanal ruido, la vida monacal acaba gustando hasta el punto de no (querer) necesitar nada más que el ambiente ordenado de paz y trascendencia en las pequeñas y sencillas cosas que te ofrece el lugar. Sí, uno tiene la tentación de quedarse, pero como bien apuntó el fraile en el Refectorio: la tentación es el don de la posibilidad, por lo que la pregunta no es tanto si queremos quedarnos en los Intramuros, sino si tenemos la posibilidad de hacerlo (cada cual a examen de conciencia de sus circunstancias personales). Para aquellos que optamos por regresar a los extramuros de donde procedemos, nos llevamos un preciado regalo como herramienta de desarrollo personal en un mundo vertiginoso, muchas veces delirante, en continuo cambio y transformación: para alcanzar una existencia en un estado lo más cercano a la paz interior necesitamos integrar una vida con mayor silencio (para descansar y tener espacio con nosotros mismos), una vida con mayor sencillez y simplicidad (para liberarnos de cargas perturbadoras muchas de ellas autoimpuestas e innecesarias), y una vida lo más ordenada posible (para sentirnos seguros y tranquilos, y rentabilizar nuestro tiempo y energías). A partir de aquí, como reza la máxima benedictina, ora et labora.

Nihil novum sub sole
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lunes, 6 de noviembre de 2017

Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal

Frida Kahlo se inmortalizó en diversos autorretratos
Desde el momento que el hombre como individuo tiene conciencia de su Yo frente al no-Yo (los otros), surge el ego. Pues el ego no es más que la manifestación de la mismidad, de la conciencia de una identidad personal, íntima e intransferible de la existencia continua de la personalidad a lo largo de la vida de un individuo, con independencia de los cambios fisiológicos y psicológicos que se experimenten. Por tanto, se puede afirmar sin rubor alguno que el ego forma parte del instinto básico de identidad y supervivencia del hombre como ser vivo.

Mucho se ha demonizado sobre el ego en estos últimos tiempos por influencia del pensamiento new age de claras reminiscencias orientales, equiparando el ego a una individualismo perjudicial tanto para la persona en sí misma como para su entorno, y hay que remarcar que el ego no es peyorativo per se, ya que no es ni más ni menos que el Yo concebido y reconocido por nuestra propia introspección directa como seres sintientes y racionales. A partir de aquí, cualquier extremo no es bueno. Y a extremos me refiero tanto a un ego hedonista que solo busca satisfacer su felicidad personal por encima de los demás, comportamiento que calificamos como egoísmo e individualismo en sentido negativo, como a un ego que reniega o busca la anulación de su conciencia de identidad personal en pos de participar de una identidad mental colectiva que le trasciende como individuo. El primer extremo del ego está claro que es contrario a los fundamentos de una sociedad humanista, mientras que el segundo extremo del ego puede ir en contra del propio instinto básico que por ser de identidad personal es, a su vez, de supervivencia individual.

De hecho, todo instinto de supervivencia, que en filosofía se conceptualiza como conato, no es solo un esfuerzo del individuo hacia la autoconservación, sino que parafraseando a Spinoza es el esfuerzo de un individuo en perseverar en su ser. Pero no en un ser como manifestación de una entelequia de uno mismo, sino que dicho esfuerzo de perseverancia de la conciencia de un Yo singular va íntimamente unido -y por tanto estructurado- a sus propio mundo emocional, como ya apuntó Aristóteles hace más de dos milenios. Por lo que el ego, como instinto básico de sentido de existencia y supervivencia es por esencia de naturaleza compleja, pues ya sabemos que el universo de las emociones y sentimientos del ser humano viene condicionado por determinismos biológicos (herencia genética), ambientales (entorno de desarrollo) y psicológicos (capacidad personal de descodificar y gestionar la realidad más inmediata), por lo que el concepto de ego -con independencia de ser un instinto- está relacionado tanto con la consciencia como con la cognición.

Sí, el ego es un instinto básico del ser humano, y como instinto posee una finalidad adaptativa, pero además al estar conectado con la conciencia puede ser observado y reculturalizado por ésta. Lo cual no significa que el ego en si mismo -como idea mal preconcebida- sea una cualidad negativa de la persona, sino una característica esencial del individuo como ser cognitivo que reafirma su existencia en el mundo. Es por ello que en estos tiempos en los que impera la filosofía del buenismo y del relativismo, fruto de una mal integrada espiritualidad unificadora bajo el mantra “todos somos uno”, cabe revindicar el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal a la luz del humanismo que prioriza los derechos y cualidades esenciales del ser humano.

Sí, por tanto que tengo ego, yo soy, más allá que mi ego sea una sustancia o una subjetividad de mi consciencia, tratados de filosofía a parte. Y con independencia que junto con mi ego pueda coexistir un alter ego. Puesto que sin ego, ¿qué soy yo?: no más que una gota de agua insustancial en la linea del horizonte del océano. Por lo que desde mi ego, me declaro defensor de mi singularidad frente al mundo (los no-Yo); aunque eso sí, sin soberbia, pero tampoco sin sumisión. Vivo, ergo sum!


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La realidad humana es plástica a cada nueva elección

La realidad creada por el hombre, que difiere de la realidad en sí misma (pues existe independientemente al hombre) y de la realidad observada por el hombre (aquella percibida por el hombre bajo el tamiz de sus determinismos biológicos, ambientales y psicológicos), es de naturaleza plástica. Es decir, que es susceptible de moldearse y, por tanto, de cambiar de forma y contenido, siendo el hombre con sus acciones quien la reconfigura permanentemente.

Las acciones que dan forma y contenido a la realidad creada por el hombre pueden ser, indistintamente, lógicas o ilógicas, conscientes e inconscientes, impulsivas o reflexivas, ordenadas o caóticas, constructivas o destructivas, de ámbito de influencia personal o de ámbito de influencia social, pero en todo caso son el resultado de un efecto a una causa previa (ya sea exógena o endógena). Y este proceso de causalidad viene motivado por el principio de constrastes entre el hombre como individuo o el hombre masa que participa de una mente colectiva, y el resto de hombres a nivel individual o a escala colectiva. El principio de contrastes, como fuente motriz de toda causalidad, no solo pone en relieve la diferencia entre dos parámetros espacio-temporales humanos distintos, sino que forma parte de la naturaleza misma del hombre en su imperiosa necesidad por reafirmar una identidad propia y diferenciada frente al resto (La conciencia de un Yo diferenciado de los Otros: el ego). Una cualidad que, más allá de cualquier discernimiento intelectual, es una manifestación del instinto básico de supervivencia del ser humano en su reivindicación por vivir y defender el derecho a su propia existencia. Y como de conceptos de existencia existen tantos como gustos y colores existen y personas respiran, he aquí el encuentro pacífico (por acomodativo, evitativo o colaborativo) o el desencuentro violento (por competitivo e impositivo) entre realidades creadas por el hombre.

No obstante, si bien son las acciones de los hombres quienes dan forma y contenido a la realidad humana (en una decisión constante y continua frente a las múltiples variables que presenta la vida a cada instante), mediante un proceso de causa-efecto fundamentado sobre el principio de contrastes como manifestación del instinto básico de consciencia existencial individual del ser humano, en medio de ese enjambre de polielecciones de historias posibles que marcan caminos con múltiples variables se puede observar que la realidad creada por el hombre tiene un patrón bien definido: el movimiento pendular. Entendiendo éste movimiento como la acción mecánica de alternar la polaridad de la realidad humana creada. Es decir, de una realidad humana caótica se pasa a una ordenada y, tras un período determinado de tiempo, a la inversa en un proceso de continua rotación. Y así sucede lo mismo con una realidad lógica/ilógica, constructiva/destructiva, pacífica/violenta, etc.

Pero si bien es cierto que la realidad creada por el hombre es de naturaleza plástica, por las acciones de éste, con un comportamiento pendular entre sus opuestos, dicho movimiento de la realidad humana pivota sobre un eje gravitacional impertérrito: la moral. Es pues la moral el punto de posición de referencia en relación a los diferentes polos opuestos en constante expansión y contracción de la realidad humana. Entendiendo la moral como el valor humanista universal que define, por encima de determinismos culturales, qué es el bien y el mal y dónde se sitúa su franja divisoria.

Sí, la realidad del hombre, y con él la realidad del conjunto de la sociedad, es fruto del efecto de sus acciones incluso en el momento anterior al de la causa que lo genera. Y muchas veces el hombre, en su ilusorio libre albedrío, no va sino que sus acciones reactivas le empujan hacia senderos inimaginables donde la realidad ordenada se puede llegar a transmutar en caótica (ya sea a nivel individual o social). Es entonces que es necesario volver la mirada al punto gravitacional de la realidad humana, la moral, para tomar conciencia de las acciones a tomar en un futuro inminente que, como causas de una nueva cadena de efectos, redefinan una mejor y actualizada realidad. El problema, así como la solución, se haya en la siguiente elección.


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sábado, 28 de octubre de 2017

27-10: La Enajenación Colectiva al Poder. Proceso, estado y tipos de alienados

Ayer hacía un caluroso día primaveral, me decía para mi mismo mientras el sol del mediodía entraba por la ventana del tren al paso de un paisaje costero y mediterráneo. Nada resultaba extraño, salvo que ayer era pleno otoño y que el Parlamento de Cataluña estaba proclamando la independencia del resto de España como un Estado soberano propio más. Sentimientos de congoja, desazón y zozobra a parte -no lo voy a negar-, me resulta curioso el observar el nivel de enajenación colectiva al que se ha llegado hasta el punto de generar una crisis política de dimensiones históricas, materia digna para esta pequeña reflexión.

La enajenación no es más que la pérdida, transitoria o permanente, de la Razón. Y como ya he desarrollado en artículos anteriores, de los tres principios fundamentales de la Lógica que caracterizan La Razón, el principal (del que se derivan los otros dos) es el Principio de No Contradicción, del que a su vez se desprende el Principio de Realidad. Así pues, la enajenación, ya sea individual o colectiva, podemos definirla como una patología mental de la idealización de un concepto, un sujeto o una situación. Por lo que toda enajenación solo es perceptible por un observador externo, en tanto que la persona individual o colectiva enajenada en su pensamiento desconoce su estado de enajenación.

De hecho, la enajenación -que propiamente es una terminología de origen jurídico-, en Filosofía se desarrolla bajo el concepto de la alienación y es sinónimo de enfermedad mental para pensadores de la talla de Foucault (filósofo y teórico social francés), caracterización que encuentra sus primeras referencias en el Contrato Social de Rousseau como consecuencia de las contradicciones sociales (aunque este es otro tema). Reflexión que posteriormente desarrollan otros pensadores.

Características de la Alienación Social

Enajenaciones individuales a parte, lo que personalmente me interesa es el proceso y estado de la alienación social que vivimos en estos días políticamente convulsos en Cataluña. Sin intención de escribir ningún tratado, considero que el proceso de la alineación social se produce por dos factores básicos bien definidos:

1.-La falta de pensamiento crítico-reflexivo por parte de la ciudadanía, la cual es proclive a consumir pensamientos paquetizados por terceros, y con mayor predisposición si cabe si éstos conllevan una alta carga emocional (aunque sean contrarios a la Razón). Puesto que nos encontramos en una sociedad de consumo y de confort, y los pensamientos de otros también los consumimos haciéndolos como propios desde la comodidad que representa no tener que hacer el esfuerzo de pensar por nosotros mismos.

Y, 2.-La voluntad de una fuerza alienante ajena, que siempre se impone desde una posición de poder (con mayor o menor manipulación o adoctrinamiento, ya sea express o a fuego lento), de controlar y dirigir la mente colectiva.

Dos factores que en perfecta combinación letal (para el libre albedrío individual) provocan un estado de alienación social definido por las siguientes características sociológicas;

1.-La persona está inmersa en un sistema de pensamiento colectivo que le impide pensar libremente con plenas facultades lógico-críticas.

2.-La persona integra un discurso ajeno que piensa por él, decide por él, define y da sentido a su propia identidad del yo más íntimo en una reafirmación personal dentro de un colectivo, y le impone sus ideales y consecuente escala de valores sociales en nombre de una “buena causa”.

3.-La persona atribuye a la fuerza alienante el poder de dirimir la Verdad sobre la “buena causa” y a establecer la lectura “correcta” de los acontecimientos que se desarrollan en la realidad, por lo que la persona reniega de cualquier interpretación personal de la realidad a favor del “buen discernimiento” de la fuerza alienante. Es decir, la persona evita pensar en la realidad, atribuyendo el valor de la certeza de la misma al relato de la fuerza alienadora.

Diferentes personas tipo enajenadas en estado de Alienación Social

Pero dentro del estado de alienación social, dependiendo del grado de enajenación personal, encontramos diferentes perfiles de personas en un simple análisis de observación del efecto secesionista:

1.-Personas Alienantes
Son aquellas que ostentan la fuerza alienadora y que conscientemente buscan la captación de personas alienadas para el buen desarrollo de su causa, con independencia que a su vez cumplan alguno de los requisitos del resto de personas tipo enajenadas.

2.-Personas Alienadas
Son aquellas que sustituyen la realidad vivida por el argumento, discurso o relato de las personas alienantes.

3.-Personas con Psicosis (que no psicóticas)
Son aquellas personas alienadas que sustituyen la realidad por una fantasía, con la consecuente pérdida temporal o permanente de contacto con la realidad objetiva (Principio de Realidad). Estas personas pueden exhibir cambios de personalidad, cambios de conducta social, etc.

y, 4.-Personas con Delirio
Son aquellas personas alienadas que viven con una profunda convicción de una creencia a pesar de que la evidencia demuestra lo contrario, a las que podríamos catalogar como fundamentalistas de la causa.

Si bien el grupo de las Personas Alienantes son los actores políticos y sociales de primera división, y las Personas Alienadas su círculo orbital más cercano que por intereses económico-políticos se hacen adeptos al nuevo régimen (los nuevos reconvertidos independentistas de generación 2.0), frente a las Personas con Delirio (grupo minoritario que siempre ha existido en el núcleo duro del independentismo republicano catalán, de pesadas mochilas emocionales histórico-familiares a sus espaldas), el grueso de la alienación social está en las Personas con Psicosis que si bien se han creído la idea de la Arcadia épica catalana en sustitución de la realidad -en gran medida por una falta de cultura general, por no denominarlo analfabetismo político, jurídico y económico- son susceptibles de despertar de su estado de alienación o zombificación por medio de la catarsis natural del propio Principio de Realidad, es decir, de la fuerza de la evidencia de los acontecimientos.

Toda alienación colectiva (fruto de la suma de enajenaciones individuales) es negativa, ya que supone la pérdida de las facultades de razonamiento crítico de las personas para convertirse en una mente colmena, tierra de cultivo para cualquier tipo de organización social fuera de la ortodoxia de una Democracia moderna europea. Y si algo caracteriza la Democracia es que está fundamentada por el pensamiento lógico-crítico. No en vano, fueron filósofos, los maestros de la Lógica y de la Razón crítica, quienes la concibieron. Fiat Lux!



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domingo, 22 de octubre de 2017

La Política Independentista es una falacia frente la Política Económica de Mercado

La política ideológica solo es posible cuando no entra en conflicto con la Política Económica, es por ello que el Independentismo, en plena era del Mercado global, nace muerto desde el instante incluso anterior a su concepción. Puesto que la Política de los sistemas democráticos modernos pivota sobre un eje vertebrador: el Estado de Bienestar, el cual es consustancialmente un sistema económico que busca un beneficio social para el conjunto de sus ciudadanos. En otras palabras, la Economía determina al Estado de Bienestar Social y, por ende, a los principios rectores de un buen Gobierno, como diría Aristóteles.

Es por ello que todo postulado político, como el Independentismo, si bien puede plantearse inicialmente como un conjunto de elementos, propiedades, funciones, relaciones y proposiciones ideológicas no demostradas a priori, al final deben someterse a la fuerza de la lógica formal, es decir, a la lógica social aplicada, que debe demostrar la veracidad del postulado inicial. Un examen de juicio de valores y factores donde el determinismo económico, en nuestra era contemporánea, representa una variable clave y esencial para la validez de dicho postulado político. En caso contrario, nos encontraríamos frente a un postulado político ilógico por irrealizable.

¿Se puede considerar, por tanto, buenos gobernantes a aquellos que aún conscientes de que su postulado político no es válido ni veraz en un Estado de Bienestar Social prosiguen en su empeño?. A todas luces, no.

Uno de los grandes errores del postulado político independentista es, justamente, su planteamiento de partida, ya que un determinado postulado es independiente en cualquier rama del saber si no puede demostrarse como consecuencia de los demás. Un axioma que si bien podía tener validez en el siglo XIX, es inconcebible -razones históricas a parte-, en un mercado político-económico común y global interconectado como es el siglo XXI.

Los verificadores de la Razón y el Principio de Realidad

La validación de todo postulado, ya sea político o no, viene dado por el contraste empírico de dos verificadores: la Razón, cuyas reglas define la Lógica y cuya naturaleza se caracteriza por el Principio de No Contradicción (temática que ya desarrollé en el artículo “El dilema filosófico de Cataluña: ¿Quién tiene razón y cómo afrontar la sinrazón?”); y el Principio de Realidad, cuya realidad objetiva con la que construimos una evidencia como sociedad -en este caso política y jurídica- nos permite afirmar que algo es verdadero frente a otras opciones consideradas como falsas (temática que ya desarrollé, a su vez, en el artículo “Cataluña independiente o la gestión de la frustración social ante el principio de la realidad”).

La Ética como acción justa correcta

Sea como fuera, aun siendo el postulado político independentista irrealizable por entrar en confrontación directa con el determinismo económico de un Estado de Bienestar Social, e invalidado por la Lógica de la Razón y el Principio de Realidad en el marco de un Estado de Derecho democrático, ¿podríamos considerarlo como un movimiento socialmente ético?. La respuesta también es nuevamente negativa, ya que la Ética determina cuando una acción es correcta y cuando no lo es. Y el postulado independentista, tanto desde un punto de vista político, como jurídico y social es incorrecto, tal y como ya desarrollé en el artículo “La Ética de la legitimidad democrática del Gobierno catalán no es correcta ni aplicable”.

Apología al empobrecimiento económico

Así pues, si en una sociedad compleja como la actual no existen políticas ideológicas posibles sino políticas económicas viables -sobre la premisa que cualquier sociedad moderna no desea renunciar a los beneficios de los derechos sociales que garantizan el buen desarrollo de la vida de sus ciudadanos a título individual-, toda política, como el Independentismo, que vaya en sentido contrario solo puede considerarse como antisistema. No obstante, es cierto que el actual sistema económico y social de mercado, que configura las Democracias modernas, es altamente susceptible de grandes mejoras aun por desarrollar, pero no es menos cierto que aun con sus defectos representa el mejor de los sistemas de organización socio-política desarrollado por el ser humano a lo largo de la Historia. Por lo que cualquier posición antisistema no es solo irresponsable, sino retrógrada y moralmente censurable a nivel social. (Temática que ya desarrollé de manera más amplia en el artículo “Pulso de la república catalana: cuando la política abandona la economía”).

La apología al empobrecimiento social en favor de un sentimiento identitario nacional (más o menos ficticio), del que triste y pasmadamente estamos siendo espectadores en múltiples escenarios independentistas con formato de cabaret de salón (que posteriormente se promocionan a través de vídeos en las redes sociales), más allá de ser fruto ya no de un analfabetismo cultural grave sino de una patología antidemocrática preocupante, aun sin ser una figura contemplada en nuestro ordenamiento jurídico debería ser objeto de penalización económica. A aquellos políticos, agentes sociales y ciudadanos que activamente han sido actores o colaboradores necesarios en el actual empobrecimiento real, con indudables efectos a futuro, de la economía productiva y del mercado laboral catalán deberían rendir cuentas de responsabilidad civil al conjunto de la sociedad catalana y del resto de España. Que la irresponsabilidad enajenada de unos en detrimento del Bienestar Social de todos, estado sacrosanto de una Democracia moderna, no quede impune. Y que el delirio romántico de Independencia por parte de una comunidad de cualquier Estado democrático en un mercado económico-político moderno común, como es la zona euro del siglo XXI, quede relegado al lugar natural que le corresponde: los libros de historia, engrosando así el temario destinado a otros tantos sistemas de organización política fallidos de la humanidad. Pues no hay más política factible, desde el ejercicio de la Ética Política del Bien Común, que la que se ajusta a la Razón y al Principio de Realidad del conjunto de la sociedad democrática en un sistema económico de Mercado.

En resumidas cuentas: El postulado político de la independencia, en plena Cuarta Era de la Revolución Industrial, es una falacia. Se puede decir más alto, pero no más claro. Fiat Lux!



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jueves, 12 de octubre de 2017

Diálogo, el nuevo eufemismo de la negociación catalana y su solución Harvardiana

Si algún término está cogiendo relevancia en el desarrollo de los acontecimientos de la crisis institucional española como efecto de la República Independiente de Cataluña declarada y autosuspendida, es justamente el diálogo. Un llamamiento al diálogo entre el Gobierno de España y el Govern de la Generalitat de Cataluña que se reclama tanto desde dentro como fuera del territorio español. No obstante, si bien el diálogo es conceptualmente un intercambio de información y conocimiento entre dos o más partes, el significado de diálogo tanto para el ámbito social como para las instituciones internacionales no es otro que el de la búsqueda de una solución al problema. Significado que, en cambio, difiere sustancialmente en el ámbito político donde diálogo no es más que un eufemismo de negociación política. Y aquí ya la acción ejecutiva de diálogo se complica un poco más, pues no es lo mismo mantener un diálogo amable, tensado o agresivo, que tener que negociar sobre algo.

Diálgo como diálogo

Desde la perspectiva básica de diálogo como acción de encuentro de dos partes para hallar una solución a un problema común, cabe apuntar que existen dos principios fundamentales del diálogo en general y político en particular que son altamente relevantes:

1.-En primer lugar, la definción del tema a dialogar.
Un punto nada baladí en el caso que nos ocupa del conflicto entre Gobierno Central y Generalitat de Cataluña, ya que la premisa de dialogar sobre un posible proceso de independencia de Cataluña del resto de España es un escollo, a día de hoy, insalvable para las partes. Para la una, porque no tiene competencias constitucionales para poder asumir el papel de interlocutor válido (Gobierno Central); y para la otra, porque no desea renunciar a su firme voluntad de convertirse en un Estado propio (Generalitat de Cataluña). Como decía el expresidente español, Adolfo Suárez: “El diálogo es, sin duda, el instrumento válido para todo acuerdo, pero en él hay una regla de oro que no se puede conculcar: no se debe pedir ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar porque, en esa entrega, se juega la propia existencia de los interlocutores”. Un punto muerto de desencuentro que tan solo puede desbloquearse mediante la búsqueda de la definición de un tema alternativo para el diálogo político.

2.-Y en segundo lugar, la definición de los interlocutores y los procedimientos válidos para dialogar
Ya que si mucho se ha mencionado en los últimos días de la mediación de terceros, en cualquier Estado moderno europeo el diálogo político es el mecanismo básico de la Democracia Parlamentaria, la cual determina cuáles son los interlocutores emanados por normativa del poder del pueblo, que es soberano, y los procedimientos reglados para la validación de dicho diálogo político en un sistema parlamentario (lo que comporta establecer el diálogo dentro del marco de la Ley). Cualquier tipo de fórmula alternativa más o menos creativa de diálogo político sobre la base expuesta, al final deberá someterse a la ortodoxia de ésta dentro de un Estado de Derecho democrático. De ahí la relevancia del requerimiento del Gobierno Central a la Generalitat de Cataluña de que regrese al escenario normativo constitucional, pues fuera de él todo diálogo político y sus posibles interlocutores tienen la misma validez que una tertulia de barra de bar.

Diálogo como negociación

Mientras que desde la perspectiva del diálogo político, ya desde un planteamiento realista y pragmático, es decir, como negociación entre dos posturas políticas ya no diferentes, sino incluso antagónicas, es de suma importancia saber definir el modelo adecuado de negociación. Y aquí debemos remitirnos a la metodología de negociación y gestión de conflictos avalada internacionalmente como es el modelo de Harvard (ampliamente conocido en el ámbito del management). Un estilo de negociación no competitivo, sino de carácter colaborativo (win to win), que otorga un alto nivel de importancia tanto a la relación entre las partes, como al resultado que se obtiene de la negociación, y que se basa en siete principios rectores:

1.-Principio de Alternativa
Es la posibilidad de efectuar una negociación diferente a la que se plantea realizar, lo que solventaría el problema de la definición del tema a dialogar que hemos expuesto con anterioridad.

2.-Principio de Intereses
Representa ir más allá de la exploración de la negociación, lo que significa entender las motivaciones reales del interlocutor. Una clara asignatura pendiente del Estado por dejación de funciones tutelarias en su implicación socio-política con respecto a la realidad social catalana en los últimos años (Como español-catalán, doy fe).

3.-Principio de Opciones
Tras comprender y entender los intereses reales del interlocutor (¿cuál es la motivación verdadera?), cabe formularse opciones que sean de mutuo beneficio para las partes.

4.-Principio de Legitimidad
La legitimidad no solo tiene que ser procedimental, e incluso legal (que se da por hecho), sino que las soluciones que se planteen deben pasar por la evaluación de saber si son legítimas socialmente, puesto que el problema de desafección de una importante parte de la población catalana con el Estado es de carácter político-social. Si la solución es legítima legalmente, pero no para la percepción social, no vamos a ninguna parte.

5.-Principio de Relación
La relación es un factor clave que siempre está en constante riesgo en toda negociación, por lo que se requiere no solo de una especial atención por ambas partes, sino también del cuidado de manera importante de los gestos y las formas durante todo el proceso del diálogo político. Un gesto vale más que mil palabras.

6.-Principio de Compromiso
La toma de posición de un compromiso real y firme por parte de las partes para la viabilidad y seguridad del acuerdo alcanzado es fundamental para el éxito futuro de la negociación. El compromiso no solo debe ser real, sino también creíble y viable a escala social.

Y, 7.-Principio de Comunicación
No solo hay que creerse buenos comunicadores en una negociación, sino que se debe verificar la efectividad de dicha comunicación tanto con los interlocutores, como con el resto de la ciudadanía, ya que todo diálogo político tiene una clara dimensión social, y aún más si cabe en el caso concreto del conflicto secesionista catalán.

Una vez vista la propuesta del modelo harvardiano como apunte de negociación colaborativa (pues en las democracias del siglo XXI la imposición tiene las patas cortas), en el imprescindible diálogo político de Estado que requiere la situación debe pedirse a nuestros políticos que afronten toda negociación con altura de miras y con la consciente capacidad de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene (como diría Churchill), para el bien del conjunto de la sociedad. Un diálogo político que solo va ha ser factible, en la actual encrucijada histórica por la que pasa nuestra Democracia, a la luz de un actualizado espíritu de concordia del 78. Si el hombre es un animal político, como decía el maestro Aristóteles, y la política es el arte de hacer posible lo necesario, como apuntaba el filósofo germano Leibniz, la solución al conflicto catalán que está generando fractura social y desestabilidad económica está (tengamos fe) asegurada. Fiat Lux!

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