sábado, 31 de diciembre de 2016

La raíz de los males de toda relación radica en la mala salud emocional de las personas

Muchas veces, demasiadas, me sorprendo de la facilidad que tenemos las personas por complicarnos la vida, generando situaciones de tensiones e incluso violencia que rompen la armonía en las relaciones entre padres e hijos, entre parejas, entre familiares varios, entre amigos, entre compañeros de trabajo o entre personas aparentemente desconocidas entre sí, incluyendo las relaciones entre países. Y en todos lo casos, sin excepción, podemos encontrar un patrón de conducta común: la falta del buen juicio.

El buen juicio, contrariamente, hace referencia a aquellos actos que las personas llevamos a cabo de manera lógica, razonable, sensata y con cordura, y que caracterizan nuestra toma de decisiones diarias por no ser impulsivas, apresuradas, disparatadas o alocadas, lo cual requiere de una buena salud emocional. Es decir, que el mal juicio, que nos lleva a tomar malas decisiones que siempre acarrean algún tipo de sufrimiento en diferente grado entre las partes implicadas, es un efecto directo de la mala salud emocional de las personas (patologías psiquiátricas, a parte).

Sí, lo cierto es que vivimos en una sociedad donde la inmensa mayoría de las personas sufren algún tipo de desequilibrio emocional (solo tenemos que mirar a nuestro alrededor más inmediato). Pero la parte positiva es que la buena salud emocional no es un rasgo genético, sino un hábito de conducta que se adquiere mediante el aprendizaje de la gestión de las emociones, que sin duda debe ir acompañado en la formación y refuerzo de unos valores sociales positivos (Una potestad hoy en día cedida a la televisión, aunque este es tema de otra reflexión).

¡Cuántos dolores de cabeza y sufrimientos innecesarios nos evitaríamos si aprendiéramos a gestionar nuestras emociones! Seguro que el mundo sería un lugar mucho más armonioso. Para ello, en una sociedad compleja y en continuo cambio y transformación como la actual, resulta imperante la necesidad de incluir la materia de la gestión emocional en nuestro sistema educativo desde las primeras edades de escolarización, pues resulta tan trascendente para la calidad de vida de cualquier persona como la habilidad de saber leer y escribir.

Gestionar adecuadamente las emociones no es más que gestionar nuestro mundo emocional con inteligencia, pues de ello depende cómo nos comportamos con nosotros mismos y frente a la realidad más inmediata que nos relacionamos (los otros), cuyo efecto directo determina nuestra vida (relación de causa-efecto). Un asunto que, a todas luces, no es baladí. Y que el conocimiento de la Inteligencia Emocional y el Desarrollo Competencial ya desarrollan formalmente -en nuestra cultura de tradición cartesiana- desde la segunda mitad del siglo pasado, por lo que no se trata ni de diseñar una materia desde cero (para descanso del colectivo docente), ni de adaptar conocimientos milenarios orientales de control de la mente (para tranquilidad de los antiespiritualistas), aunque en este punto ya existen cátedras de mindfulness que beben de la filosofía budista.

La Inteligencia Emocional, en definitiva, no es más (ni menos) que la capacidad que tiene una persona de manejar, entender, seleccionar y controlar sus emociones (he aquí el verdadero libre albedrío) y la de los demás con eficiencia, generando así resultados positivos para su propia vida y la de su entorno. Una habilidad que se puede aprender e integrar como una capacidad más en nuestra vida diaria, facilitando que la persona viva en un estado de buena salud emocional, lo que le asegura la toma de decisiones en la cotidianidad de su vida a la luz del buen juicio. Algo que todos, sin excepción, agradeceremos.

Frente a los estallidos irracionales de sentimientos desbocados -todos ellos derivados de las emociones primaras de la tristeza, la rabia y el miedo-, solo cabe la reeducación emocional. Si ante la mala salud física ponemos remedios para sanarnos, ¿cómo no vamos a hacer lo mismo ante la mala salud emocional? Y más cuando nuestros sentimientos y emociones determinan el 99´9% de las decisiones que tomamos en nuestro día a día.

En un mundo donde se exalta el culto a la mente (inteligencia) y al cuerpo (salud física), es hora que socialicemos el culto a las emociones (salud emocional). Pues si bien es cierto el refrán romano que reza mens sana in corpore sano, no hay mente sana sin emociones sanas.

Mientras tanto, frente a contextos emocionalmente insalubres, no hay mejor receta que la higiene ambiental, es decir: cuánto más lejos, mejor.


Enlaces relacionados:


Nota 1: Para aquellos que quieran profundizar en el Desarrollo Competencial, recomiendo acceder a la web de “Las Fórmulas de la Vida”.
El Desarrollo Competencial trabaja aquellas características subyacentes que están relacionadas con una actuación de éxito en el trabajo (y la vida en general), lo que abarca aspectos de gestión claves como es: la gestión del Talento, la Inteligencia Emocional, el Engagement, la Motivación, la Creatividad, la gestión del Fracaso, el Pensamiento Computacional, la Felicidad, el Pensamiento Positivo, la Autoestima, etc. Materias todas ellas que conceptualizo como unidades de conocimiento individual, como si se tratasen de piezas de lego, lo que permite configurar a medida cualquier estructura didáctica en materia de Desarrollo Competencial.


Nota 2: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano