martes, 29 de diciembre de 2015

Hoy camino con el paso del ritmo del futuro abierto

El futuro se inerva con decenas de filamentos imperceptibles, para ojos ciegos, del destino que vamos dando forma al ritmo de nuestro propio paso por la vida. Sin más certeza en nuestras vidas que aquel fino trazo invisiblemente luminoso que misteriosamente nos sostiene entre la vida y la muerte, en un universo sobresaturado en medio de la nada.

Pero el futuro también tiene sus propios ritmos, al igual que el oleaje del mar, o el respirar de los seres vivos. Si todo en la vida de este universo conocido está en continuo movimiento, no uniforme y rectilíneo, sino con una marcada oscilación pendular debido a la dualidad de todas las cosas que conforman la naturaleza: nacimiento-muerte, fío-calor, día-noche, tristeza-alegría, inspiración-expiración, positivo-negativo, éxito-fracaso, en un claro contrapeso de opuestos sobre la naturaleza polarizada de cualquier realidad existente que forma parte inherente del movimiento en la vida, ¿por qué va a ser diferente el futuro?.

A veces el ritmo del futuro se estanca, siendo entonces que nos sentimos atrapados en medio de una circunstancia que, sin saber cómo salir de ella -como protagonistas de un gif animado-, convierte nuestras vidas en un bucle de un continuo hoy prácticamente inalterable, donde presente y pasado se confunden.

A veces el ritmo del futuro se proyecta con fuerza hacia adelante, más allá de nuestro limitado campo de visión, pudiendo intuir un horizonte hacia el cual nos vemos lanzados como flecha que busca alcanzar su objetivo, donde la esencia del presente se desvive y transforma a cada nuevo suspiro en un futuro continuo.

A veces, en cambio, el ritmo del futuro no se encuentra ni estancado ni proyectado, tan solo abierto al devenir de los acontecimientos, siendo entonces que las hebras del destino personal se conforman día a día, al paso de un presente sin más expectativas que aceptar la impermanencia e inconsistencia de la propia realidad, que no es más (ni menos) que cooperar incondicionalmente con lo inevitable.

Un futuro de ritmos diferentes, según nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo referenciado en cada momento de nuestra historia personal, que se alternan en el movimiento pendular de nuestra propia existencia, como ciclos vitales necesarios que nos permiten madurar en el tránsito de una a otra etapa de la vida, de manera tan natural como pueda ser el devenir sinfín de las estaciones.

Un futuro de ritmos diferentes, cada uno con su peculiar naturaleza propia, para diferentes momentos de la vida de una persona. Un futuro de ritmos diferentes que se alternan entre sí de manera discontinua, y sin otro patrón de comportamiento discernible más allá del que pueda sustraerse del proceso evolutivo de madurez personal de cada ser humano. Un futuro de ritmos diferentes que, al depender de nuestro nivel de aprendizaje y crecimiento personal con la vida, nos sitúa en posiciones espacio-temporales diversas a lo largo de nuestra existencia con respecto al mundo y la realidad más inmediata que nos rodea.

Pero solo cuando el ritmo del futuro nos es abierto, contrariamente a presentarse como estancado o proyectado, es cuando las posibilidades de futuros posibles se multiplican en nuestra vida. Pues es entonces que los filamentos de nuestro destino personal -que se regenera mediante nuevas hebras día a día- tienen la actitud activa de interconectarse poliédricamente con los innumerables puntos de referencia que conforman la vida en su dimensión más diversa y vasta. Una actitud que no solo nos conecta con la riqueza de la vida, sino que nos permite iluminar y disfrutar de la textura de la intensidad de los momentos presentes que manifiesta la vida a nuestro paso.

Hoy camino por la calle, un día primaveral cualquiera de un inusual diciembre de fin de año, con un futuro de ritmo abierto, abierto a las múltiples posibilidades que puede ofrecerme la vida. Sin más expectativa que disfrutar de este futuro sereno, consciente que en mi caminar me desprendo continua e irremediablemente de mi presente, que ya es pasado.

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Recopilación de artículos:


viernes, 25 de diciembre de 2015

Hoy, día de Navidad, celebramos nuestra eterna lucha del bien sobre el mal

Hoy es Navidad, y más allá de celebrar el nacimiento de Jesús, el mesías cristiano, se celebra la victoria del bien sobre el mal. Y así ha sido a lo largo de la humanidad, pues antes de Jesús nació el 25 de diciembre Horus, el dios egipcio (3.000 a.C.), seguido de Zarathrustra, el dios persa (1.000 a.C.); Krishna, el dios indio (900 a.C.); Heracles, el dios egipcio (800 a.C.); Mithra, el dios persa (600 a.C.); Buda, el dio budista nacido en Nepal (563 a.C.); Dionisio, el dios “Salvador” griego (500 a.C.); Tammuz, el dios babilónico (400 a.C.); Adonis, el dios fenicio (200 a.C.); y Hermes, el dios mensajero griego (200 a.C.). Prácticamente todos ellos con un denominador común: nacieron un 25 de diciembre en un pesebre anunciados por una estrella, fueron visitados por hombres sabios (Reyes Magos) con costosos regalos, transformaron agua en vino o multiplicaron los panes, sanaron enfermos y caminaron sobre las aguas, realizaron procesiones triunfales en burro, resucitaron entre los muertos y ascendieron a los cielos. Diferentes culturas, con una misma raíz mitológica, y un mismo mensaje de esperanza, salvación y redención para el ser humano basado en una actitud de hacer el bien con uno mismo y ante los demás.

Sí señores, así es, la lucha entre el bien y el mal es una constante eterna en nuestra condición humana. Y celebrar la victoria del bien sobre el mal, en fechas tan señaladas para el mundo occidental como es el día de Navidad, no es más que una clara intencionalidad de intentar trascendernos sobre nuestra propia condición de seres con una clara naturaleza mitad oscura, por no decir malvada. ¿Quién acaso no ha hecho daño a otras personas, de manera consciente o inconsciente, por activa o pasiva, a lo largo de su corta o larga vida? Quién esté libre de mal, que tiré la primera piedra.

El bien y el mal coexisten de manera tan indisociable en la condición humana como hablar del día y la noche, las cuales no pueden existir la una sin la otra. Por lo que nunca podrá ganar la una sobre la otra, seamos realistas. Tanto el bien como el mal, en la historia de la humanidad, pueden ganar batallas, pero nunca la guerra, pues ambas forman parte de una misma naturaleza alternante, impermanente y en continuo cambio y transformación: el ser humano. Tanto es así que igual que al centauro no se le puede exigir que sea totalmente hombre o totalmente animal, las personas no pueden ser totalmente buenas o malas. Por injusto que nos pueda parecer el mundo fruto de las acciones –muchas de ellas aberrantes- que firma de puño, letra y sangre el propio ser humano.

Llegados a este punto, ¿podemos decir en días tan señalados de exaltación del amor y del bien supremo como es la Navidad, y a las noticias de injusticia humana de rabiosa actualidad en el mundo entero me remito, que el hombre y la mujer son seres imperfectos al albergar la semilla del mal dentro de sí mismos? Ante los ojos de los arquetipos divinos que adoramos en estas fechas, sea cual sea nuestro credo y lugar de nacimiento, seguramente, sino no nos harían falta sus enseñanzas. Pero, en un universo polarizado como el que nos ha tocado vivir, ¿qué es la perfección? ¿La ausencia del mal, y con ella el dolor, la tristeza y el sentimiento (siempre cultural) de injusticia? Podría ser, pero entonces ya no hablaríamos de seres humanos, sino de otro tipo de ser de naturaleza diferente. Hablar de seres humanos perfectos en su bondad es como hacer alusión a un océano sin oleaje, a un día sin noche, a un clima sin tempestades, o a una vida de éxitos sin fracasos, y por tanto sin dolor. Algo que no existe en la arquitectura cosmológica de nuestro mundo.

No obstante, por encima de la cualidad del hombre y la mujer como seres mitad buenos, mitad malos, está la consciencia, la cual puede hacer imponer una de las dos tendencias de nuestra propia naturaleza en el quehacer de la vida diaria . Pero no hay consciencia que tome el control sobre las riendas de nuestra doble naturaleza, sin trabajo interior. Alimentar la luz, o desencadenar las sombras que forman parte de nuestra esencia como seres humanos es un trabajo individual e intransferible. Llamémosle ser buenas personas, tener autocontrol, gestionar las emociones o como nos plazca. El trabajo personal sobre uno mismo, que afecta de manera directa en cómo nos comportamos ante el resto del mundo –comenzando por los más allegados-, es una actitud que lleva al hábito, pero no hay hábito sin práctica, ni práctica sin disciplina interior.

Lo relevante es que, si paramos atención, podemos observar nuestros pensamientos, los cuales siempre llevan consigo su carga correspondiente de sentimientos hacia aquello que nos focalizamos. Y eso que justamente observa lo que pensamos y sentimos, es nuestra consciencia. A partir de  aquí, si podemos observar, podemos actuar interiormente en modificar ese pensamiento y sentimiento observado que alimenta nuestra mitad oscura del alma.

Así pues, no podremos cambiar nuestra dualidad como seres de luz y oscuridad, pues forma parte de nuestra (imperfecta?) condición humana, pero sí tenemos la plena responsabilidad con nosotros mismos y frente el mundo sobre cuál de ellas decidimos alimentar y engrandecer.

Felices fiestas y una vida digna en paz y prosperidad para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Que la fuerza, de la Luz y el Amor, nos acompañe.

jueves, 24 de diciembre de 2015

España se reformula entre votantes activos y pasivos, la nueva y la vieja democracia

Si algo definía al panorama político español previo a la crisis, es que el rasgo de una España dividida entre derechas e izquierdas se había convertido en una máxima histórica desdibujada por las políticas económicas tan similares llevadas a cabo por los dos partidos que han gobernado el país hasta la fecha de manera alterna, pp y psoe, hasta el punto que ya comenzaban a considerarse a ojos de los votantes como una sola opción política denominada “ppsoe”. Una circunstancia provocada en gran medida por la progresiva cesión de soberanía nacional a favor del aparato político centralista de la Unión Europea, y agudizado en última instancia por el férreo control económico y comercial impuesto por los tecnócratas de Bruselas (bajo premisas neoliberales, no lo olvidemos).

Una España de izquierdas y derechas desdibujadas que, en menos de una década y a causa de las desigualdades sociales emergidas a causa (aprovechada) de la actual crisis socioeconómica, se ha llegado a conceptualizar epidérmicamente entre el conjunto de la ciudadanía como una España dividida en dos clases sociales: los de arriba y los de abajo. Lo que ha permitido la irrupción, en medio de un panorama político enajenado al sufrimiento de una clase social media que se ha visto velozmente aniquilada, de nuevas formaciones políticas surgidas desde la movilización ciudadana. 

Pues si la crisis algo nos ha hecho despertar de la realidad, tras el pinchazo de la burbuja del Estado del Bienestar, es que en nuestra joven y manipulada democracia existen ciudadanos de primera y de tercera, y que el principio de igualdad de oportunidades y el derecho a una vida digna solo es apto para ricos y familias aposentadas en el stablishment de las instituciones del Estado (lo cual choca de manera directa contra el espíritu y los principios esenciales de nuestra constitución)

Un panorama político que nos ha conducido a las recientes pasadas elecciones generales del 20D, donde sin duda observamos gratamente que el nivel de madurez de nuestra democracia ha dado un pequeño salto cualitativo (forzado por exigencia ciudadana), no solo por la pluralidad de opciones políticas que irrumpen en el escenario parlamentario, sino por el avance en materia de exposición y debate de programas ideológicos a lo largo de la campaña electoral, o por la idea generalizada a minuto uno del cierre de urnas de reformar la actual ley electoral a favor de una circunscripción única donde un ciudadano es igual a un voto, por poner un par de ejemplos.

Pero si algo deseo subrayar, como objetivo principal de este artículo, es que nuestro país tras el 20D, más allá de definirse por estar dividido entre derechas e izquierdas, o entre votantes de los de arriba y los de abajo, está dividido entre votantes activos y votantes pasivos. Me explico. Los partidos emergentes, al surgir de los movimientos sociales, han propiciado de manera idiosincrásica la participación activa de sus simpatizantes, no solo en la movilización de actos electorales, sino incluso en el debate y elaboración de todos y cada uno de los puntos programáticos que tienen la voluntad de convertirse en futuras leyes que produzcan un cambio en el país. Mientras que los partidos tradicionales se han limitado, por inercia histórica, a elaborar sus programas electorales en despachos cerrados, sin dejar participar a su electorado potencial más allá de las tendencias recogidas en los sondeos de mercado. En definitiva, aquí vemos una clara confrontación entre la cultura de la democracia directa y real (donde el ciudadano es protagonista y partícipe activo), frente a la democracia representativa (todo para el pueblo, pero sin el pueblo).

Asimismo, otra de las características que se pueden extraer tras las elecciones del 20D, es que los votantes activos se sienten identificados y más cómodos con un discurso intelectual, en el que se ahonda en los argumentos políticos que afectan la vida cotidiana de las personas. Mientras que los votantes pasivos se sienten atraídos por mensajes más emocionales, donde la exaltación de un sentimiento identitario común enfrentado a terceros tiene un peso relevante en su elección del voto en detrimento del resto del programa electoral, que suele ser de baja intensidad política (propio de exaltación de banderas, como en las consignas: “Yo soy español”, -como si los demás no lo fuéramos, y solo por gritar nuestra españolidad (multiterritorial) se solucionasen todos los problemas-). En este sentido, y según las estadísticas, el votante activo es mayoritariamente joven y preparado (propio de una España ilustrada), mientras que el votante pasivo es mayoritariamente mayor, con una media de edad superior a los 50 años, y vinculado al mundo rural.

En este nuevo contexto de un país dividido entre votantes activos y votantes pasivos, está claro que, bajo parámetros de evolución natural de la pirámide poblacional, España se encamina hacia una democracia más exigente y crítica, y por tanto más madura. Dejamos atrás la era del votante dócil y ciego frente a la gestión de sus gobernantes (campo de cultivo para la corrupción y la impunidad política), y entramos en una nueva era donde el votante, con plena consciencia de ciudadano con plenos derechos y poderes democráticos, exige participación activa y control en la gestión política que afecta de manera directa su vida.

Así pues, lo queramos o no, todo apunta a que nos encontramos en una segunda, renovada y mejor versión de transición democrática. A partir de aquí, ahora solo cabe afrontar los nuevos e inminentes retos que nos depara una democracia española más madura. Si sabemos estar o no a la altura de las circunstancias, el tiempo lo dirá...


Scientia liberates

domingo, 20 de diciembre de 2015

Hasta lo más importante no es importante cuando lo que realmente importa requiere de tu atención

Hasta lo más importante no es importante cuando lo que realmente importa requiere de tu atención, me he dicho a mí mismo esta mañana cuando estaba en la cocina preparando la comida.

No, no señor, no se trata de un juego de palabras. Se trata de aceptar la realidad tal y como es y nos viene, ya que lo contrario ante una posible expectativa no realizada de cómo nos hemos imaginado que sería una situación y como sucede finalmente, por cotidiana y mundana que sea, no es más que alimentar la frustración. Y ya sabemos que la frustración, que nos apega a un pasado que no fue, es el virus que ataca ferozmente la autoestima en dosis alternas y complementarias de rabia y autocompasión.

Si no aceptamos el momento que vivimos, nos guste más o menos, la vida en continuo y eterno presente pasa de largo a nuestro alrededor mientras quedamos retenidos en un pasado frustrado que no existe. Por ello es tan importante la aceptación, porque no solo nos permite vivir y disfrutar de los instantes que tenemos en cada momento de este presente, sino porque tan solo viviendo desde este presente podemos reinventarnos hacia un futuro mejor.

Y no nos equivoquemos, aceptación no es sumisión, pues la sumisión conlleva implícitamente un espíritu de derrotismo. La diferencia es una cuestión de actitud frente al punto de partida de la historia en la que nos encontremos: la actitud de rendirse del que se siente sumiso a un fracaso, o la actitud de retomar fuerzas y volver a luchar por ganar nuestra particular batalla desde la aceptación de lo que tenemos y somos.

No hay aceptación sin desapego de aquello que fue o pudo ser y ya no es, ni reinvención de nosotros mismos y de nuestras circunstancias sin aceptación de donde estamos. Una aceptación que nos permite vislumbrar, en medio de nuestro nublado campo de visión, que aquello que creíamos tan importante y que se nos ha frustrado por el camino, deja de ser importante al formar parte de un pasado ya inexistente, por reciente que sea.

Y es justamente esa aceptación, la que nos ilumina como un poderoso foco sobre aquello que realmente importa en nuestras vidas en este justo momento presente, y a lo único a lo que merece y debemos prestarle nuestra atención. Pues al aceptar lo que transcurre en nuestra vida vivimos el presente, y solo viviendo en el presente podemos ser conscientes de lo que realmente tiene importancia en nuestra vida.

Quizás la aceptación del momento presente sea una cualidad que se gana con la edad, cuando mente y corazón dejan de vascular entre el ayer y el mañana como barco zarandeado entre agitadas olas en alta mar. Y es ahí, navegando en la inmensidad de un mar sereno, que la visión de nuestra consciencia se expande para poder ver, más allá de aquello que creemos más importante, lo que realmente importa.

Sea como fuere, si algo parece verdad, es que el estado de la mar por la que navegamos en la vida no deja de ser un reflejo del grado de importancia y atención que nos concedemos a nosotros mismos. A mayor importancia autoconcedida, menor consciencia de lo que realmente importa.

Artículo relacionado:
-Aceptación no es sumisión, es afianzarte en tu Autoridad Interna

jueves, 17 de diciembre de 2015

Vivimos en una sociedad de mantequilla indolora, y por tanto insensible a las injusticias

Recuerdo con cierta ternura, en mi joven época de estudiante, que solía ir a casa de un viejo filósofo con el que tertuliaba sobre temas tan trascendentales como profundamente humanos de los misterios de la vida al calor de una infusión. El viejo filósofo, que me trataba con la indulgencia de un sabio al contemplar la osadía de un joven que ya entonces fumaba en pipa y que se había atrevido a escribir una obra sobre Nietzsche –creo que entonces tenía 19 años-, destacaba en su pensamiento filosófico por afirmar que la sociedad contemporánea se distinguía del resto de sociedades habidas a lo largo de la historia de la humanidad por ser una sociedad sin dolor. Pero no porque el dolor, como entidad en sí misma, hubiera desaparecido de la faz de la Tierra, sino porque lo habíamos extinguido de nuestras sociedades occidentales de manera artificial en un acto reflejo por evitar el miedo que nos supone el sufrir dolor alguno en nuestras propias carnes como seres conscientes. Tanto es así que frente a una enfermedad, lo primero que hacemos es tratar el dolor y, a posteriori, tratamos la enfermedad. E incluso evitamos el dolor en procesos tan naturales de la vida misma como es a la hora de un parto o incluso a la hora de afrontar la propia muerte.

Sí, nuestra sociedad evita el dolor a toda costa y en cualquier circunstancia de la vida cotidiana de las personas, solo tenemos que dar una ojeada a nuestro entorno más inmediato. En contraposición, exaltamos todo aquello que nos haga sentir alegría, placer, bienestar, euforia, deleite o felicidad. En este sentido, podemos decir que nuestra sociedad es hedonista, pues buscamos satisfacer nuestros deseos de manera inmediata y prolongada en el tiempo (quizás por ello la era tecnológica que nos permite refugiarnos en mundos virtuales “no reales” tiene tanto éxito, aunque este es tema para otro artículo).

Esta característica cultural de nuestra sociedad de rehusar el dolor, que se nos implanta en el subconsciente incluso en el momento anterior a nuestro nacimiento, hace que siempre miremos hacia otro lado frente a situaciones incómodas que violentan y comprometen nuestra consciencia como seres humanos. Un acto reflejo que nos convierte en seres insensibles ante las injusticias sociales del mundo, pues estas conllevan de manera intrínseca el reflejo de un dolor ajeno que deseamos evitar.  

La consecuencia directa de una sociedad indolora, no es tan solo que es una sociedad insensible a las injusticias, sino que retrata sociedades fácilmente dóciles y manejables –justamente por el miedo a sufrir dolor-, lo que las distingue por ser de espíritu débil, tan dúctiles como pueda ser moldear la mantequilla. Y justamente ese espíritu colectivo de mantequilla como sociedad se traslada y manifiesta, de manera inevitable, en los espíritus de mantequilla de prácticamente todos y cada uno de sus ciudadanos a título individual. Así pues, ¿cómo vamos a luchar contra las injusticias sociales, por muy próximas que las vivamos, si estamos insensibilizados al dolor propio y ajeno y nuestros espíritus son dúctiles como la mantequilla?

Además, y por si fuera de poco rubor, si algo nos distingue en las sociedades indoloras del bienestar, como ciudadanos con espíritu de mantequilla, es que exigimos muchos derechos pero sin la contrapartida de obligaciones alguna por nuestra parte -con la nula efectividad de un niño que tiene una rabieta porque no quiere levantarse del sofá en busca de un vaso de agua ante la negativa de su madre-, pues no hay espíritu de mantequilla que no se derrita y autoderrote frente a un mínimo esfuerzo.  

La parte positiva de la situación es que una sociedad indolora –al contrario de lo podemos creer-no es incompatible con una sociedad sensible, pues es justamente el conocimiento de las injusticias humanas en un mundo globalizado lo que despierta la sensibilidad y la consciencia por la justicia social. En otras palabras: no hay acción transformadora del mundo sin sensibilidad, ni sensibilidad sin conciencia, ni conciencia sin conocimiento.  Por lo que una buena gestión del conocimiento en materia de derechos humanos y sociales –desde las escuelas, hasta las instituciones, pasando por los medios de comunicación-, es clave para transformar los espíritus de mantequilla de los ciudadanos (entre ellos, los jóvenes) en personas con espíritu lo suficientemente empoderados para afrontar los retos que depara la vida diaria, y por ende, capacitarlos con la fortaleza necesaria para transformar el mundo.

Mientras tanto, en las sociedades indoloras del bienestar continuamos tapando las injusticias humanas en el mundo -próximas y lejanas-, bajo la insensible capa untosa de mantequilla de la que están hechos nuestros espíritus. Ante el dolor ajeno, indiferencia (que es lo mismo que complicidad silenciosa). Y si es por desconocimiento (que no exime de responsabilidad moral), mucho mejor.

martes, 15 de diciembre de 2015

Solo España puede erradicar la muerte infantil del mundo por 4 décadas con lo que se gasta en 1 submarino militar

Acabo de leer el excelente especial gráfico sobre gasto y deuda militar española publicado por eldiario.es, y divulgado hace 3 horas a través twiter por su director Ignacio Escolar, el cual expone que España nos hemos gastado 30.000 millones de euros en armamento militar, lo que conlleva unas deudas para las arcas del Estado de 21.400 millones de euros que deberá acarrear el próximo ejecutivo en la siguiente legislatura. Ya que como país  –gracias a la gestión del ministro de Defensa, ex directivo de una de las grandes empresas armamentísticas españolas, y bajo el beneplácito del presidente del Gobierno-,  tenemos pendiente el pago de 1.764 efectivos entre carros de combate, aviones, misiles, submarinos, cazas, aviones de transporte o fragatas y buques. Armamento que según los analistas militares tienen nulo valor estratégico y que se han adquirido por su capacidad “disuasoria”.

Pero (i)lógica militar a parte, cabe apuntar el valor de estos efectivos por unidad. Veamos: un avión Eurofighter 2000 cuesta 145 millones de euros, un tanque Leopard cuesta 10 millones de euros, un misil Taurus cuesta 1,4 millones de euros, un helicóptero Tigre cuesta 63 millones de euros, un submarino S-80 cuesta 533 millones de euros, un barco de guerra cuesta 355 millones de euros y una Fragata F-105 cuesta 145 millones de euros. Y a partir de aquí, solo toca llenar la cesta de la compra.

Esta realidad contrasta con el dato objetivo que cada día mueren en el mundo 17.000 niños por causas evitables, según UNICEF (organismo de Naciones Unidas), de los cuales 10.000 muertes diarias están directamente relacionadas con el hambre por desnutrición aguda. Es decir, una tasa de mortalidad flagrante que provocaría que en una sola semana no quedara ningún habitante vivo en una capital de provincia como Tarragona, que en solo dos meses no quedara nadie en Sevilla, o que en 5 meses no quedara ningún habitante en Barcelona ciudad.

La parte positiva, es que con tan solo 12 euros se puede salvar de la muerte segura a 3 niños por desnutrición severa. Lo que significa que si España dedicase su gasto de la compra de un solo submarino S-80 a luchar contra la desnutrición aguda infantil, salvaríamos la vida de 133.250 millones de niños, o lo que es lo mismo, erradicaríamos del mundo la muerte por hambre infantil durante 13.325 días, que representa la no friolera cifra de 36,5 años, casi 4 décadas. ¿No es esta una mejor y mayor eficaz política de cooperación al desarrollo internacional, en lugar de gastarnos el dinero de los contribuyentes en un recurso público que no necesitamos y del que solo se beneficia la industria privada armamentística?

Lo que queda claro a estas alturas de la película, es que realmente a los contribuyentes de cualquier país occidental salvar vidas nos sale muy barato, mientras que matar vidas nos sale muy caro. Pero como todo en esta vida, lo barato aunque aporte la paz y la defensa de los derechos humanos no interesa al no generar dividendos privados. Pues el capital mira por sus saldos financieros positivos, que en una distorsionada y enfermiza economía de mercado global se contrapone de frente con la posibilidad de generar saldos sociales positivos a nivel global.

No obstante, no tenemos que perder de vista que esta manera de hacer “política internacional”, que conlleva perdurar las desigualdades y la injusticia social en el mundo, se financia con dinero público, es decir, con dinero de todos. Y que quienes gestionan este dinero, con independencia de sus intereses y sus visiones partidistas y clasistas del mundo –donde unos tienen derecho a vivir, y otros no-, son ciudadanos de carne y huesos como el resto de mortales que pueden ser elegidos o reprobados de su función pública mediante procesos electorales periódicos en las sociedades democráticas. Así pues, dejémonos de hipocresías, pues en nuestro voto se refleja el nivel de conciencia y de desarrollo humano de nuestras sociedades.  

sábado, 12 de diciembre de 2015

Nosotros, los ciudadanos del primer mundo, somos el Capitolio de Los Juegos del Hambre

¿Quién no ha visto la serie cinematográfica “Los Juegos del Hambre”?, ahora de rabiosa actualidad por el estreno de su última entrega: Sinsajo 2. Una película entretenida que nos hace disfrutar de un buen rato de nuestro tiempo ocioso en cómodas butacas del cine mientras degustamos unas palomitas con un refresco en salas climatizadas. Y tras salir de la sala del cine, valoramos la excelencia de sus escenas de acción, los efectos de última generación, la espectacularidad del ambiente y del vestuario, e incluso lo guapos que son los protagonistas. Y, acto seguido, ya pensamos en la película del próximo nuevo estreno.

Lo que muchos de los espectadores no relacionan al salir del cine, es que la visión del mundo que expone la película (una minoría de ciudadanos que viven con privilegios de ricos en un espacio llamado Capitolio, frente al resto de la inmensa mayoría de la población del planeta que malvive en los llamados Distritos que están divididos por áreas de producción de bienes y productos que nutren al citado Capitolio), es un fiel reflejo del funcionamiento de nuestro propio mundo. La diferencia es que en vez de llamarnos Capitolio nos hacemos llamar Primer Mundo, y a los Distritos les denominamos Segundo y Tercer Mundo.

¿Y por qué no lo relacionamos?, sencillamente porque no somos conscientes de ello por el embargo informativo que hemos creado frente a la pobreza y la injusticia humana del resto del mundo, al igual que le pasa al ciudadano del Capitolio que desconoce la realidad de la vida cotidiana de las personas que viven en los Distritos. Y sin conocimiento, está claro que no puede existir reflexión moral alguna sobre nuestra corresponsabilidad individual y colectiva, lo que interesa sumamente a aquellos que se benefician directamente de esta profunda desigualdad mundial.

Tanto es así, que el 1% de la población del Primer Mundo (es decir, nosotros) acaparamos más del 50% de la riqueza del planeta. Y, ¿de dónde procede esta riqueza?, podríamos preguntarnos. Pues para nuestra vergüenza de lo que llamamos el Segundo y Tercer Mundo, que representa las dos terceras partes del planeta y que si bien son ricos en recursos, son pobres en renta per cápita (en calidad de vida por habitante) a causa de nuestro continuo expolio a favor de llenar nuestros centros comerciales de bienes de consumo que permiten el estatus de vida al cual estamos acostumbrados.

De hecho, 10 corporaciones occidentales monopolizan las centenares de marcas que llenan las estanterías de nuestras tiendas y supermercados: Coca Cola, Pepsico, Kellogs, Nestle, Johson & Johnson, Procter & Gamble, Mars, General Mills y Kraft. Y, para muestra un botón: En todo el mundo se beben más de 4.000 tazas de Nescafé por segundo y se consumen productos de Coca-Cola 1.700 millones de veces al día, ello es gracias a que tres empresas controlan más del 40 por ciento del mercado mundial de cacao, del azúcar o del agua embotellada, lo que lleva, entre otros, a que Nestlé declare unos ingresos mayores que el PIB de Guatemala o de Yemen. O el caso de la conocida compañía española Inditex de Amancio Ortega, propietario de marcas como Zara y cuyo empresario es la primera fortuna del mundo, que produce sus artículos explotando la mano de obra infantil en prácticamente todo el Segundo y Tercer Mundo. O el caso de compañías de ordenadores y de telefonía móvil, como Apple, cuyas fábricas en China explotan a los trabajadores, entre ellos niños, los cuáles a demás son utilizados en condiciones inhumanas y de aguda explotación laboral para la extracción del coltán (el material que hace posible las pantallas táctiles), en minas infrahumanas de países como el Congo o Indonesia.

Y que quede claro que cuando hablamos de expolio de recursos y de prácticas de explotación laboral, niños incluidos, no hacemos referencia tan solo a participar de la actual desigualdad social existente entre las personas del planeta, sino a que somos a su vez partícipes y colaboradores necesarios en la muerte de millones de estas personas al año por condenarles a vivir en situaciones infrahumanas. Solo en materia de infancia, cada día fallecen 17.000 niños en el mundo, 10.000 de los cuales son por causa de hambre, cuando en nuestro particular “Capitolio” desperdiciamos al día más comida de la que se puede consumir en el mundo. Así pues, el problema de la alimentación, la sanidad o la educación en el mundo no es por falta de recursos, sino por una distribución desigual de los mismos. ¿La causa?: la codicia humana que permite explotar y dejar morir a una persona a favor de aumentar los beneficios económicos de nuestras empresas, bajo nuestra visión particular del mundo instruido en las facultades basado en un mercado global capitalista despiadado e inhumano, y al amparo de leyes internacionales de comercio que creamos e imponemos nosotros mismos desde el Primer Mundo.

Una realidad ciega a los ojos de los ciudadanos que vivimos en el “Capitolio”, frente a la cruda realidad de la vida cotidiana de los “Distritos”.  No nos extrañemos pues, que ante nuestra ceguera intencionada (pues ojos que no ven, corazón que no siente), puedan surgir Sinsajos que perturben nuestra comodidad. Quién sabe si el Sinsajo que nos despierte mañana de la ceguera y el inmovilismo contra la defensa de los derechos y la dignidad de la vida de todas las personas del planeta, sea hoy un niño o una niña que llega a nuestro Capitolio en condición de refugiado.


Fiat Lux! 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Hoy cumplo 44 años y solo sé que no entiendo este mundo

No entiendo que en esta vida el camino del éxito social pase por renunciar a la autorealización personal.

No entiendo que en esta vida alcanzar los sueños sea un derecho excluido a los pobres.

No entiendo que en esta vida un ser humano valga tan solo por lo que tiene o aparenta tener.

No entiendo que en esta vida el dinero, aunque solo sea sobre los bienes de consumo básico, compre la dignidad humana.

No entiendo que en esta vida quién se esfuerza una y otra y diez veces más, y no tiene padrinos ni capital, no consiga poco más que la nada.

No entiendo que en esta vida prácticamente siempre llueve sobre mojado.

No entiendo que en esta vida la experiencia, por vivida y por edad, sea un inconveniente en el mundo del mercado laboral.

No entiendo que en esta vida quien busca vivir solo de lo que siente ser y le gusta hacer, por convencimiento íntimo desde su nacimiento, malviva sin llegar a final de mes.

No entiendo que en esta vida la felicidad, para los menos privilegiados, se relegue a la aceptación sumisa de un estado de conciencia de aprender a disfrutar de la miseria.

No entiendo que en esta vida los valores, e incluso las leyes, sean diferentes según la clase social a la que se pertenece.

No entiendo que en esta vida el intelecto y el espíritu se desprecien a favor de una competitividad egoísta.

No entiendo que en esta vida el talento humano, que hace evolucionar las sociedades, se deje morir hasta la extenuación por la envidia de los necios y los envidiosos.

No entiendo que en esta vida haya ciudadanos, en las sociedades denominadas democráticas, de primera, segunda y tercera categoría.

No entiendo que en esta vida para mantener el derrochado estado del bienestar social del llamado pequeño primer mundo, permitamos atrocidades inhumanas en el inmenso tercer mundo.

No entiendo que en esta vida vendamos armamento a países que después bombardeamos por cuestiones de seguridad global.

No entiendo que en esta vida hayan personas, ya no sé si locos, enfermos o en pura manifestación real de la maldad más absoluta, que atentan directamente contra la dignidad y la vida misma de los más desprotegidos del planeta, incluidos los niños.

No entiendo que en esta vida, en un mundo de abundancia suficiente para todos, los que más tienen no compartan a favor de los que menos tienen.

No entiendo que en esta vida se rescate al dinero antes que a las personas, aunque en ello esté en juego sus vidas.

No entiendo que en esta vida, al contrario de lo que nos venden en las películas, los malos ganan, viven mejor y son elevados a la categoría de héroes sociales engominados.

No entiendo que en esta vida el ser humano esté en continua lucha feroz e incluso despiadada contra otros seres humanos.

No entiendo ciertamente, ahora que sé un poco más de todo y menos de nada en concreto, esta vida.

Quizás no entienda esta vida porque no pertenezca a este tiempo o quién sabe si a este planeta. Tan sólo entiendo, a estas alturas de la mitad del camino de mi previsible esperanza de vida, sobre la certeza del respirar aquí y ahora, y que lo único que tengo, si es que tengo algo, es justamente este momento presente.

Pero seguiré respirando, a ver si entiendo algo de la vida aunque sea por pura resignación de la cruda realidad. Y, mientras tanto transcurre mi vida intentando entender, no puedo por menos que reivindicar de manera subversiva  –aunque solo sea en la intimidad de los sueños- por un mundo mejor donde todas las personas puedan gozar de una vida digna y en paz como seres humanos de pleno derecho y en convivencia con el resto de seres de un planeta prestado.


Tarragona, a las 0:40h del 9 de diciembre de 2015