lunes, 23 de noviembre de 2015

La mitad de los trabajadores de España son pobres ilustrados sin identidad de clase social propia

Trabajar y no tener ni para llenar la nevera
Atrás quedó la clase media como hito social alcanzado por los niños de la dictadura (hoy en día nuestros padres y abuelos), que se encontraron todo un país por hacer, así como un nuevo mercado capitalista que les brindó la capacidad de adquirir vehículos, viviendas (de primera y segunda residencia) y otros bienes de propiedad a través de figuras financieras como la hipoteca y los préstamos personales. Ya que, para entonces, la cultura crediticia formaba parte de la idiosincrasia del bienestar social individual y colectivo, donde la deuda doméstica controlada por unos salarios fijos en un mercado laboral expansivo retroalimentaba el consumo de las familias. Niños de la posguerra que transformaron una España de clase obrera en una España de clase media, pero que tras jubilarse o estar a punto de jubilarse a lo largo de esta última década, no han podido dejar como herencia a sus hijos ya no tan solo el estatus social de clase media adquirida, sino ni tan siquiera –en muchos de los casos- recuperar el estatus de clase social obrera.

Entonces, ¿qué hay por debajo de la clase obrera? La respuesta, por triste no es menos real: La clase social de los pobres. ¿Y cuál es el barómetro que distingue a las clases sociales entre sí?, podemos preguntarnos: la renta del trabajo, es decir, los salarios. Se entiende que una persona que cobra bruto al año poco más de 7.000€ es pobre, de 9.000€ a 12.000€ es clase obrera, hasta 45.000€ es clase media y media alta, y a partir de aquí ya entramos en la órbita de los salarios de lo que denominamos clase alta, entre los que se encuentran los ricos.

Pues bien, hecho el apunte clarificador entre clases sociales, ahora viene el jarro de agua fría: casi la mitad de los trabajadores españoles, el 46,4% para ser más exactos, forma parte de la nueva clase social de los pobres, es decir, cobran por debajo de los 1.000€ brutos al mes. Y de estos, el 34% son sescientoseuristas. Una clase social de los trabajadores pobres que debemos sumar a los más de 4 millones de parados existentes, lo que nos da como resultado que un 30% de la población española se encuentra en situación de pobreza y de exclusión social.

Y ya puestos, ¿qué tasa tenemos en la actualidad de la llamada clase social media? Pues entre la clase media baja, la clase media-media y la clase media alta registran un total del 34% de los trabajadores españoles. El 19,6% restante ya es considerado clase alta, de los que un 0,7% registran salarios superiores a los 90.000€ brutos al año, rentas de capital a parte (que es realmente lo que marca la diferencia en el ámbito de la desigualdad social).

Como podemos observar, prácticamente la mitad de los trabajadores españoles son de clase social pobre (que van desde los 18 a los 65 años), pero a diferencia de otras épocas de la historia, estos pobres son ilustrados, ya que la mayoría tienen estudios de ciclo secundario y superior gracias a la universalidad de la educación reglada recogida como derecho social en la Constitución del 78. Llegados a este punto, la pregunta del millón es si esta nueva clase social tiene sentido de identidad como colectivo social propio. La respuesta, a todas luces, es que no. Quizás la razón se deba a su reciente creación (que coge impulso a partir del inicio de la crisis), quizás se deba a un sentimiento de no aceptación de la realidad (propio de una vergüenza social de un mal entendido fracaso individual), o quizás se deba simplemente a que aún están en shock por las convulsiones socioeconómicas de rabiosa actualidad y todavía creen pertenecer al espejismo de la clase social media de la que vienen sus padres y abuelos a la espera de un nuevo milagro económico que les/nos despierte del mal sueño.

Sea como fuere, una clase social sin identidad está dividida y, por tanto, abocada a la derrota social frente a la inmovilidad e insensibilidad social de los que más tienen. Sin identidad de clase social propia no hay capacidad de organización colectiva que se pueda luchar por recuperar un estado de bienestar social justo y equitativo para todos. Pues la identidad representa asumir lo que uno es (desapegándose de lo que uno fue y ya no es), y solo a partir de la aceptación de nuestra realidad más inmediata podemos reinventarnos individual y colectivamente. Y, ¿qué significa reinventarse colectivamente?, nada más ni nada menos que sumar esfuerzos por mejorar las condiciones de vida digna para el 50% de los trabajadores pobres de nuestro país. Una cuestión no solo de justicia social, sino de dignidad humana.


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martes, 3 de noviembre de 2015

Por sus obras no los conoceréis

No es posible conocer a una persona por sus obras, en contra del famoso dicho bíblico atribuido al recaudador de impuestos Mateo. No solo porque ningún hombre o mujer, por no saber, no sabe ni siquiera quién es uno mismo; sino incluso porque la historia de nuestras vidas solo representa un fragmento de la verdad, narrada bajo el tamiz subjetivo de valores y creencias de un tercero que, en el mejor de los casos, ha podido ser testimonio directo de la manifestación de “esa obra” en su fase de resultado final.

No es posible conocer a una persona por sus obras, ya que nadie es libre de sus actos y todos estamos condicionados por circunstancias externas que anulan, dirigen o redireccionan los acontecimientos de nuestra frágil vida cotidiana, dando lugar a que la obra resultante se manifieste de una u otra manera posible. Pues el futuro nunca es absoluto, sino relativo como fruto de la suma de pequeñas historias correlativas e interdependientes con su entorno. Sabedor que yo soy yo y mis circunstancias, como de manera magnífica sintetizó el filósofo español de la razón vital, Ortega y Gasset, sobre la naturaleza humana.

No es posible conocer a nadie por sus obras, ya que nada en este universo nunca es siempre igual a cada segundo que pasa. Y mucho menos las personas, quienes vivimos una existencia mortal de continuo cambio y transformación. Y lo que fuimos ayer no lo somos ahora, y lo que somos ahora no lo seremos mañana. Por lo que las obras realizadas no sirven para nada más que para ocupar megabits de luminosas o ensombrecidas memorias individuales, que a posteriori se transforman como piedras preciosas –a causa de las altas presiones sometidas por la fuerza imperiosa de la necesidad de reinventarnos cada día-, en valiosas semillas de experiencia personal capaces de crear una renovada y mejorada versión de nosotros mismos.  

No es posible conocer a nadie por sus obras, pues éstas no nos definen, sino que nos complementan en la búsqueda personal hacia la autorrealización y el autoconocimiento (aunque muchas veces sea de manera inconsciente). Pues las obras no son piezas de un puzle predibujado de nadie, sino experiencias de aprendizaje tales como adoquines de un camino a construir día a día.

Afirmar que conocemos a alguien por sus obras es como afirmar que conocemos una estrella desde la lejanía por la intensidad o ausencia de su luz, o como afirmar que sabemos de un libro por haber ojeado una de sus cientos de páginas.

No es posible conocer a nadie por sus obras, no seamos tan prepotentes, tan solo podemos acercarnos a su orilla con empatía para intentar comprender el camino trazado por los pasos caminados.

Fiat lux