miércoles, 30 de septiembre de 2015

Reivindico a los parados de más de 40 años: Jóvenes Altamente Cualificados

Esta mañana, repasando las noticias de linkedin, me ha llamado poderosamente la atención un artículo (cuya lectura recomiendo) titulado “¿Tienes más de 45 años? Ya no tendrás trabajo. Jamás”, de Miguel Piñol Aldea, propietario de la consultora estratégica balear Openplus, empresa especializada desde hace más de una década en soporte a la gerencia, externalización de servicios comerciales, e internalización y gestión de proyectos de innovación para pymes. En el artículo, Piñol destaca la imposibilidad de personas de más de 40 años, con una amplia experiencia –inclusive altos cargos directivos-, de volver a encontrar trabajo por una simple cuestión de limitación de edad por parte del mercado laboral (y más particularmente por los reclutadores de empleo). Un artículo que en pocas horas ha recogido una cascada de opiniones de directivos y cuadros intermedios en que cada uno explicaba sus vivencias y sensaciones personales reafirmando la veracidad de la situación. 
    
Si algo quiero subrayar del artículo es que el autor destapa la caja de pandora con dos elementos clave de marcado corte social: los 40 años de vida restante que le quedan al desempleado en un  futuro sin expectativas laborales, y el resentimiento social que dichos años pueden hurgar en el carácter de la persona. Mientras que de las opiniones recogidas, destaco el hecho que nadie sabe, ni los propios departamentos de recursos humanos, el por qué de la limitación de edad en el proceso de selección de personal (aunque está claro que el factor económico tiene su relevancia).

Ante esta situación, hay dos preguntas obligadas:

1.- ¿Desde cuándo la experiencia ha dejado de tener valor social?

Y, 2.- ¿Cómo va a mantenerse el desempleado y su familia si se le veta el acceso al mercado laboral?

A todo ello hay que añadir que el desempleado de más de 40 años, tras consumir tarde o temprano la prestación por desempleo (en una crisis que dura 8 años y suma y sigue) y al no encajar en el perfil de “persona en situación de exclusión social” que le permita beneficiarse de la renta mínima de inserción social que otorgan los Servicios Sociales municipales (un tema urgente a revisar), se convierte en un ciudadano invisible a los ojos del Estado de Bienestar Social del que, por no percibir, no percibe ni un céntimo ni para el bono del metro o del autobús.  En otras palabras, nos olvidamos de ellos. ¿Y, entonces, cómo viven (o mejor dicho malviven)? -Ah!, eso es todo un misterio.  

Veamos, señores, impongamos -aunque sea de manera excepcional- inteligencia social a la situación, ya que no solo estamos desaprovechando un activo profesional indudable de una de las generaciones mejor preparadas de la historia, sino que por otro lado estamos activando una bomba de relojería social. Si continuamos sembrando vientos de indiferencia, convirtiendo a excelentes profesionales en ciudadanos invisibles por una desafortunada política de fechas de caducidad laboral, por pura reacción del instinto de supervivencia personal y de dignidad humana, recogeremos violentas tormentas sociales.   

Si, por el contrario, apostamos por el activo social de los desempleados mayores de 40 años, devolviéndoles la visibilidad como ciudadanos de pleno derecho ante el Estado del Bienestar, debemos comenzar por lo prioritario: En el ámbito laboral, modifiquemos los parámetros de selección de personal, revalorizando la experiencia profesional y revisando la unidad de medida de la vida útil del potencial productivo de una persona activa. Y, en el ámbito social, construyamos un puente de oxígeno vital en el limbo entre la finalización de las prestaciones por desempleo y la selecta renta mínima de inserción social para excluidos, como pueda ser la renta mínima universal (como ya propone en futura Iniciativa Legislativa Popular la CCOO), como flotador socioeconómico mientras el mercado laboral alcanza unos estándares normalizados de actividad.  

Así pues, poco más hay que decir, y mucho y con urgencia hay que hacer. Pongámonos manos a la obra.

Firma: Joven de 43 años


martes, 29 de septiembre de 2015

¿El futuro del cáncer pasa por cambiar la frecuencia de las células?

Hoy me han invitado a formar parte de la campaña de Niños contra el Cáncer a través de Facebook, que tiene como objetivo dar a conocer esta enfermedad mediante la simpática iniciativa visualizadora de cambiar nuestros perfiles en las redes sociales por un héroe de cómic durante al menos 24horas. A mi personalmente me ha tocado ser Hércules de la mano de mi superamiga Raven (Montse Gea), aunque no me siento ni mucho menos merecedor de tal arquetipo.

Lo cierto es que el cáncer es una lacra social de la que parece que no haya familia que se salve directa o indirectamente, y que con independencia de sus causas (donde el estrés juega un papel relevante), sabemos que se produce por una alteración en el ritmo de reproducción celular que afecta no solo a la velocidad de crecimiento, sino también al desorden de sus formas y funciones. Un efecto biológico que desde siempre me ha llamado la atención, ya como autor a los 25 años del ensayo “La velocidad, señora del espacio-tiempo”.

Está claro que la ciencia moderna afronta el cáncer mediante investigaciones biomédicas y sociales, pero cabe reflexionar también desde el ámbito del espectro electromagnético. Es decir, sabemos que toda materia en este universo conocido (átomos-moléculas-células-órganos-cuerpos) -por estar formado de energía que ni se crea ni se destruye, sólo se transforma- vibra a una frecuencia determinada, y no a otra, para que la vida sea posible. Así, si alteramos al alza la frecuencia de vibración de un cuerpo, podemos enfermarlo e incluso destruirlo (Miremos de poner un cuerpo dentro de un microondas y veremos lo que pasa).

A estas alturas de la humanidad, también sabemos que existe una constante normal biológica en la vibración de la frecuencia de los cerebros de todos los mamíferos del planeta, incluido el ser humano, de 7,8 Hertz (ciclos por segundo), que de hecho es la misma frecuencia de la Tierra, conocida como Resonancia de Schumann, que a su vez está en directa correlación con los campos magnéticos del planeta. De lo que podemos deducir fácilmente que la velocidad de las células de un ser vivo, que entendemos como frecuencia vibratoria, y su interrelación directa con los campos magnético terrestre y humano, son importantes en la calidad de la salud de las personas (elementos patógenos aparte).

Es por ello interesante reflexionar sobre la alteración de la frecuencia vibratoria de las células del cuerpo causantes del cáncer, y el conocimiento versado y aún por descubrir en materia de espectros electromagnéticos aplicados al mundo de la sanidad. Quién sabe si el tratamiento futuro de enfermedades como el cáncer, en vez de proseguir por la agresiva senda de la invasión de sustancias químicas al organismo como en el caso de la quimioterapia, pasará por tratamientos electromagnéticos no invasivos que reeduquen unas células alteradas en su frecuencia vibratoria normal. Si mediante ondas sonoras, parte del espectro electromagnético, podemos hacer levitar piedras, ¿no podremos en un futuro reconstruir la ingeniería celular?.

Por un mundo de niños y adultos sin cáncer!


Reflexión en una tarde lluviosa que huele ya a octubre.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La Inteligencia Morfosocial no innova, solo recrea y replica

El Superpensador de Nadín Ospina. Colombia
La Inteligencia Morfosocial -quizás es un término un poco pomposo, pero creo que es la mejor definición que se me ha ocurrido- es la facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad mediante una información estructurada por la sociedad y mediante la información social de la comunidad a la que se pertenece e/o interrelaciona. En otras palabras, que para la Inteligencia Morfosocial no existe lógica, método o razón alguna fuera de los límites de la propia sociedad.

Dicho de otro modo, es como si la sociedad fuera un pequeño universo compuesto de piezas de lego, cuyos límites son la propia caja que los contiene, por lo que la Inteligencia Morfosocial solo puede jugar –dentro del ámbito de la caja- a combinar las piezas en un ejercicio de replicación de modelos ya existentes o, como mucho, de recreación de los mismos. Por mucho que nos esforcemos a realizar combinaciones múltiples con las piezas del lego (que siempre serán finitas en un mundo finito), ¿podemos llamar innovación a esta práctica? Está claro que no. Una metáfora aplicable tanto para el mundo empresarial como para el resto de dimensiones de la vida de las personas.

Así pues, queda claro que para poder innovar, para poder crear algo nuevo que no exista con anterioridad en nuestra realidad, hay que transgredir dicha realidad y, por tanto, hay que salir fuera de los límites de la Inteligencia Morfosocial; de esa inteligencia colectiva que entiende, valora y enjuicia la vida y sus formas bajo un mismo, único y unificador prisma social. De lo contrario, continuaremos viviendo en un circuito cerrado intentando mantener el equilibrio sobre la cinta corredera de soluciones ineficaces a problemas no resueltos.

La cuestión que se deriva y que nos sigue es el saber cómo podemos romper las barreras de la Inteligencia Morfosocial para poder innovar, o lo que es lo mismo, qué podemos hacer para desbloquear unas mentes que, como tuercas pasadas de rosca que giran sobre sí mismas sin avanzar, se encuentran estancadas y en punto muerto ante un problema no resuelto. Las respuestas ante tal dilema pueden ser múltiples, y más venidas de las disciplinas denominadas de la mente o inteligencia creativa, pero no hay mejor consejero de resolución de problemas de innovación que aquellas personas que viven fuera de los límites –y por tanto de la lógica- de la Inteligencia Morfosocial. Y, ¿quiénes son estos Supermen y Supergirls?, nos preguntaremos. Pues ni más ni menos que aquellas personas que consideramos náufragos sociales.

En estos tiempos que corren hay muchas personas que sobreviven como verdaderos náufragos sociales, despojados de cualquier tierra firme de confort y seguridad. Personas de un gran capital humano y profesional que, por razones caprichosas a las reglas del juego del Mercado, han sido apartadas del engranaje del sistema social y, por tanto, habitan -en contra de su voluntad- fuera de las fronteras del reino de la Inteligencia Morfosocial donde no hay cabida para la supervivencia sin haber desarrollado capacidades (competenciales) como la creatividad, la reinvención y la innovación.  
En este punto, que es donde quería llegar en esta fugaz reflexión, nos encontramos con personas miembros de la Inteligencia Morfosocial con recursos pero sin soluciones innovadoras a problemas no resueltos, y personas excluidas de la Inteligencia Morfosocial sin recursos pero con una alta capacidad de resolución innovadora a problemas no resueltos. En esta encrucijada de coordenadas solo tenemos dos soluciones: despreciar, lo que es lo mismo que dividir y restar (poco inteligente); o apreciar, lo que es lo mismo que sumar y multiplicar (mucho más inteligente). ¿Seremos tan cortos de vista –o tan prepotentes- que desperdiciaremos el rico potencial social que tenemos?

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martes, 22 de septiembre de 2015

El parado, el exponente cuántico a escala humana

Que una persona cuando se queda en paro entra dentro de un universo desconocido y lleno de incertidumbres, ya lo sabíamos (y más en una crisis sistémica). Pero quién nos iba a decir que una persona, cuando está en desempleo, se transforma en un ser cuántico al manifestar una naturaleza diversa de multiplicidad de estados -como persona y ciudadano- característico del triple principio fundamental de toda materia cuántica. Veamos…

Primer principio:

¿Puede una persona estar en paro y trabajar a la vez? No necesitamos echar mano de la paradoja del Gato de Schrödinger para responder categóricamente que sí. Pero aunque las dos respuestas sean válidas a la vez, está claro que también depende del observador y de su mundo de referencias (He aquí el relativismo social). Es decir, para aquellos que observan al parado desde el exterior de su mundo más íntimo e individual, ésta persona se encuentra en un estado de “no trabajar” bajo el prisma de sus coordenadas vitales de referencia. Pero para el mundo de referencias del propio desempleado, la persona está inmersa en un estado de “activo trabajo” en la búsqueda continua de un nuevo empleo desde la realidad interna de su mundo particular.  

Segundo principio:

Siguiendo la línea argumental del primer principio, podemos afirmar asimismo que la persona desempleada tiene una naturaleza dual, de modo que su comportamiento global presenta dos aspectos complementarios: parado y trabajador; que dependiendo de la situación, de los observadores y de sus coordenadas de referencia personales, predominará uno u otro aspecto. (Con los respectivos juicios y/o prejuicios de valor social añadidos).

Tercer principio:

Y por último, cabe señalar que el movimiento inherente al estado “activo de trabajo” en la búsqueda de un empleo (junto al perfil profesional de la persona), genera una cierta deslocalización del desempleado. En otras palabras, y reinterpretando el Principio de Incertidumbre de Heisemberg: que la naturaleza dual de parado-trabajador hace que la persona desempleada carezca de una trayectoria absolutamente determinada, lo que genera una clara incerteza sobre el futuro que le puede deparar a la persona.

Como vemos, si alguna manifestación de la física cuántica buscábamos en un mundo sobreatómico a escala humana, cuya materia se comporte de manera dual, incierta y con posibilidades simultáneas, no hace falta indagar más porque lo tenemos frente a nuestras narices y por millones: los parados. Un comportamiento cuántico humano que, prolongado en el tiempo seguro que provoca trastornos mentales, y en dosis excesivas contiene un alto riesgo de colapso social. Aunque esto ya no es materia de física, sino de política.

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jueves, 17 de septiembre de 2015

Los agujeros negros de la mente que consumen a las personas es un problema social

En el interior de nuestra maravillosa mente, que es una escala fractal del universo mismo, hay agujeros negros y astros espectrales en un frágil equilibrio cosmológico. Depende hacia dónde basculen las fuerzas de nuestro universo mental, los agujeros negros pueden irse haciendo cada vez mayores absorbiendo a su paso toda chispa de luz de nuestra vida, o contrariamente, los astros espectrales pueden hacerse cada vez más grandes irradiando y cubriendo de luz las experiencias cotidianas de nuestra existencia.

Está claro que una mente consumida en su propio agujero negro agotará cualquier resquicio de voluntad de vivir en la persona, mientras que una mente que brilla con luz propia por la fuerza de su astro espectral, al igual que un sol, retroalimentará día a día su voluntad renovada por vivir y disfrutar de la vida.

El equilibrio de las fuerzas cosmológicas de la mente de una persona a lo largo de su vida es, por naturaleza, frágil. Y sin entrar a considerar patologías psicológicas, los humanos sabemos a ciencia cierta que dicho equilibrio puede verse siempre alterado por el devenir de los acontecimientos que crean la historia –siempre en continuo movimiento de cambio y transformación- de una persona. O, parafraseando a Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”.

En el caso de los agujeros negros mentales, estos se alimentan de la energía generada por el sentimiento de impotencia ante una circunstancia o situación de la vida. Una impotencia que madura en frustración, y que esta a su vez -prolongada en el tiempo-, se convierte en desesperación. Y es justamente en este punto cuando una persona, por cansancio vital, acaba renunciando a sí misma (en el concepto más amplio del término). Porque al final, no es que la voluntad de una persona por seguir hacia delante y conseguir un objetivo no pueda ser ilimitada, pero no así sus fuerzas que sí son limitadas. Como pueda ser el caso de una persona que tiene la firme voluntad de traspasar un río a nado, pero la experiencia del entorno es superior a sus fuerzas y acaba por ahogarse.

En otras palabras, las filosofías, métodos y técnicas positivistas para generar mentes que brillen con luz propia ante los retos diarios de la vida, intentando convertir a personas normales (en clara desventaja social) en superhéroes cotidianos anónimos con poderes mágicos frente a necesidades mundanas, no tiene ningún sentido ni visos de éxito alguno si paralelamente no se ayuda a estas mismas personas a cubrir los mínimos materiales y emocionales que garanticen su supervivencia como seres humanos, paliando así las causas sociales que arrastran directa e irremediablemente a cualquier persona a ser consumida por la generación, desarrollo y expansión de sus propios agujeros negros mentales.

En este sentido, desde un enfoque social, y dentro de los parámetros de sociedades avanzadas en materia de bienestar colectivo, es responsabilidad de todos el velar por unos mínimos que garanticen el equilibrio de las fuerzas cosmológicas mentales de cada una de las personas que forman nuestra comunidad, para así no solo velar por personas sanas mentalmente, sino a su vez por garantizar comunidades prósperas socialmente. Pues solo con mentes que iluminen sus vidas diarias avanzaremos como especie. Y no hay mentes espectrales, capaces de iluminarse a sí mismas y  a su entorno, sin unos mínimos sociales (vivienda, comida, sanidad y educación) que garanticen el desarrollo normal de una vida digna. Así pues, ante los agujeros negros mentales que fagocitan a las personas desde su interior (a causa de las fuerzas de la impotencia, la frustración y la desesperación), cabe aplicar la generosidad privada, la solidaridad social y el tutelaje público.  

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lunes, 14 de septiembre de 2015

Nuestra mente funciona con sus propios algoritmos matemáticos

A estas alturas de juventud de nuestra especie, sabemos que la mente está formada por un conjunto de células del sistema nervioso -a las que llamamos neuronas-, cuya principal función es la excitabilidad eléctrica de su membrana plasmática, y que están especializadas en la recepción y conducción de estímulos nerviosos entre ellas y con otro tipo de células como las que componen el tejido muscular.

Pero está claro que, todo este ajetreo comunicativo entre neuronas no es caótico, sino que sigue una lógica necesaria para manifestar esa facultad de la mente a la que llamamos inteligencia. Un proceso lógico necesario que, si lo entendemos como un conjunto de instrucciones bien definidas, ordenadas y finitas que permite realizar una actividad mediante pasos sucesivos que no generan dudas a quien debe realizar dicha actividad, diremos que nos encontramos ante un algoritmo matemático.

Y es justamente un algoritmo lo que utiliza nuestra mente cuando, por ejemplo, hablamos. Puesto que el procesamiento cerebral del lenguaje se realiza en un área muy concreta de la mente -denominada área de Broca-, que está compuesta por varias partes que se superponen para realizar diversos pasos lógicos y ordenados de procesamiento que, en muy poco tiempo, dan como resultado el habla.

Si bien aún estamos en pañales en el conocimiento del procesamiento neuronal del lenguaje, así como del resto de funcionamiento de nuestro cerebro, podemos intuir que nuestra estructura neuronal funciona mediante algoritmos en un universo no caprichoso (o, en boca de Einstein: en un mundo donde Dios no juega a los dados). Al igual que podemos intuir, enfocando desde el reverso de la moneda, que el horizonte de la inteligencia artificial viene marcado por la capacidad de búsqueda y relación de información, y asimismo de obtención de conocimiento, del algoritmo PageRank, entre otros, que utiliza (y celosamente protege) una de las grandes corporaciones del mundo como es Google. En definitiva, ya sea inteligencia natural o artificial, entre algoritmos matemáticos nos movemos.

La diferencia de algoritmos entre inteligencia natural e inteligencia artificial, podríamos apuntar a groso modo, es que los algoritmos en inteligencia natural incluyen la variable de un principio de indeterminación que genera una paleta de historias posibles, que a su vez depende de sensores emocionales del entorno (factores -emoción y entorno-, que afectan directamente al potencial mental), lo que en esencia nos define justamente como humanos.

Pero a diferencia de lo que podríamos pensar en un primer impulso, como apunte al tema diremos que los sensores emocionales del entorno (que son los que marcan el valor de la variable del principio de indeterminación en el algoritmo de toda persona), no tienen por qué generarnos grandes problemas en su entendimiento, ya que, aunque queramos creernos seres muy complicados y sofisticados, lo cierto es que somos seres de funcionalidad sencilla. Tanto es así que podemos reducir nuestro mundo sentimental a cuatro emociones primarias: alegría, tristeza, rabia, y miedo. Al igual que los cuatro compases en música que pueden crear una infinidad de partituras musicales, y que a su vez pueden subdividirse en compases/emociones binarias o terciarias: Alegría-Tristeza, Alegría-Rabia, Alegría-Miedo, Tristeza-Rabia, Tristeza-Miedo, Rabia-Miedo, Alegría-Tristeza-Rabia, Alegría-Tristeza-Miedo, Tristeza-Rabia-Miedo, etc. Emociones que agrupan, a su vez, todo el universo de sentimientos conocidos. (Ejemplo de sentimientos relacionados con la emoción de Miedo: alarma, angustia, ansiedad, apego, arrepentimiento, baja autoestima, bloqueo, carencia, desasosiego, encarcelamiento, espanto, estrés, fobia, histerismo, horror, inquietud, intriga, interés, impotencia, inseguridad, intranquilidad, obstinación, pánico, perdón, pavor, respeto, rechazo, remordimiento, sospecha, sumisión, sorpresa, sufrimiento, timidez, temor, terror, vergüenza.)

Sin intención de alargarme, ya que esta es una temática que requeriría un amplio desarrollo más propio de un libro apasionante, este artículo no tiene otra intención que una reflexión personal que busca subrayar la idea del funcionamiento algorítmico de nuestra mente. Una máquina matemática, química y electromagnética que, a medida que vayamos conociéndola mejor, seguro que nos permitirá replicar aspectos del funcionamiento de su estructura neurológica en otros campos de la ciencia. Y, quien sabe, a lo mejor en un futuro no muy lejano convivamos con ordenadores inteligentes con formas de membranas plasmáticas que nos faciliten una vida mejor en nuestro día a día.
  
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jueves, 10 de septiembre de 2015

SmartHomo, el paso evolutivo del SmartCitizen

A un cuarto del siglo XXI, todavía no hemos desarrollado las SmartCities que ya estamos proyectando los SmartCitizen. Y es lógico y normal en un universo humano constituido de micromundos, cada uno de ellos a su vez con microsociedades diferentes, y con ritmos todos ellos de velocidad evolutiva dispares. (Solo hay que echar una mirada a las noticias para observar la diversidad de desarrollos socio-económicos de múltiples lugares en un mismo planeta).

La diferencia entre las SmartCities y los SmartCitizen es, básicamente, que si bien  las primeras son modelos que buscan ciudades inteligentes mediante la búsqueda de la sostenibilidad económica, social y medioambiental bajo el tutelaje de una gestión tecnológica (TIC’s), los segundos buscan desarrollar ciudadanos capaces de gestionar de manera activa y participativa su propio entorno inteligente mediante las nuevas tecnologías y a través del desarrollo de la denominada nueva era del internet de las cosas.   

Pero sin duda, la evolución natural del ciudadano inteligente no es otro que el SmartHomo: el zenit de la era de la transferencia del conocimiento. En este sentido, podemos definir al SmartHomo como aquel ser humano que, en un mundo global e interactivo basado en las nuevas tecnologías (sobre código abierto o restringido), goza de un gran espacio de transferencia de conocimiento sin límite espacio-temporal; un espacio donde el conocimiento innovador y las personas de todo el planeta se interrelacionan con el objetivo de potenciar una inteligencia colectiva basada en el desarrollo de la humanidad como sociedad.

Desarrollando mínimamente el concepto del SmartHomo, cabe apuntar que este nuevo hombre se caracterizará por tres parámetros de funcionamiento claves:

1.-Disponer de capacidad de acceso a las líneas de I+D+I de la totalidad de las áreas de conocimiento de las ciencias humanas, tanto formales como naturales y sociales del planeta.

2.-Disponer de capacidad de interrelación directa y personalizada con los actores innovadores del conocimiento a nivel mundial.

3.-Disponer de capacidad de transformación del conocimiento transferido en conocimiento aplicado en su SmartCommunity y/o SmartCity.

Así pues, podemos decir que el SmartHomo no es más que una versión actualizada de los polímotas renacentistas, personas capaces de abarcar y aplicar conocimientos sobre campos diversos de las ramas del saber humano, pero con el factor exponencial de las nuevas tecnologías como medio de comunicación a tiempo real y en un mundo global. Un SmartHomo que con su llegada revolucionará, sin lugar a dudas, no solo nuestra limitada concepción sobre la gestión del conocimiento, sino también los cimientos mismos en que se basa la educación del ser humano.

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martes, 8 de septiembre de 2015

No existe el no-movimiento, pero sí el no-progreso sin una dirección

La vida es movimiento. De hecho, en nuestro universo conocido no existe el no-movimiento, ya que todo aquello que creemos inmóvil e inerte no es más que una falacia de nuestros limitados sentidos espacio-temporales. Puesto que toda la materia -y con ella la energía que la constituye, la crea y le da forma-, se encuentra en un proceso activo e infinito de transformación continua, como si de un juego sinfín de creación de nuevos moldes donde la vida pueda manifestarse se tratase. Es por ello que podemos afirmar que la vida es movimiento, y el movimiento el aliento creador del universo.

Sí, no existe el no-movimiento, pero en cambio sí que existe el no-progreso. Es decir, no todo movimiento conlleva una evolución y un progreso por sí mismo, ya que para ello se requiere de dirección, propósito y voluntad. En otras palabras, si nos movemos dando vueltas dentro de nuestra jaula de confort o seguridad (la seguridad no tiene que ser confortable per se), avanzaremos tanto como el hámster que da vueltas sobre su rueda giratoria: nos movemos, sí, pero no progresamos. En términos radicales, podemos decir que aun estando quietos nos movemos ad hoc por nuestra propia naturaleza, pero ello no significa que vayamos a ningún sitio (más allá de hacia la decadencia inevitable de la masa celular que nos otorga corporeidad).

El quid de la cuestión no es pues moverse, ya que aunque no queramos nos movemos, sino ¿hacia dónde?. He aquí que el movimiento consciente se antepone a un movimiento rutinario que, por ser repetitivo, llega a convertirse en inconsciente. Es decir, ante la pregunta de corte existencial de hacia dónde me dirijo, la respuesta (de múltiples opciones) nos abocará a  someter el movimiento autómata de nuestra rutina a un movimiento en una dirección consciente, que conlleva implícito un propósito u objetivo a alcanzar y una voluntad de realizarlo.

Pero previo a marcar en rojo el rumbo de nuestras vidas sobre el mapa de ruta personal e intransferible, primero debemos saber hacia dónde dirigirnos. Y es este, justamente, el verdadero escollo de todo navegante: el saber hacia dónde ir, y más cuando se han probado otras rutas que no han conducido a ningún puerto satisfactorio (con el consecuente desgaste de energías). Es entonces que el navegante de la vida se percata que no hay dirección ni voluntad sin un objetivo definido, y que no hay objetivo claro a alcanzar sin un tiempo previo y necesario de reflexión personal. Y, ¿cómo sabemos cuándo tenemos claro el objetivo que marca la dirección de mi movimiento consciente?, podemos preguntarnos. La pregunta, por sencilla no es racional sino emocional, porque se siente: cuando la idea de alcanzar ese objetivo nos es suficientemente motivadora para activar la fuerza de nuestra voluntad de movernos.

Así pues, como vemos, el problema de progresar no es moverse, ya que nos movemos al igual que respiramos, sino por qué respirar. O, mejor dicho, por qué suspirar. Ya que en la intimidad del suspiro por alcanzar algo se haya el germen de todo movimiento consciente hacia el progreso personal.

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miércoles, 2 de septiembre de 2015

El tiempo de la mente funciona diferente al tiempo del reloj

Siempre pensamos en el continuo espacio-tiempo desde una perspectiva física pautada por los relojes y, de manera derivada, por los horarios de nuestra rutina diaria, e incluso por la programación de la televisión (si hacen tal programa sabemos que es por la mañana, si hacen tal otro por la noche sabemos que ha transcurrido ya el día).

Un continuo espacio-tiempo que conocemos, gracias a la teoría de la relatividad de Einstein, que no es  absoluto sino relativo, aunque en nuestras vidas cotidianas no lo percibimos en el mundo físico, más allá de la dilatación del tiempo que se produce a escala de segundos cuando viajamos en avión, o cuando los relojes de los ordenadores se sincronizan vía satélite con su correspondiente reajuste, o bien cuando escuchamos desde la Tierra un tic-tac más lento desde la Estación Espacial Internacional. Una dilatación del tiempo que genera mayores diferencias a mayor velocidad y gravedad entre observadores de un mismo reloj. Pero claro, en la Tierra no hay diferencias de velocidad y gravedad sustanciales para el conjunto de personas, por lo que físicamente el espacio-tiempo se comporta como un sistema continuo y común para todos.

No obstante, junto al espacio-tiempo físico, también existe el espacio-tiempo neurológico. Mientras el primero se muestra continuo, el segundo se nos muestra discontinuo e incluso múltiple.

Está claro que las neuronas, por estar formadas por materia física (amoniaco y carbono, principalmente), se desarrollan en un espacio temporal continuo donde nacen y mueren, lo cual tiene una incidencia crucial para la vida de una persona. Pero no es menos cierto que dichas neuronas (cuya actividad se manifiesta mediante un campo electromagnético, del que sabemos muy poco) crean una dimensión alternativa donde el espacio-tiempo es de todo menos continuo, lo cual también tiene una incidencia directa importantísima para la vida de toda persona.

Si algún rasgo caracteriza al espacio-tiempo neuronal es, justamente, su fácil manejo de la dilatación del tiempo, no solo pudiendo hacer que el tiempo vaya más lento o más deprisa a la percepción de una persona -¿quién no lo ha experimentado?-; sino incluso rompiendo constantemente la continuidad del espacio-tiempo trayendo tiempos pasados o futuros al momento presente, o anclando a la persona de manera continua a un pasado inexistente (como en el caso de depresiones, shocks, alzheimer o demencias seniles), o lanzándola a vivir continuamente en el futuro (como en el caso de personas hiperactivas, estresadas o adictos por el trabajo, por poner algunos ejemplos), o haciéndola vivir en un bucle del tiempo (como en casos de paramnesia aguda generada por ansiedad). Y todas estas fluctuaciones temporales posibles combinándose continuamente y de mil maneras diferentes a lo largo de un día “normal” en la vida de cualquier persona “mentalmente sana”, donde el espacio-tiempo neuronal afecta de manera directa e indiscutible a su espacio-tiempo físico.   

Pero la mente no solo rompe constantemente el continuo espacio-tiempo, como quien juega convulsivamente al tetris, sino que además está en su naturaleza crear múltiples líneas espacio-temporales paralelas, complementarias, divergentes, superpuestas e incluso imposibles, al igual que diferentes caminos de gusano en una misma maceta poliédrica y fractal, para diferentes aspectos relevantes de nuestra vida. Un multiverso temporal más propio del estudio de los sistemas neuroatómicos de la cuántica, que del resto de campos de investigación de la física.

Y, en toda esta locura de múltiples espacio-temporales neuronales discontinuos, de vez en cuando miramos tímidamente nuestro reflejo en el espejo del baño o hacemos una ojeada condescendiente a nuestro reloj de pulsera para imbuirnos de una pizca de cordura con la finitud de la dimensión física, en un universo donde nada se destruye, sino que todo se recicla y transforma. Incluso el espacio-tiempo, en cualquiera de sus manifestaciones.