domingo, 30 de agosto de 2015

El futuro inminente es electromagnético, no de combustión

Siempre me ha parecido primitivo la fricción continua de las ruedas sobre el pavimento para hacer mover un vehículo, con el importante desgaste de energía que ello conlleva, así como los motores de combustión interna mediante la quema de un carburante de origen fósil como es la gasolina, no mucho más avanzados que los motores de carbón y con múltiples connotaciones negativas en su producción tanto para el medio ambiente como para los equilibrios geopolíticos entre pueblos.

Pero el futuro, que llega con retraso por las trabas de los intereses económicos (recordemos que el petróleo es un arma de poder), comienza a despuntar por el horizonte inminente. Un futuro que trae consigo la omnipotencia de una de las grandes fuerzas físicas del universo: la fuerza electromagnética. Una energía que nos aporta la revolución de los motores electromagnéticos -propulsores de la que será la nueva era de la energía libre-, reveladores del efecto denominado como levitación magnética (maglev) que ya ha hecho realidad el sueño de los vehículos sin ruedas, como es el caso del prototipo de coche volador de Volkswagen -diseño de una joven china-, o los trenes flotantes de China o Japón que llegan a alcanzar los 600 km/h (superior al ave) y son capaces de recorrer 30km en 7 minutos.

No obstante, el potencial de la energía electromagnética no sólo se reduce al fenómeno físico de ejercer fuerzas de atracción o repulsión entre materiales que permiten la levitación y el movimiento, basándose en el hecho de que cada electrón es por naturaleza un pequeño imán que orientados en una misma dirección crean fuerzas electromagnéticas susceptibles de manipulación a través del uso de la luz (que no es más que ondas electromagnéticas visibles), sino que también tiene aplicaciones directas en la manipulación de la forma de la propia materia. Como conocemos en nuestra cocina con el uso cotidiano del microondas, o mediante el famoso experimento de fluido (no newtoniano) con harina de maíz y agua donde trasformamos el líquido en sólido y viceversa mediante la intervención de ondas sonoras. Microondas y sonido que, asimismo, son ondas electromagnéticas de longitud, frecuencia y energía diferentes a la luz, todos ellos pertenecientes al espectro electromagnético.

Sí, la fuerza electromagnética nos permite superar la gravedad y moldear la materia, aunque aún de manera bastante básica. Pero seguro que también nos llevará, en un futuro no muy lejano, a superar los límites de la velocidad tal y como la conocemos hoy en día, así como a alterar el continuo espacio-tiempo. De hecho, si alguna rama del conocimiento permitirá al hombre viajar en el espacio y en el tiempo, simulando las películas de ciencia ficción actuales, es justamente la electromagnética junto a la cuántica.

Quién sabe si en dos o tres generaciones más veremos a nuestros descendientes desplazarse de manera común con vehículos voladores, relegando a los coches de motor de combustión a los museos. Y, unas cuantas generaciones más, registrar el primer vuelo interestelar de la humanidad atravesando el agujero de gusano del centro de la Vía Láctea llamado Sagitario A, explorando de esta manera las posibilidades reales de viajar a través del tiempo. Si no lo hemos hecho ya en un futuro pasado…


(Reflexión de un caluroso día de verano)

viernes, 28 de agosto de 2015

¿Cómo tener éxito en el contexto de una crisis sistémica?

Muchos son los economistas que, desde el 2010, exponen que en vez de encontrarnos en una crisis coyuntural o estructural –según la idiosincrasia de cada país-, nos hayamos en el epicentro de una crisis sistémica. Pero, ¿quién quiere escuchar a pájaros de mal agüero, verdad? Lo que todos queremos siempre es, en jerga popular, que nos regalen los oídos.

Una crisis sistémica es aquella que sucede cuando el sistema en su conjunto está en crisis, es decir, cuando el sistema colapsa por incapacidad, sobrepasamiento o por falta de instrumentos para resolver los problemas o desastres creados por su propia dinámica. Como una bomba de relojería, para entendernos, que no tiene otro final posible que la explosión, tratándose en este caso de una explosión expansiva. Una bomba cuyo temporalizador de cuenta atrás se activó hace ya casi un siglo con la crisis del 29.

Una crisis económica que, por ser sistémica, no solo afecta a Estados Unidos, Europa y Japón, sino también a las llamadas potencias emergentes como China, Brasil, la India y Rusia, así como a otras economías emergentes de Sudamérica como México, Chile o Ecuador, por poner algunos ejemplos.
Ante esta situación, queda claro que el sistema económico actual en el que se basa el desarrollo de la humanidad cuenta con fecha de caducidad vencida -como una flor que ya ha recorrido todo su proceso de vida natural-, lo que significa que a nivel global debemos reinventar nuestro sistema de crecimiento económico bajo parámetros de sostenibilidad financiera (y por supuesto medioambiental), así como de equidad social. Ya que en un escenario de crisis sistémica la brecha social entre ricos y pobres aumenta exponencialmente.

Llegados a este punto, el concepto de éxito personal y empresarial se pone bajo revisión, enfrentando el modelo de éxito clásico, basado en una feroz competitividad capitalista que busca la máxima del beneficio personal en detrimento de terceros, frente a un modelo de éxito acorde al contexto de una crisis sistémica, basado en una competitividad sostenible que busca la autorrealización de disfrutar de una vida digna en consonancia con el buen desarrollo del conjunto de la sociedad. En definitiva, dos conceptos antagónicos de éxito que no vienen transmutados por ninguna buena voluntad de ética empresarial, sino por el irreversible cambio de paradigma en la transición de una economía capitalista caduca hacia una economía humanista germinal. Como dijo el César, alea iacta est.

Así pues, el principio del éxito en el contexto de una crisis sistémica como la actual, en pleno proceso hacia un nuevo modelo económico aún por definir, no es otro que la búsqueda de la sostenibilidad entre los ámbitos privado, empresarial y social de toda persona. Un principio de sostenibilidad que incluye, por concepción propia, valores humanistas y sociales que tienen como fuente de inspiración los modelos de Estado del Bienestar social. Ya que cualquier otro modelo de sistema referencial de éxito en medio de una crisis sistémica, que no cuente con las coordenadas de la sostenibilidad personal, la sostenibilidad empresarial y la sostenibilidad social, está abocada a la quiebra técnica. Pues no hay empresa que venda sin sociedad que consuma, ni persona que pueda vivir sin una empresa que genere trabajo o rentas.

Si éxito en un contexto de crisis sistémica es sostenibilidad, la pregunta del millón no es otra que: ¿cómo se alcanza el punto de sostenibilidad en un sistema referencial de triple coordenadas? La respuesta, por sencilla, no resulta fácil a la práctica: mediante el reajuste de flujos de activos y pasivos entre la partes. Un reto a alcanzar en el futuro inminente.

Nihil novum sub sole

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jueves, 27 de agosto de 2015

Allí donde dos inteligencias diferentes chocan hay empobrecimiento social

¿Os imagináis dos códigos informáticos diferentes, como el clásico binario formado por 2 bits y el moderno ASCII formado por 8 bits, comunicando entre sí? Bueno, de hecho en la actualidad ya se comunican, pero no directamente sino a través de lenguajes ensambladores que los adaptan entre sí. Y, ¿entre estos y un código informático cuántico, que en vez de bits utiliza qubits que se basan en complejos algoritmos en el marco de un nuevo paradigma de computación? Inteligencias diferentes que, sin un conversor adecuado, no pueden comunicarse de manera directa.

Pues lo mismo sucede con personas con inteligencias diferentes, que si el entorno no es capaz de acoplarlas adecuadamente no pueden comunicarse entre sí, dando como inevitable resultado un choque seguro de maneras dispares de ver, entender y enjuiciar el mundo. Que, por otro lado, da como resultado la paradoja, aunque enriquecedora, de descodificaciones dispares de una misma realidad.

El problema radica cuando la diversidad de inteligencias no se concibe como algo enriquecedor, sino más bien como una comunicación distorsionada, incomprendida o, incluso, peligrosa (frente a cualquier status quo vigente, ya sea familiar, social o empresarial). En dicho caso, el tipo de inteligencia predominante intentará anular la inteligencia disonante, que se verá abocada en una falta de encaje social de su realidad más inmediata, desaprovechando así su valor añadido para beneficio del resto del conjunto.

No obstante, en un mundo en emergencia de la cultura de la gestión del conocimiento, hemos llegado a entender (y comenzar a aceptar) que toda persona cuenta con inteligencias múltiples. Y aunque en cada persona a título individual despuntan unas más que otras, dichas inteligencias solo pueden desarrollarse en todo su potencial mediante un entorno adecuado. Parafraseando a Einstein: “Todos somos unos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera creyendo que es un estúpido”. De alguna forma, algo parecido está sucediendo en la actualidad en el mundo laboral –como ha pasado en todo el pasado reciente de la humanidad, bajo otros parámetros de prioridad social-, con la tendencia impuesta por los perfiles “executives” sobre base financiera, tecnológica e ingeniera.

A pesar de las resistencias naturales del ser humano por aceptar la diferencia, lo que parece evidente es que el conjunto de la humanidad dará un salto cualitativo como especie el día en que aprendamos a gestionar de manera rentable las inteligencias múltiples. Para ello, si no queremos que dos inteligencias diferentes continúen chocando –con el balance negativo que ello representa-, debemos apostar por una sociedad donde se forme en el desarrollo competencial de sus individuos, y se educe en una clara relación interpersonal basada en la inteligencia emocional como germen del respeto a la diversidad que siempre suma y enriquece.

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sábado, 22 de agosto de 2015

Dime en qué caos estás, y te diré qué patrón de futuro te espera

El universo conocido y desconocido se configura por un conjunto de propiedades y relaciones que podemos explicar a través de las matemáticas en todas sus ramas puras, aplicadas y computacionales, lo que se traduce en que todo lo que existe en el universo contiene un patrón propio, incluido los agujeros negros, la antimateria y el caos.

De hecho, si todo sigue un patrón, debemos ser conscientes que llamamos caos al orden que no comprendemos, ya que el caos no es más que una causa o un efecto que precede o procede de otra causa y otro efecto que llamamos orden en un sistema cosmológico dualista. Así pues, si el caos es pre o post causa o efecto de un orden comprensible para nuestro conocimiento, ese caos contiene en sí mismo patrones de funcionamiento muy concretos que pueden ser comprendidos por nuestra limitada percepción humana.

No obstante, la comprensión de los patrones que dan forma y sentido al caos como tal debemos buscarlos en un espacio-tiempo diferente al nuestro referencial, quizás en un espacio micro o macrocósmico y en un tiempo con un ritmo de velocidad mayor y más corto o menor y más largo al nuestro propio (como el caos de una climatología alterada, o el caos de un cultivo de bacterias). Sea como sea, el hecho que en ocasiones no podamos comprender el patrón de un caos es, simplemente, porque no podemos alcanzar la magnitud (micro o macro) de sus singularidad, lo cual nos imposibilita disponer de todos sus datos de funcionamiento más allá de una proyección de comportamiento teórica de su propia naturaleza.

Pero, dejando de lado la relación de caos extrahumanos, lo cierto es que todo comportamiento del hombre, por muy caótico que pueda parecer a simple vista, conlleva un patrón concreto y determinista, aunque no siempre consciente (que es otra cosa). Si bien parece que podemos encontrar “caos” en todos los ámbitos de la vida de las personas, ya sea a nivel personal, profesional, socio-cultural, económico y político, si trabajamos la observación de variables diferentes y múltiples, siempre encontramos un patrón.

Y, ¿por qué nos interesa estudiar los patrones de comportamiento humano?, podríamos preguntarnos. La respuesta es sencilla y relevante: porque así podemos predecir el futuro. Dime en qué caos estás sumergido, tú y tu realidad, y te diré qué patrón de comportamiento futuro os espera.

En definitiva, el secreto de predecir los patrones humanos se haya en la observación del funcionamiento neurológico de las mentes de las personas en relación a su histórico vital (resultante de un determinismo biológico, ambiental y psicológico), ya que al sumar una actitud común de economizar esfuerzos y una falta de instrucción en el control de sus mentes, la persona se ve repitiendo patrones de comportamiento mental una y otra vez como un disco rayado. Patrones, que en muchos casos, no son propios sino ajenos: los de su entorno imperante más inmediato. Y, por repetitivos, son fáciles de deducir.

La predicción de un futuro posible a través del diagnóstico de patrones de comportamiento es aplicable en cualquier estructura organizativa humana, ya sea una relación familiar, una empresa o un sistema económico de mercado. Allí donde hay caos aparente, siempre existe un patrón descifrable. Solo trabajando los patrones podemos asegurar un futuro posible, ya que si nos entregamos a achicar el agua de un aguacero y no prevemos el tsunami que está por venir, estaremos perdidos. Seamos pues inteligentes y transformemos los caos de nuestras vidas en patrones predecibles, y con dicho conocimiento actuemos en consecuencia lo que más nos convenga. Primero la inteligencia, y luego el instinto. 

jueves, 20 de agosto de 2015

El aburrimiento es un reactivo para la evolución humana

Siempre hemos oído la máxima de que el hombre es un animal de costumbres. Y así es. Pero lo que no se nos ha dicho es que ese patrón de comportamiento es caduco en el tiempo, como un tren que siempre gira y gira sobre el mismo circuito cerrado hasta que se le acaban las pilas o -según la versión del juguete-, la cuerda. Y aquella persona que transcurrida la fecha de caducidad de su monótono comportamiento no cambia sus hábitos por otros nuevos es, simplemente, no porque sea conservador en sus costumbres, sino porque o bien ya está hibernando en vida,  o bien porque la vida no le ofrece ninguna otra sugerente alternativa.

A la fecha de caducidad en la motivación por la repetición monótona, y muchas veces adictiva, de todo hábito prolongado en el tiempo, le llamamos aburrimiento. Y es, llegado a este punto, cuando la persona, apática de las acciones que llenan su día a día, desea cambiar sus hábitos  por algo que nuevamente le motive y le haga sentir viva. Aunque no sepa aún ni qué buscar ni en qué dirección dirigirse. Pero es en este estado personal e íntimo en que se produce el inicio del movimiento por el cambio que hará evolucionar al individuo y, con él, a su realidad más inmediata, y por extensión –tarde o temprano- al conjunto de la sociedad.

No obstante, es verdad que cada persona es un mundo, y hay quienes tardan más en aburrirse de sus hábitos frente a los que se aburren más pronto. Ya que cada cual tenemos ciclos de evolución y madurez personal diferentes: largos y lentos, o cortos y rápidos. En definitiva, el aburrimiento humano es un reactivo en la evolución de las sociedades; junto a la necesidad, para ser más exactos (pero no haremos mención a esta última ya que cuenta con una vasta literatura propia).

El aburrimiento nos empuja a recorrer nuevos caminos, a buscar nuevos horizontes, a experimentar nuevos parajes desconocidos hasta la fecha, ya sea en el ámbito personal, social o profesional. El aburrimiento es el germen de la ilusión, que a su vez genera una reacción en cadena que puede desembocar en la pasión. Un ciclo combinado trifásico (aburrimiento-ilusión-pasión) que puede activarse en cualquier momento de nuestras vidas, ya sea por azar, ya sea de manera dirigida y predeterminada por una voluntad inteligente externa. Aunque también no parece menos cierto que en algunas personas puede mantenerse pasiva de manera permanente sin ser activada.  

Así que, amig@, sabiendo que el aburrimiento es un reactivo en la evolución de las personas, si actualmente te encuentras en la tesitura de que algún objeto, persona, circunstancia, hábito o situación te aburre, alégrate porque pronto va a cambiar tu vida. Puesto que si algo hay seguro en el universo es que todo está en continuo movimiento, cambio y transformación.

Si te aburres es que estás a punto de saltar.

lunes, 17 de agosto de 2015

El fracaso es muy real, pero el miedo a volver a fracasar es una opción

El fracaso forma parte intrínseca del aprendizaje, ya que nadie nace aprendido, y más en una sociedad donde las reglas del juego cambian en continua y vertiginosa evolución. Y, por otro lado, para aprender hay que experimentar, lo cual no está exento del fracaso, pues solo tras la experiencia personal y colectiva de la prueba-error podemos aprehender los conocimientos necesarios para avanzar.

Así pues, el fracaso es una experiencia de aprendizaje muy real tanto en nuestras vidas personales como profesionales, desde que inhalamos el primer aliento de vida hasta que exhalamos el último suspiro, pero el miedo a volver a fracasar es una opción individual.

El miedo, como todos sabemos, paraliza, siendo el peor enemigo para poder reinventarnos e innovar en el camino que nos lleva a alcanzar nuestras metas. Pero si algo caracteriza al miedo es, justamente, que se trata de una expectativa de futuro. Al igual que el éxito. Y ambos, el miedo al fracaso y la esperanza por el éxito, se enmarcan dentro de la incertidumbre del futuro, sabedores que no hay futuros absolutos sino tan solo futuros posibles (aquellos en los que nos enfocamos).

Es por ello que el miedo a volver a fracasar es una opción individual de apuesta futura, al igual que es una opción individual de apuesta futura la esperanza por el éxito en nuestras vidas. Depende de qué opción alimentemos más, nuestro futuro posible se verá decantado hacia uno u otro final, siendo conscientes que a cada nuevo día tenemos la opción de cambiar de rumbo (no te resignes al fracaso!), y que –como dos caras de una misma moneda- no existen éxitos sin fracasos.

No hay mayor remedio contra la parálisis del miedo a fracasar que las ganas por alcanzar el éxito, que se reduce en el deseo de mejorar nuestras vidas. Una motivación que requiere de una clara y contundente decisión personal, ya sea por una personalidad de marcado carácter optimista, ya sea por una fuerte convicción a la que se llega tras el cansancio que produce el vivir (o en muchos casos, el malvivir) una vida que no gusta y que se desea cambiar.

Sea cuales fueren las causas que empoderan la motivación de cada persona, lo cierto es que la postura ante el miedo a volver a fracasar es una opción individual y, tristemente, culturalmente transferible (ya que hay muchas sociedades que conciben el fracaso como una consecuencia negativa, sin ser conscientes que forma parte de la experiencia de aprendizaje de todo ser humano y que, por tanto, es ley de vida).

La buena noticia es que, por un lado la crisis ha desdramatizado los fracasos personales, y por otro lado la fuerza de la vida siempre empuja por salir adelante, incluso en las peores circunstancias. Por lo que toda persona tiene la opción –tras tomarse el tiempo necesario de cura tras un fracaso- de apostar nuevamente por la esperanza de éxito en su vida.

Tuya es la opción, así como el derecho a una vida digna. Que no te digan lo contrario. 

sábado, 15 de agosto de 2015

Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento

Hace tiempo que el ser humano dejó de evolucionar por adaptación natural al medio. De hecho, desde el preciso momento en que comenzamos a adaptar el medio a nuestras necesidades como especie (como cambiar la temperatura ambiente con los benditos aires acondicionados en estos días de intensa calor). Aunque, siendo rigurosos podemos afirmar a estas alturas de nuestra joven historia sobre la Tierra  –tal y como categorizan los genetistas en pleno siglo XXI-, que si algo no hay de natural en la naturaleza es justamente el ser humano. (Por ello no encontramos el mítico eslabón perdido entre el homo sapiens y un hipotético antepasado simiesco, aunque este es trigo de otro costal)

Si no evolucionamos por adaptación biológica al medio, como el resto de especies animales, ¿cuál es el motor de nuestra evolución como especie?. La respuesta, por obvia, no es menos reveladora: el conocimiento. Un instrumento de evolución, por otro lado, mucho más vertiginoso que el ritmo de cambio y adaptación que conlleva el proceso biológico. Y si no, comparemos cómo ha cambiado la vida de nuestras madres en tan solo cuatro décadas (de la televisión en blanco y negro a comunicarse a tiempo real mediante whatsapps, por poner un ejemplo), frente al aparente inmovilismo de cualquier animal que necesita siglos para cambiar su hábitat o morfología.

Un conocimiento como motor de nuestra evolución que en esencia contiene dos campos de trabajo indisociables entre sí, como dos caras de una misma moneda, la reflexión (propia de las humanidades) y la acción (propia de las ciencias). Y es que, aunque vivamos en un mundo altamente virtual, no hay reflexión sin acción, ni acción sin reflexión, aunque a veces parece que corramos sin saber a dónde vamos. No obstante, aunque el conocimiento sea reflexivo-activo, es per se tecnológico, de lo que hace que el ser humano, a diferencia del resto de especies del planeta, sea un ser tecnológico.   

Entendamos aquí tecnología como lo que etimológicamente es: el conjunto de conocimientos técnicos que nos permiten crear cosas, ya sea una poesía, ya sea unos espaguetis a la carbonara, ya sea una mecedora, ya sea una casa, un ordenador, una carretera, un barco, un satélite o cualquier otra creación propia del ser humano que previamente no existía en la naturaleza. De hecho, si miro a mi alrededor mientras realizo este artículo, me veo rodeado de un mundo creado artificialmente por la tecnología del hombre, a excepción de mi “areca” (planta de interior). Y es que el hombre tiene un cerebro tecnológico, preparado para investigar su entorno creando conexiones neurológicas que ordena en patrones de conocimiento que le permite descodificar y reinventar el mundo mediante la tecnología. Tanto es así, que sólo cabe observar el grado de interacción de un niño de tres años -un “cachorro” humano-, con una tablet o con un palo.

Somos seres tecnológicos que evolucionamos con el conocimiento, por lo que es imprescindible para el desarrollo de nuestra joven especie que el conocimiento (humanista y científico) sea compartido, ya que queda evidenciado en esta etapa de la humanidad que la inteligencia colectiva multiplica nuestro potencial posibilitándonos grandes saltos cualitativos que nos conducirán a un futuro, si bien aún inimaginable, sí percibido.

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viernes, 7 de agosto de 2015

Si la crisis te desecha por prescindible, reinvéntate desde tu instinto de supervivencia

Si algo nos ha enseñado la crisis, es que todas las personas somos prescindibles. Menudo golpe directo contra nuestro ego, ¿verdad?. Pues sí, de nada sirve regocijarse en nuestro palmarés curricular, ya que la vida nos obliga a reinventarnos cada día en un instinto básico de supervivencia frente a un paisaje en continuo cambio y transformación.

De hecho, la evolución de la sociedad se basa en una constante selección de ciudadanos  desechables, como si la sociedad fuera una gran rueda en movimiento de la que van cayendo por el camino todas aquellas personas prescindibles, ya sea por exceso de aforo, ya sea porque se hayan en el lugar equivocado en el momento inadecuado, ya sea por inadaptación al entorno, ya sea porque no pueden aportar ninguna versión actualizada de ellos mismos o, simplemente, porque les es imposible seguir el ritmo del movimiento continuo. Sea como sea, por el camino van quedando rezagados cientos de ciudadanos, muchos de ellos ricos en talentos y experiencias, pero de los que nadie se acordará por nunca jamás más allá de una sombra lejana en los simples apuntes de las frías estadísticas socioeconómicas. No solo porque la sociedad es selectiva en recursos humanos, sino también en memoria social. Ya que no hay especie que evolucione sin una memoria selectiva centrada en sus triunfos como colectividad.

Una selección de personas prescindibles que, como ley imperante, se repite a todas las escalas: para la sociedad occidental son prescindibles los millones de personas que mueren cada día de hambre en las sociedades subdesarrolladas; y para nuestra sociedad más inmediata son prescindibles los millares de personas que se quedan sin trabajo, sin casa, sin capacidad de alimentarse y, por efecto secundario, sin dignidad humana.

Todos somos prescindibles. Bueno, todos menos aquellas personas que forman parte estructural del engranaje del movimiento rotatorio de la sociedad. Entiéndase a los Señores de los Mercados (los que con dinero hacen girar la rueda), los barones apoltronados en las instituciones gubernamentales (los que dictan las leyes de la rueda amén del Mercado), y el siempre necesario servicio funcionarial (los que ejecutan las leyes de la rueda en su día a día). Una pequeña élite social que, por formar parte intrínseca del núcleo central de la sociedad, son imprescindibles por concepción del sistema.

Para el resto de los mortales, malas noticias: somos prescindibles por defecto de fábrica. Y por si no nos quedaba claro tras haber probado el embriagador néctar de las sociedades opulentas, donde todos nos considerábamos importantes e imprescindibles, la crisis se ha encargado de aclarárnoslo con la máxima nitidez y contundencia posible.

Así pues, amig@, si tu espíritu de supervivencia te empuja a seguir respirando en estos tiempos que corren, no nos queda otra que esforzarnos en reinventarnos para poder actualizarnos ante una sociedad que no para de rodar sin esperar a nadie (a falta que algún día podamos cambiar el funcionamiento de la rueda). Pues de lo contrario, no encontraremos más futuro que el lecho de la cuneta de la pobreza social como personas desechadas por prescindibles.

Amig@ prescindible, alega a tu espíritu de supervivencia vital como persona, rompe tu currículum de un pasado ya inexistente, y reinvéntate una y otra vez y tantas veces como sea necesario en una innovadora versión de ti mismo que te permita conquistar nuevos horizontes. Pues nuestro es el derecho para prescindir de todo, menos de una vida digna. Ante la marca por nacimiento de la prescindibilidad, clama a tu instinto de supervivencia!

miércoles, 5 de agosto de 2015

Los trabajos herculianos del españolito en su ciberOdisea de búqueda de empleo

Nadie diría, a la luz del último barómetro del CIS, que el desempleo es un tema de preocupación de Estado en un país con una tasa de paro del 23 por ciento, más de 10 puntos por encima de la media en la eurozona. Y a los hechos objetivos me remito al poner en evidencia dos retos propios de Hércules por los que debe pasar todo españolito/a en su odisea de búsqueda de empleo:

-Primer Trabajo Herculiano:

Dar con la oferta de trabajo que se busca, ya que es una verdadera odisea en un mar de ofertas laborales disgregadas entre múltiples portales de internet de actualización diaria. Las ofertas de trabajo que se encuentran en un sitioweb no se hayan en otras, y viceversa. Sin mencionar la oferta laboral que ofrecen las propias oficinas públicas de desempleo (ya sean estatales, autonómicas o locales) que es prácticamente nula con respecto a la realidad del mercado.

-Segundo Trabajo Herculiano:

Hacer llegar al mercado laboral tu oferta de servicio profesional en formato de currículum, ya que cada proveedor de ofertas de trabajo tiene su propio sistema informático en un océano de empresas de trabajo temporal, consultoras de recursos humanos, compañías de headhunting y empresas más o menos sectorializadas. Múltiples portales de internet con sistemas de recepción de datos curriculares diferentes (a gusto de cada programador) e incomunicados celosamente entre sí, lo que se traduce en una odisea de tiempo y destreza informática en rellenar campos y más campos de información, y en un universo tecnócrata donde el currículum vitae en papel ha sido desterrado.

Como se nota que sus Señorías no deben preocuparse por buscar trabajo, ya que no hay que ser docto en la materia para, desde la Administración Pública, poder ayudar a dinamizar el mercado laboral con acciones tan simples como:

1.-Unificar todas las ofertas de trabajo en un único portal, sin que ello deba significar la pérdida de entidad propia y de competitividad comercial de los diversos agentes sectoriales (ETT’s, Consultoras, etc)

2.-Canalizar, a través del portal anterior, la oferta profesional del desempleado para todos los agentes laborales, para que la persona en situación de paro tan solo deba introducir su currículum una sola vez, en lugar de tener que repetir la acción en decenas de ocasiones y en formatos informáticos diversos de múltiples sitiosweb.

3.-Crear sistemas de alertas y seguimientos de ofertas de trabajo, disponibles para teléfonos móviles, tablets o ordenadores, mediante el mismo portal unificado y a través de las ventajas técnicas propias del siglo XXI.

Pero hasta que sus Señorías no tengan ojos para ver, al españolito/a desempleado no le toca otra que armarse de valor y afrontar los trabajos herculianos en su propia ciberOdisea de búsqueda de empleo.


Ver para creer…

sábado, 1 de agosto de 2015

Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos

Vivimos en un mundo ilusorio de múltiples formas geométricas con diversos volúmenes, superficies, caras, aristas y vértices que dibujan la totalidad de los objetos cotidianos que conocemos, desde la hoja de un árbol, pasando por un tenedor o una silla, hasta un coche de carreras o la estación espacial internacional. Un universo geométrico con un mismo lenguaje, el matemático.

Pero en un mundo continuamente cambiante, donde nada es nunca siempre igual, uno no puede más que preguntarse de dónde provienen todas las formas geométricas y hacia dónde van. Un tema que, sobre la base de los sólidos Platónicos, trato con un objetivo diferente en la novela “La era de los hijos de Metatrón”.

No obstante, gracias al avance tecnológico y a uno de los principios esenciales de la ciencia que es la observación, podemos constatar que la vida, en su origen, es circular. Ya que circular son los quarks, constituyentes fundamentales de la materia, en sus combinaciones como protones y neutrones. Circular es el núcleo del átomo de carbono, que configuran esos protones y neutrones. Circulares son los bloques nucleótidos que construyen el ADN, creados a partir de los átomos de carbono. Circulares son los núcleos de las células de nuestro organismo, generados a partir del ADN. Y circulares son los óvulos que crean la vida humana, surgidos a partir de dichas células.    

Y asimismo, gracias a la tecnología y al principio de la observación, podemos constatar que la vida, en su fin, es también circular. Ya que circular son los planetas donde la vida se crea y muere. Circulares son los sistemas solares que albergan los planetas. Circulares son los astros que crean los sistemas solares. Y circulares son las galaxias formadas por millones de sistemas solares.

Así pues, podemos decir que el círculo es el alfa y el omega de la vida, y entre medio del principio y el fin del mundo de las formas se haya todo el universo posible de formas geométricas diferentes. En otras palabras, que tanto el microcosmos como el macrocosmos es circular, mientras que el intercosmos –propio de nuestra escala- es multigeométrico.

No obstante, en un universo tetradimensional como el que vivimos, donde la velocidad es, junto con la dirección, una de las dos dimensiones del tiempo (ver: La historia de nuestra vida viene determinada por la velocidad), todo círculo rota en revolución sobre su eje central formando una esfera: el cuerpo geométrico más perfecto del Universo. Por lo que si venimos de la esfera y vamos hacia la esfera, geométricamente hablando, el modelo de sistema de transición de cualquier forma geométrica hacia la esfera no puede ser otro que la espiral. Y es curioso, justamente, que la forma espiral no es más que la secuencia matemática que dibuja el número áureo para crear todo lo existente en la naturaleza.

Pero matemáticas aparte, si venimos de la esfera y -desde la diversidad de formas de nuestras vidas-, volvemos hacia la esfera, nuestra existencia no puede ser más que una espiral en continua rotación. Donde nuestras vidas dan varias vueltas alrededor de un punto de origen, del que irremediablemente nos iremos alejando cada vez más. Y lo mismo sucede con aquellos otros puntos singularizados, por importancia de circunstancias o personas, a lo largo de nuestro trayecto; los cuales, por mecánica pura, irán quedando relegados a un pasado cada vez más lejano. Que, paradojas del Universo, volveremos a ellos tarde o temprano y de una u otra manera, ya que todos los puntos que forman parte de la esfera potencial de nuestra vida equidistan con un punto interior y centra que la originó.

Transcendit vestris vitae