martes, 30 de junio de 2015

Sólo desde el vacío generamos nuevos mundos

El vacío es aquel espacio que se sitúa en el trayecto entre dos neuronas que, en su entramado sináptico, perciben, recrean y dan forma al mundo que concebimos. Un espacio de tiempo generado entre la conexión de neuronas, donde la infinitud del universo se manifiesta por un aliento eterno de décimas de segundos, y en que la Nada lo es Todo.

Salvado el vértigo claustrofóbico que nos genera el vacío secuencial del universo, nuestros mundos se reinician del apagado biológico del sistema cada milésimas de segundo mediante la periódica pero discontinua interconexión de neuronas que prosiguen su interrelación entre sí. Como si los espacios generados entre nuestros neurotransmisores de carbono-12 formaran parte del diálogo interno y con el mundo exterior, tal cual el lenguaje de puntos, rayas y espacios del morse, o el lenguaje informático de programación de extensas cadenas de ceros, unos y espacios.

Y en esa interconexión entre neuronas, nos relacionamos con el mundo de Pepe, de Ana y de Juan, a su vez que Pepe se relaciona con nosotros y con Ana y Juan, y Ana se relaciona con Pepe, Juan y nosotros, de igual e inevitable manera que Juan se relaciona con Ana, nosotros y Pepe, y así en un rico sistema relacional fractal y multidimensional en el que nuestro mundo no es más que el resultado causal lógico y directo de un poliedro global de vértices neurológicos, al que llamamos sociedad, y por el que estamos determinados.

Una estructura poliédrica de mundos interrelacionados que lejos de liberarnos, nos encarcela en una realidad predeterminada, y cuya única fuga posible es a través de dichas conexiones donde reina el silencio del vacío.

Por lo que si uno o una quiere liberarse de su mundo y explorar los confines del espacio desconocido, en busca de nuevas realidades por descubrir, no puede más que adentrarse en el vacío del universo existente en el trayecto entre conexiones neurológicas, donde la Nada es la cuna del Todo.

Una oscura Nada omnipresente que engloba y observa los mundos neuronales como estrellas diminutas esparcidas en el firmamento. Una cuna del Todo capaz de generar vida en su profundo silencio, pero no desde el hacer limitado y predeterminado de los pensamientos reflejos de las interconexiones neurológicas, sino desde el ser que contrae y expande el propio universo con su respiración.

Inspiramos, exhalamos. Inspiramos, exhalamos. Y en este respirar paramos todo pensamiento al permanecer en el vacío del espacio existente en el trayecto de conexión entre dos o más neuronas. Inspiramos y exhalamos, y en este dejar de hacer para ser y respirar desde la atemporalidad de la Nada rediseñamos nuestra estructura neurológica, como almas que deben ser reformateadas en un proceso de autosanación, para recrear una mejor y renovada versión de nosotros mismos que encaje en una nueva realidad externa al mundo conocido. 

sábado, 27 de junio de 2015

No podemos más que levantarnos en nueva Cruzada contra el yihadismo sanginario

La anestesia mental para los problemas endogámicos de los ciudadanos de occidente que es la caja tonta -ya sea la televisión, el ordenador o el móvil con conexión informativa global, entre otros dispositivos tecnológicos-, nos incapacita al dolor frente a imágenes siniestras de asesinatos por decapitación, ahogamiento en jaulas o muerte por explosivos en las cabezas que, por la distancia que nos separa de los hechos, nos llegan a parecer tan irreales como las violentas películas a las que tanto estamos acostumbrados a ver en nuestro tiempo de entretenimiento.

Pero este pasado Viernes Negro, donde 65 personas han sido asesinadas en el triple atentado en Francia (corazón de Europa), Túnez (Magreb) y Kuwait (Oriente Próximo), en ocasión del primer aniversario de la fundación del califato del Estado Islámico, ha despertado del letargo somnoliento a la vieja Europa no solo al instaurar el estado militar de alerta antiterrorista –en España hemos pasado del nivel de defensa de medio a alto-, sino incluso a proclamar la nueva cruzada del siglo XXI contra el yihadismo.

Y la nueva Cruzada en la que entramos no parece ser, ni mucho menos, de resolución ni fácil ni a corto plazo, ya que los guerreros yihadistas cuentan con más de 30.000 hombres en pie de guerra y un gran número de simpatizantes y potenciales terroristas en todo el mundo imposible de conocer -la mayoría con nacionalidades de segunda o tercera generación europeas-, una aparente riqueza de cientos de millones de euros para financiar sus objetivos, y un pleno conocimiento de la psique de su enemigo: nosotros los occidentales, que queda sobradamente demostrado en su abrumadora capacidad de publicidad mediática del horror.  

Este pasado Viernes Negro, la vieja Europa se ha percatado que el yihadismo no es un conflicto local que con Al Qaeda se reducía a Iraq –con el aviso previo del funesto atentado del 11-S-, que posteriormente mutaría al Estado Islámico de Iraq (ISI), y luego al Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS), donde los yihadistas se encarnizaban en una guerra civil destruyendo tristemente restos arqueológicos persas patrimonio de la humanidad a su paso ante la impasividad de Naciones Unidas, sino que se trata de un yihadismo global de tintes extremistas y totalitarios, con mentalidad de guerra santa del siglo XII pero con la inteligencia y el armamento del siglo XXI, con vocación de crear un sistema organizado, tal y como lo demuestra la creación de escuelas y campamentos de recreo en su “microestado” conquistado entre Iraq y Siria donde enseñan a los niños a disparar a los prisioneros.

Ante esta situación, la vieja Europa se ve obligada a levantarse nuevamente en Cruzada, esta vez por defensa de los valores humanistas, frente a una maldad propia de ángeles caídos transformados en demonios bíblicos que solo buscan bañar de sangre su expansión.

Está claro que debemos de solventar en nuestra casa las causas de la marginalidad social que lleva a descendientes islamistas a una búsqueda extremista de su identidad, y ayudar a solventar los desequilibrios económicos, sociales y humanitarios en los focos insurgentes de Oriente Medio bajo el prisma del respeto a ricas culturas milenarias por un futuro mejor de la humanidad. Pero, no obstante, no es menos claro que ante el grave actual estado de la situación no podemos más que levantarnos en Cruzada, ora et labora, como civilización milenaria contra aquellos que desean nuestra aniquilación total.

Non Nobis Domine
+fr. J.       

miércoles, 24 de junio de 2015

Una persona sin un lugar en la sociedad es como una hormiga sin antenas

¿Qué sucede cuando una persona no tiene un lugar en la sociedad? Una pregunta que no tenía ni cabida ni sentido ya no en las antiguas comunidades tribales, o en las sociedades gremiales de la edad media hasta la edad moderna con la aparición de la revolución industrial, sino incluso en los pueblos de hace unas cuántas décadas atrás, donde cada persona tenía una función dentro de la comunidad donde vivía y que daba sentido personal y social a su vida. Pero una pregunta que, por el contrario, es de rabiosa actualidad en pleno siglo XXI para millones de personas en un mundo desequilibrado por un sistema financiero que promueve y se enriquece con la desigualdad social, donde las personas sin un lugar en la sociedad son como hormigas sin antenas: angustiadas y sin identidad.

En la presente era de la información, del conocimiento, tecnológica o del espacio -como se quiera denominar-, vivimos en una sociedad que forma a millares de personas en disciplinas de conocimiento que no podrán ejercer jamás, ya sea bien por sobresaturación o por crisis del mercado. En otras palabras, nos dedicamos a dirigir y preparar a jóvenes futuros profesionales para que engrosen las listas del paro y la desesperanza. ¿O quién no conoce a médicos, periodistas, psicólogos, profesores, arquitectos, como tantas otras especialidades, que no ejercen como tales? O aquellos que, aun habiendo ejercido por un período determinado de tiempo, ahora se ven abocados abruptamente a la inactividad sin futuro a causa de la quiebra social.

Respecto a los primeros, está claro que es resultado de una mala planificación del sistema, tal cual una programación defectuosa de la sociedad –y más concretamente del sistema educativo-, ya que continúa generando millares de especialistas al que no puede encontrarles una ocupación. Como si una fábrica continuase produciendo millares de pantallas de plasma diarias de última generación para un pueblo rural donde solo un par de casas tienen electricidad. (Quizás tendríamos que apostar más por las habilidades personales de nuestros hijos en vez de por las cualificaciones profesionales que solo busca exceso de mano productiva y no de beneficio social)

Mientras que los segundos, es evidente que son víctimas de un sistema económico basado en un falsa promesa de imparable creciente bienestar personal  –solo hay que recordar los anuncios a bombo y platillo de un pasado reciente de productos de bancos y cajas aptos tanto para albañiles como ingenieros-, que les empujó a empeñarse su vida para, seguidamente, verse despojados de lo que tenían.

La diferencia entre uno u otro grupo, al final, se reduce –dentro de la historia de nuestra estafa económica, social y de valores, que algunos llaman crisis de mercado- en el año de nacimiento de cada cual. El denominador común, a parte de la desesperanza, es la imposibilidad de poder acceder el día de mañana a esa utopía que llaman jubilación, aunque este es un grave problema de futuro que no tiene lugar en las agendas de supervivencia individuales del presente.  

Pero al final, con independencia del grupo al que se pertenezca, actualmente nos encontramos con la realidad objetiva de contar con millones de personas, unas altamente cualificadas intelectualmente y otras con una gran experiencia práctica en sus respectivos campos, que no tienen un lugar en la sociedad.

El hecho que una persona no tenga un lugar en la sociedad, implica por un lado un problema de falta de identidad, ya que no puede realizarse profesionalmente, lo que conlleva a una devaluación personal al no sentirse útil socialmente. Y, por otro lado, acarrea el problema de la imposibilidad de asumir el coste propio de la vida (hipotecas o alquileres de una casa, alimentación, gastos de los hijos, costes del coche, etc), lo que desencadena en estrés, angustia o depresión, que afecta de manera directa la salud mental y emocional de cualquier ser humano.     

Ante esta situación, solo cabe que encontremos sentido a la vida, sabiendo que la vida no tiene sentido si no se la damos nosotros, y que este es un viaje que lleva tiempo y que comienza en nuestro interior.

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viernes, 19 de junio de 2015

Hay quienes, como los monos, les das un diamante y lo tratan como una piedra

Si a un mono le das un diamante, lo tratará igual que una piedra, pues no tiene conciencia de su valor. Al igual pasa con algunas personas, cuyo nivel de discernimiento es tan reducido que consideraciones, favores e incluso generosos regalos lo malconciben como derechos adquiridos y exigibles por no se sabe qué ley cósmica. Una norma impresa en sus defectuosos circuitos neurológicos que les lleva a interpretar un acto de consideración voluntaria hacia su persona –fruto de un comportamiento reflejo de una educación social standard- en una obligación con rango de ley.  

Llegados a este punto, es cuando nos encontramos de frente y por sorpresa con la estupidez, el desagradecimiento y la pobreza de cierta condición humana. Y es cuando uno se da cuenta que, por mucho que nos esforcemos, nunca podremos entablar un diálogo de consenso con un mono o una mona que busca imponer su ley mediante improperios y amenazas, por mucho que físicamente podamos parecernos como iguales. Está claro que ante esta situación, no hay más que poner tierra de por medio y, si el mono o la mona se muestran excesivamente violentos, mostrarles la templada firmeza propia de todo guerrero en medio de una batalla. Ya que la templanza es la manifestación exterior del control de la autoridad interior alcanzada.

No obstante, uno no puede dejar de preguntarse por la causa en la involución en nuestra sociedad de monohumanos, quizás en algunos casos fruto de desequilibrios psicológicos y/o de  inmadurez emocional, y en otros casos, generalmente de manera complementaria, por estados graves de ignorancia que, tristemente, resulta ser un factor exonerante en una sociedad adicta a los reality shows de felpudos ajenos.

El caso es que, quien con monohumanos se junta, acaba por recibir gritos malsonantes, arañazos dementes, mamporrazos de derechos manipulados y mordiscos rabiosos. Así que lo más inteligente es practicar la higiene ambiental, que es aquella que nos garantiza un espacio de seguridad entre nuestro caminar por la vida y los hábitats propios de dicha especie. Y sobre todo, si en nuestro hacer camino al caminar nos cruzamos con alguno de ellos, no dejarnos embaucar mental y emocional por su gran apariencia humana, pues tras las primeras sonrisas y dulces palabras se esconde un espíritu salvaje e insaciable de derechos propios y obligaciones ajenas preparado, por instinto, para mostrar su verdadera naturaleza a la mínima contrariedad.

Amig@, si te encuentras un monohumano en tu peregrinaje por la vida no caigas en la tentación, ya sea por educación o benevolencia humana, de hacerle un favor o algún tipo de consideración, ya que se las harán suyas por derecho adquirido enajenado, convirtiéndote en deudor de obligaciones contraídas por una suma de acontecimientos distorsionados y de historias inventadas donde la sinrazón hila la realidad de su tapiz. El mejor consejo no es otro que seguir tu camino. Y en el caso que no resistas a sus cantos de sirena, si tuvieras la flaqueza emocional de tener que ofrecerles algo, entrégales una piedra, ya que le darán el mismo trato que si les entregaras un diamante: lo utilizarán, tarde o temprano, como arma arrojadiza contra ti.

Por otro lado, si algo hay de positivo en la experiencia con encuentros con monohumanos es que uno aprende cómo son y, por tanto, ya puede olerlos e incluso intuirlos a distancia de cara a un futuro preventivo.

jueves, 18 de junio de 2015

Ante la brecha entre ricos y pobres: Arquímedes, nuevo ministro de Economía

¿Cómo es posible que el número de ricos haya crecido en España un 40% durante la crisis, y que incluso en este último año 2014 ha crecido por encima de la media tanto europea como mundial? Y, a su vez, la brecha entre ricos y pobres alcanza niveles de récords históricos en una España que ya cuenta con el 18% de tasa de pobreza, casi el doble desde que comenzó la crisis.

Los economistas, esos tecnócratas del sistema financiero del libre Mercado, nos argumentarían sobre esta realidad, gráfico multidinámico de tablet en mano y ciertos poses forzados de ilustrísimos de Estado, mediante principios de austeridad marcados por el Banco Central Europeo –fundado a imagen y semejanza del Bundesbank alemán-, llegando a aburrirnos hasta la saciedad, y aún más, embrollando la madeja de tal manera que ni el mismísimo Minotauro sabría encontrar la salida de tal laberinto kafkiano.

En cambio, si en vez de a un economista le preguntásemos a un físico, que deducen los parámetros de funcionalidad de una realidad concreta mediante la simple observación, nos responderían de tal manera que todos los mortales lo entenderíamos: la desigualdad en España que genera la brecha entre ricos y pobres se debe al principio de los vasos comunicantes, cuando una clase social se desequilibra al alza la otra clase social se desequilibra a la baja y viceversa. ¿Será entonces, que los economistas de gemelos en puño blanco no quieren que lo entendamos? Seguramente, será.

Si contásemos con un Arquímedes o a un Pascal como ministros de economía o directores del Banco Central Europeo, tendrían rápida respuesta al actual estado de desequilibrio social y económico: la solución pasa por equilibrar los vasos comunicantes entre clases sociales, lo que en términos económicos significaría redistribución de la riqueza y políticas fiscales e impositivas equitativas (ya que actualmente existe una mayor carga sobre las rentas del trabajo de las clases medias, beneficiando así a las grandes empresas y fortunas por encima del resto de los ciudadanos). Pero claro, esta solución de equilibrar los vasos comunicantes entre clases sociales  suena a herejía populista que sube la tensión arterial a cualquier neoliberal de postín que vive en un coto de bienestar social privado a expensas y exclusión  de los demás.

No obstante, los millones de ciudadanos de segunda y de tercera del mundo occidental contamos con un mecanismo de control de nivel de los vasos comunicantes sociales, que no es otro que el sufragio universal donde una persona es un voto. Así pues, desde nuestra mayoría democrática –que no de recursos financieros-, hagamos uso consciente de nuestro reducto de libertad como ciudadanos del viejo continente y, mediante el poder de las urnas, traigamos a la vida política y económica de nuestros países a Arquímedes o Pascales como garantes de la igualdad social que garantice el regreso del Estado de Bienestar Social al conjunto de los ciudadanos, desterrando a los libros de historia a los trajeados vasallos grises del despiadado Señor de los Mercados.  

lunes, 15 de junio de 2015

La inteligencia colectiva crea millones de combinaciones de mejores realidades posibles

¿Quién no ha jugado al Rubik? Ese cubo de 9  piezas en cada cara, habiendo tan solo 9 piezas de un mismo color en su frontal de un total de 6 colores diferentes. Pues bien, ese objeto limitado que cabe en nuestras manos tiene –según los matemáticos- más de 43 trillones de combinaciones posibles, lo que significa que tardaríamos 1.400 billones de años para realizar todas sus combinaciones, siempre y cuando hiciéramos un giro por segundo. Casi nada!

Si ya nos hemos mareado con las combinaciones posibles de un simple cubo de Rubik de 54 piezas, imaginémonos cuántas combinaciones de sinapsis posibles puede realizar un cerebro humano normal con sus 86 billones de neuronas. De vértigo, ¿verdad?. Con la diferencia que el cubo de Erno Rubik sólo combina colores, mientras que las neuronas de nuestro cerebro combinan realidades posibles.

Y aún más, ¿cuántas combinaciones de realidades posibles pueden realizar la interconexión de 750 millones de cerebros, con sus 86 billones de neuronas cada uno, del conjunto de personas que solo viven en Europa? ¿Y si subimos la puja a los aproximadamente 7.400 millones de habitantes de la población mundial?  Como podemos intuir, la combinación de realidades posibles es prácticamente –al entendimiento humano- infinita.

Así pues, que no nos intenten hacer creer que sólo existe un tipo posible de economía que determina una realidad concreta y exclusiva que premia a unos pocos privilegiados y condena a unos muchos de millones de personas a la miseria y a la resignación del malvivir.

A los líderes de opinión por dedocracia, bienpagados tertulianos de turno, políticos de gomina y comodín, sacerdotes de la capitaleconomía, vacas sagradas de los bancos mundiales y semidioses de las grandes corporaciones financieras y de recursos naturales que nos venden e imponen una sola combinación de realidad posible, tal cual si el cubo de Rubik tan solo tuviera una única combinación realizable, hay que decirles bien claro y alto que no nos interesan sus juegos de malabares por casar una combinación limitada de realidad posible con sus intereses partidistas.

No obstante, la noticia positiva del relato es que en la actualidad, en una Tierra global, nos encontramos ya en los albores de una era en que millones de estructuras neurológicas se interconectan para crear y enriquecer nuevas ideas que dan forma a realidades posibles y alternativas a las actuales, mucho más justas y equitativas social y económicamente en pos de salvaguardar el derecho que tiene toda persona a una vida digna. Puesto que la inteligencia colectiva, mucho más rica por una simple cuestión estadística, tiene como característica innata la reivindicación del bien común frente al bien individual de la inteligencia endogámica de unos pocos que, a día de hoy, aún dirigen de manera sectaria el destino de la vida del resto de los mortales.

Y a diferencia de las piezas de Rubik, la estructura neurológica globalizada crece y se expande como un organismo vivo, multiplicando sus combinaciones de realidades posibles a la vez que se retroalimenta de nuevas y actualizadas ideas a tiempo real en la interconexión de millones neuronas por todo el planeta en la búsqueda de un mundo cada día mejor.

Así pues, cada cual a su pequeña escala, ayudemos a romper esquemas mentales intuyendo nuevas y mejores versiones de realidades posibles, formando parte de esa inteligencia colectiva donde la importancia no radica en el punto que representamos, sino en la imagen global del dibujo que trazamos.

martes, 9 de junio de 2015

La verdad: la gran quimera de los mortales con múltiples caras

Jano, dios romano de las puertas, los inicios y los finales
¿Es posible que una circunferencia englobe a otra circunferencia y que a su vez esté en el interior de esta última? ¿O que una caja esté dentro de otra caja y ésta a su vez encierre a la primera? La respuesta, aunque parezca de locos, es que sí. De hecho, es una dinámica tan común que todo nuestro universo funciona de esta manera, a la que los humanos lo hemos etiquetado como dinámica toroidal. Tanto es así que el universo, a nivel macro y micro, es una fábrica de toroides. Aún más: el toroide no es más que la propia respiración del universo.

Si el universo juega con este complejo sistema energético-geométrico con el que crea realidades múltiples, a la hora de determinar el concepto de verdad de una circunstancia o situación, ¿cuál es la verdad? ¿Aquella que engloba otra verdad? ¿Aquella que se haya dentro de la verdad global? ¿O aquella que engloba otra verdad y que a su vez está incluida dentro de esta verdad?

La respuesta es obvia bajo el teorema toroidal: las tres opciones son verdad, pero su percepción subjetiva como tal dependerá del lugar de referencia del observador que realiza el juicio de valores de la circunstancia o situación en concreto.

Visto lo expuesto, queda claro que la verdad es un enjuiciamiento subjetivo y por tanto relativo. Es por ello que los hombres sabios siempre nos recuerdan que la verdad se encuentra en el punto medio de dos concepciones de una misma realidad. No obstante, el resto de mortales, mucho menos sabios, concebimos la verdad según el volumen de adeptos que conseguimos a la descripción subjetiva de una realidad acontecida –que acaba desvirtuándose de su origen de tanto recrearla- (cuántos más seguidores de tu verdad tienes, más verdad es tu verdad, aunque no sea cierta);  y a la capacidad pulmonar en vociferarla y hacer ruido social con ella –en algunos casos, por necesidad patológica de retroalimentarse con emociones tóxicas en personas con estados desequilibrados- (cuánto más gritas, más verdad es tu verdad, aunque sea un saco de sinrazones). Mientras que ya en el plano plenamente jurídico, la verdad, como trofeo a conseguir, acaba reduciéndose a la capacidad y maniobrabilidad de recursos económico-legales de los implicados, como en toda batalla.

No obstante, con independencia de quién gane la contienda social en este teatro que es la vida sobre el derecho al título de la verdad de un acontecimiento, la verdad en el reino de los hombres se asemeja al dios romano Jano de las dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil, ya que Jano es el dios de los comienzos y de los finales. Y es que, en definitiva, la verdad, cuando se presenta en el mundo de los mortales, siempre es un punto y aparte donde algo viejo concluye y algo nuevo se inicia. Una muerte y un nacimiento simbólico de una singularidad en la dinámica toroidal sin fin de nuestra vida.

Así pues, ignoremos la verdad social, quedémonos con nuestra verdad personal, y vivamos la vida como podamos.  

viernes, 5 de junio de 2015

La libertad requiere de una poda personal periódica

Es tiempo de poda personal.

Cuando llega un momento en que nos encontramos prácticamente asfixiados por el enredo de nuestro follaje de proyectos y obligaciones sociales, que nos impiden vivir desde nuestra esencia, es que ha llegado la hora de la poda de tallos, hojas, flores y frutos personales que se alimentan de nuestra propia chispa vital.

Es tiempo de poda personal, cuando los quehaceres diarios se convierten en parásitos adheridos con fuerza, garra y gancho a nuestra fuerza vital, suplantando incluso nuestra propia identidad en el mundo exterior para darse razón de ser, existir y perdurar, con la misma finalidad que las bellas plagas que devoran a los árboles desde su interior.

Es tiempo de poda personal, cuando la copa pesa ya demasiado y pone en serio riesgo de quebramiento al tronco que poco más puede soportar frente a los devaneos de los vientos caprichosos y azarosos de un entorno impredecible e impermanente.

Es tiempo de poda personal, cuando uno se mira y ya no se reconoce, porque el follaje social no le deja sentir ni su propia savia.

Es entonces que, ya sea por agotamiento, ahogo o sinsentido, uno llega al entendimiento íntimo de que ha llegado la hora de desenraizarse del espacio conocido, desapegarse del juego de rol que desempeña, desprenderse de compañías tóxicas, ropajes inútiles y cargas insalubles, y aligerar el camino. Todo ello con la autocomplacencia del deleite en fumarnos una buena pipa, como regalo reflexivo previo a reiniciar el viaje de la vida. Eso sí, rehaciendo camino al andar sin volver la mirada atrás, no sea que por desobediencia de los avisos bíblicos y coránicos nos suceda lo mismo que a la mujer de Lot.

Y tras ese acto disciplinado de firme voluntad –no exento de esfuerzo y dolor- de poda personal, poder volver a sentir en nuestros rostros la frescura del viento siempre renovado, el calor revitalizante del sol sobre nuestra piel, y el agua de lluvia que empapa y limpia nuestra alma, mientras por el camino nos tomamos el tiempo necesario para curar las cicatrices de la tala, a la espera que tarde o temprano germinen nuevos y renovados brotes de una vida que por no saber, solo sabe que sus pasos le conducen a un nuevo horizonte.

Peregrino de la vida no hay libertad, solo se hace uno libre al volar consciente y desnudo hacia un horizonte desconocido sin volver la mirada atrás.