martes, 3 de febrero de 2015

Reinventarse sí, pero sin trabas del Estado, por favor

Reinventarse o morir, esa es la gran enseñanza de la crisis. Pero para poder reinventarse, antes hay que desapegarse de un pasado que no existe. Un condicionante psicológico por lo que miles de personas hemos tenido que pasar, en un trabajo consciente o inconsciente de gestión emocional, consumiendo más o menos tiempo vital según cada cuál, hasta aceptar el punto en el que nos encontramos y, desde esa aceptación del aquí y el ahora, renovar las fuerzas para poder reinventar un nuevo futuro. O, lo que es lo mismo, reiniciar la creación de una nueva historia personal. Una historia donde el protagonista es la persona, que puedes ser tú, yo o el vecino, con nombres y apellidos, con proyectos e ilusiones, con familia y vida social y, por supuesto, con una vida económica que dignifique la condición del ser humano.   

Sí, el ciudadano de a pie, esa persona de 30, 40, 50, 60 o 70 años, considerada en algunos círculos propios del Mercado como ciudadano de segunda, y por tanto con derechos de bajo nivel y obligaciones de alta intensidad, en antaño merecedor del título social de clase media, ha superado con nota la prueba psicológica de desapegarse de un pasado ya inexistente para reafirmarse en sí mismo como individuo y así poder reinventarse.

Reinventarse no es más que emprender un nuevo camino, dirigir la mirada hacia un horizonte que se intuye pero aún no se ve, buscando nuevos paisajes donde poderse autorrealizar como persona y encajar como individuo de una sociedad, con el paso prudente y sabio de la experiencia acumulada, y empujado por la inercia de la fuerza de la esperanza y los vientos de la ilusión por alcanzar una vida mejor. Y justamente este impulso emprendedor de suma de miles de  individualidades de un gran capital humano en España, que desean reinventarse por derecho natural y crear actividades socioeconómicas allí donde no las hay, es el que genera un movimiento colectivo hacia delante, el que crea valor social y un tejido productivo económico que permitirá al Estado avanzar, superar la crisis y crear un país mejor basado en el bienestar social.

Pero a estas alturas de la película, nuestro Estado continúa apegado a un pasado inexistente y, por tanto, negando la mayor de la situación real actual de nuestra sociedad. Así, frente a cualquier nueva iniciativa emprendedora, que desea reinventarse e innovar personal y socialmente, la boicotea con un sistema administrativo y legal exasperante y agotador, y una maquinaria fiscal e impositiva penalizadora solo apta para economías privilegiadas, muy alejado de las políticas de emprendedoría de Gran Bretaña, Francia o Alemania, y más propio de un Reino recaudador decimonónico. Llegados a este punto, uno se llega a cuestionar las intenciones reales de la maquinaria de nuestro Estado y sus gobernantes, en un país donde una pequeña minoría de ciudadanos de primera, de respetables apellidos, se enriquecen objetivamente de la pobreza colectiva. Sin entrar a valorar el papel de las entidades financieras, cuyo saneamiento ha ido a cargo del conjunto de los ciudadanos, pero cuyas condiciones de préstamos al consumo son parejas a solicitar la condición de virginidad a un divorciado/a.

Amig@, todos tenemos la capacidad innata de reinventar nuestras vidas. Que no te digan lo contrario, pues tuyo es el derecho natural a una vida digna. Pero así mismo, todos tenemos el derecho a exigir que no nos pongan trabas en nuestro esfuerzo por reinventarnos, ya que la gestión de la reinvención y la innovación es un derecho y una obligación compartida entre individuo y Estado al que pertenece. Y, además, existen tantos modelos económicos de Estado como tipos de sociedades se deseen construir. Así pues, nuestra es la elección tanto de reinventarnos como de la sociedad por la que apostamos.

(Artículo publicado en Cataluña Económica)