martes, 29 de diciembre de 2015

Hoy camino con el paso del ritmo del futuro abierto

El futuro se inerva con decenas de filamentos imperceptibles, para ojos ciegos, del destino que vamos dando forma al ritmo de nuestro propio paso por la vida. Sin más certeza en nuestras vidas que aquel fino trazo invisiblemente luminoso que misteriosamente nos sostiene entre la vida y la muerte, en un universo sobresaturado en medio de la nada.

Pero el futuro también tiene sus propios ritmos, al igual que el oleaje del mar, o el respirar de los seres vivos. Si todo en la vida de este universo conocido está en continuo movimiento, no uniforme y rectilíneo, sino con una marcada oscilación pendular debido a la dualidad de todas las cosas que conforman la naturaleza: nacimiento-muerte, fío-calor, día-noche, tristeza-alegría, inspiración-expiración, positivo-negativo, éxito-fracaso, en un claro contrapeso de opuestos sobre la naturaleza polarizada de cualquier realidad existente que forma parte inherente del movimiento en la vida, ¿por qué va a ser diferente el futuro?.

A veces el ritmo del futuro se estanca, siendo entonces que nos sentimos atrapados en medio de una circunstancia que, sin saber cómo salir de ella -como protagonistas de un gif animado-, convierte nuestras vidas en un bucle de un continuo hoy prácticamente inalterable, donde presente y pasado se confunden.

A veces el ritmo del futuro se proyecta con fuerza hacia adelante, más allá de nuestro limitado campo de visión, pudiendo intuir un horizonte hacia el cual nos vemos lanzados como flecha que busca alcanzar su objetivo, donde la esencia del presente se desvive y transforma a cada nuevo suspiro en un futuro continuo.

A veces, en cambio, el ritmo del futuro no se encuentra ni estancado ni proyectado, tan solo abierto al devenir de los acontecimientos, siendo entonces que las hebras del destino personal se conforman día a día, al paso de un presente sin más expectativas que aceptar la impermanencia e inconsistencia de la propia realidad, que no es más (ni menos) que cooperar incondicionalmente con lo inevitable.

Un futuro de ritmos diferentes, según nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo referenciado en cada momento de nuestra historia personal, que se alternan en el movimiento pendular de nuestra propia existencia, como ciclos vitales necesarios que nos permiten madurar en el tránsito de una a otra etapa de la vida, de manera tan natural como pueda ser el devenir sinfín de las estaciones.

Un futuro de ritmos diferentes, cada uno con su peculiar naturaleza propia, para diferentes momentos de la vida de una persona. Un futuro de ritmos diferentes que se alternan entre sí de manera discontinua, y sin otro patrón de comportamiento discernible más allá del que pueda sustraerse del proceso evolutivo de madurez personal de cada ser humano. Un futuro de ritmos diferentes que, al depender de nuestro nivel de aprendizaje y crecimiento personal con la vida, nos sitúa en posiciones espacio-temporales diversas a lo largo de nuestra existencia con respecto al mundo y la realidad más inmediata que nos rodea.

Pero solo cuando el ritmo del futuro nos es abierto, contrariamente a presentarse como estancado o proyectado, es cuando las posibilidades de futuros posibles se multiplican en nuestra vida. Pues es entonces que los filamentos de nuestro destino personal -que se regenera mediante nuevas hebras día a día- tienen la actitud activa de interconectarse poliédricamente con los innumerables puntos de referencia que conforman la vida en su dimensión más diversa y vasta. Una actitud que no solo nos conecta con la riqueza de la vida, sino que nos permite iluminar y disfrutar de la textura de la intensidad de los momentos presentes que manifiesta la vida a nuestro paso.

Hoy camino por la calle, un día primaveral cualquiera de un inusual diciembre de fin de año, con un futuro de ritmo abierto, abierto a las múltiples posibilidades que puede ofrecerme la vida. Sin más expectativa que disfrutar de este futuro sereno, consciente que en mi caminar me desprendo continua e irremediablemente de mi presente, que ya es pasado.

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Recopilación de artículos:


viernes, 25 de diciembre de 2015

Hoy, día de Navidad, celebramos nuestra eterna lucha del bien sobre el mal

Hoy es Navidad, y más allá de celebrar el nacimiento de Jesús, el mesías cristiano, se celebra la victoria del bien sobre el mal. Y así ha sido a lo largo de la humanidad, pues antes de Jesús nació el 25 de diciembre Horus, el dios egipcio (3.000 a.C.), seguido de Zarathrustra, el dios persa (1.000 a.C.); Krishna, el dios indio (900 a.C.); Heracles, el dios egipcio (800 a.C.); Mithra, el dios persa (600 a.C.); Buda, el dio budista nacido en Nepal (563 a.C.); Dionisio, el dios “Salvador” griego (500 a.C.); Tammuz, el dios babilónico (400 a.C.); Adonis, el dios fenicio (200 a.C.); y Hermes, el dios mensajero griego (200 a.C.). Prácticamente todos ellos con un denominador común: nacieron un 25 de diciembre en un pesebre anunciados por una estrella, fueron visitados por hombres sabios (Reyes Magos) con costosos regalos, transformaron agua en vino o multiplicaron los panes, sanaron enfermos y caminaron sobre las aguas, realizaron procesiones triunfales en burro, resucitaron entre los muertos y ascendieron a los cielos. Diferentes culturas, con una misma raíz mitológica, y un mismo mensaje de esperanza, salvación y redención para el ser humano basado en una actitud de hacer el bien con uno mismo y ante los demás.

Sí señores, así es, la lucha entre el bien y el mal es una constante eterna en nuestra condición humana. Y celebrar la victoria del bien sobre el mal, en fechas tan señaladas para el mundo occidental como es el día de Navidad, no es más que una clara intencionalidad de intentar trascendernos sobre nuestra propia condición de seres con una clara naturaleza mitad oscura, por no decir malvada. ¿Quién acaso no ha hecho daño a otras personas, de manera consciente o inconsciente, por activa o pasiva, a lo largo de su corta o larga vida? Quién esté libre de mal, que tiré la primera piedra.

El bien y el mal coexisten de manera tan indisociable en la condición humana como hablar del día y la noche, las cuales no pueden existir la una sin la otra. Por lo que nunca podrá ganar la una sobre la otra, seamos realistas. Tanto el bien como el mal, en la historia de la humanidad, pueden ganar batallas, pero nunca la guerra, pues ambas forman parte de una misma naturaleza alternante, impermanente y en continuo cambio y transformación: el ser humano. Tanto es así que igual que al centauro no se le puede exigir que sea totalmente hombre o totalmente animal, las personas no pueden ser totalmente buenas o malas. Por injusto que nos pueda parecer el mundo fruto de las acciones –muchas de ellas aberrantes- que firma de puño, letra y sangre el propio ser humano.

Llegados a este punto, ¿podemos decir en días tan señalados de exaltación del amor y del bien supremo como es la Navidad, y a las noticias de injusticia humana de rabiosa actualidad en el mundo entero me remito, que el hombre y la mujer son seres imperfectos al albergar la semilla del mal dentro de sí mismos? Ante los ojos de los arquetipos divinos que adoramos en estas fechas, sea cual sea nuestro credo y lugar de nacimiento, seguramente, sino no nos harían falta sus enseñanzas. Pero, en un universo polarizado como el que nos ha tocado vivir, ¿qué es la perfección? ¿La ausencia del mal, y con ella el dolor, la tristeza y el sentimiento (siempre cultural) de injusticia? Podría ser, pero entonces ya no hablaríamos de seres humanos, sino de otro tipo de ser de naturaleza diferente. Hablar de seres humanos perfectos en su bondad es como hacer alusión a un océano sin oleaje, a un día sin noche, a un clima sin tempestades, o a una vida de éxitos sin fracasos, y por tanto sin dolor. Algo que no existe en la arquitectura cosmológica de nuestro mundo.

No obstante, por encima de la cualidad del hombre y la mujer como seres mitad buenos, mitad malos, está la consciencia, la cual puede hacer imponer una de las dos tendencias de nuestra propia naturaleza en el quehacer de la vida diaria . Pero no hay consciencia que tome el control sobre las riendas de nuestra doble naturaleza, sin trabajo interior. Alimentar la luz, o desencadenar las sombras que forman parte de nuestra esencia como seres humanos es un trabajo individual e intransferible. Llamémosle ser buenas personas, tener autocontrol, gestionar las emociones o como nos plazca. El trabajo personal sobre uno mismo, que afecta de manera directa en cómo nos comportamos ante el resto del mundo –comenzando por los más allegados-, es una actitud que lleva al hábito, pero no hay hábito sin práctica, ni práctica sin disciplina interior.

Lo relevante es que, si paramos atención, podemos observar nuestros pensamientos, los cuales siempre llevan consigo su carga correspondiente de sentimientos hacia aquello que nos focalizamos. Y eso que justamente observa lo que pensamos y sentimos, es nuestra consciencia. A partir de  aquí, si podemos observar, podemos actuar interiormente en modificar ese pensamiento y sentimiento observado que alimenta nuestra mitad oscura del alma.

Así pues, no podremos cambiar nuestra dualidad como seres de luz y oscuridad, pues forma parte de nuestra (imperfecta?) condición humana, pero sí tenemos la plena responsabilidad con nosotros mismos y frente el mundo sobre cuál de ellas decidimos alimentar y engrandecer.

Felices fiestas y una vida digna en paz y prosperidad para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Que la fuerza, de la Luz y el Amor, nos acompañe.

jueves, 24 de diciembre de 2015

España se reformula entre votantes activos y pasivos, la nueva y la vieja democracia

Si algo definía al panorama político español previo a la crisis, es que el rasgo de una España dividida entre derechas e izquierdas se había convertido en una máxima histórica desdibujada por las políticas económicas tan similares llevadas a cabo por los dos partidos que han gobernado el país hasta la fecha de manera alterna, pp y psoe, hasta el punto que ya comenzaban a considerarse a ojos de los votantes como una sola opción política denominada “ppsoe”. Una circunstancia provocada en gran medida por la progresiva cesión de soberanía nacional a favor del aparato político centralista de la Unión Europea, y agudizado en última instancia por el férreo control económico y comercial impuesto por los tecnócratas de Bruselas (bajo premisas neoliberales, no lo olvidemos).

Una España de izquierdas y derechas desdibujadas que, en menos de una década y a causa de las desigualdades sociales emergidas a causa (aprovechada) de la actual crisis socioeconómica, se ha llegado a conceptualizar epidérmicamente entre el conjunto de la ciudadanía como una España dividida en dos clases sociales: los de arriba y los de abajo. Lo que ha permitido la irrupción, en medio de un panorama político enajenado al sufrimiento de una clase social media que se ha visto velozmente aniquilada, de nuevas formaciones políticas surgidas desde la movilización ciudadana. 

Pues si la crisis algo nos ha hecho despertar de la realidad, tras el pinchazo de la burbuja del Estado del Bienestar, es que en nuestra joven y manipulada democracia existen ciudadanos de primera y de tercera, y que el principio de igualdad de oportunidades y el derecho a una vida digna solo es apto para ricos y familias aposentadas en el stablishment de las instituciones del Estado (lo cual choca de manera directa contra el espíritu y los principios esenciales de nuestra constitución)

Un panorama político que nos ha conducido a las recientes pasadas elecciones generales del 20D, donde sin duda observamos gratamente que el nivel de madurez de nuestra democracia ha dado un pequeño salto cualitativo (forzado por exigencia ciudadana), no solo por la pluralidad de opciones políticas que irrumpen en el escenario parlamentario, sino por el avance en materia de exposición y debate de programas ideológicos a lo largo de la campaña electoral, o por la idea generalizada a minuto uno del cierre de urnas de reformar la actual ley electoral a favor de una circunscripción única donde un ciudadano es igual a un voto, por poner un par de ejemplos.

Pero si algo deseo subrayar, como objetivo principal de este artículo, es que nuestro país tras el 20D, más allá de definirse por estar dividido entre derechas e izquierdas, o entre votantes de los de arriba y los de abajo, está dividido entre votantes activos y votantes pasivos. Me explico. Los partidos emergentes, al surgir de los movimientos sociales, han propiciado de manera idiosincrásica la participación activa de sus simpatizantes, no solo en la movilización de actos electorales, sino incluso en el debate y elaboración de todos y cada uno de los puntos programáticos que tienen la voluntad de convertirse en futuras leyes que produzcan un cambio en el país. Mientras que los partidos tradicionales se han limitado, por inercia histórica, a elaborar sus programas electorales en despachos cerrados, sin dejar participar a su electorado potencial más allá de las tendencias recogidas en los sondeos de mercado. En definitiva, aquí vemos una clara confrontación entre la cultura de la democracia directa y real (donde el ciudadano es protagonista y partícipe activo), frente a la democracia representativa (todo para el pueblo, pero sin el pueblo).

Asimismo, otra de las características que se pueden extraer tras las elecciones del 20D, es que los votantes activos se sienten identificados y más cómodos con un discurso intelectual, en el que se ahonda en los argumentos políticos que afectan la vida cotidiana de las personas. Mientras que los votantes pasivos se sienten atraídos por mensajes más emocionales, donde la exaltación de un sentimiento identitario común enfrentado a terceros tiene un peso relevante en su elección del voto en detrimento del resto del programa electoral, que suele ser de baja intensidad política (propio de exaltación de banderas, como en las consignas: “Yo soy español”, -como si los demás no lo fuéramos, y solo por gritar nuestra españolidad (multiterritorial) se solucionasen todos los problemas-). En este sentido, y según las estadísticas, el votante activo es mayoritariamente joven y preparado (propio de una España ilustrada), mientras que el votante pasivo es mayoritariamente mayor, con una media de edad superior a los 50 años, y vinculado al mundo rural.

En este nuevo contexto de un país dividido entre votantes activos y votantes pasivos, está claro que, bajo parámetros de evolución natural de la pirámide poblacional, España se encamina hacia una democracia más exigente y crítica, y por tanto más madura. Dejamos atrás la era del votante dócil y ciego frente a la gestión de sus gobernantes (campo de cultivo para la corrupción y la impunidad política), y entramos en una nueva era donde el votante, con plena consciencia de ciudadano con plenos derechos y poderes democráticos, exige participación activa y control en la gestión política que afecta de manera directa su vida.

Así pues, lo queramos o no, todo apunta a que nos encontramos en una segunda, renovada y mejor versión de transición democrática. A partir de aquí, ahora solo cabe afrontar los nuevos e inminentes retos que nos depara una democracia española más madura. Si sabemos estar o no a la altura de las circunstancias, el tiempo lo dirá...


Scientia liberates

domingo, 20 de diciembre de 2015

Hasta lo más importante no es importante cuando lo que realmente importa requiere de tu atención

Hasta lo más importante no es importante cuando lo que realmente importa requiere de tu atención, me he dicho a mí mismo esta mañana cuando estaba en la cocina preparando la comida.

No, no señor, no se trata de un juego de palabras. Se trata de aceptar la realidad tal y como es y nos viene, ya que lo contrario ante una posible expectativa no realizada de cómo nos hemos imaginado que sería una situación y como sucede finalmente, por cotidiana y mundana que sea, no es más que alimentar la frustración. Y ya sabemos que la frustración, que nos apega a un pasado que no fue, es el virus que ataca ferozmente la autoestima en dosis alternas y complementarias de rabia y autocompasión.

Si no aceptamos el momento que vivimos, nos guste más o menos, la vida en continuo y eterno presente pasa de largo a nuestro alrededor mientras quedamos retenidos en un pasado frustrado que no existe. Por ello es tan importante la aceptación, porque no solo nos permite vivir y disfrutar de los instantes que tenemos en cada momento de este presente, sino porque tan solo viviendo desde este presente podemos reinventarnos hacia un futuro mejor.

Y no nos equivoquemos, aceptación no es sumisión, pues la sumisión conlleva implícitamente un espíritu de derrotismo. La diferencia es una cuestión de actitud frente al punto de partida de la historia en la que nos encontremos: la actitud de rendirse del que se siente sumiso a un fracaso, o la actitud de retomar fuerzas y volver a luchar por ganar nuestra particular batalla desde la aceptación de lo que tenemos y somos.

No hay aceptación sin desapego de aquello que fue o pudo ser y ya no es, ni reinvención de nosotros mismos y de nuestras circunstancias sin aceptación de donde estamos. Una aceptación que nos permite vislumbrar, en medio de nuestro nublado campo de visión, que aquello que creíamos tan importante y que se nos ha frustrado por el camino, deja de ser importante al formar parte de un pasado ya inexistente, por reciente que sea.

Y es justamente esa aceptación, la que nos ilumina como un poderoso foco sobre aquello que realmente importa en nuestras vidas en este justo momento presente, y a lo único a lo que merece y debemos prestarle nuestra atención. Pues al aceptar lo que transcurre en nuestra vida vivimos el presente, y solo viviendo en el presente podemos ser conscientes de lo que realmente tiene importancia en nuestra vida.

Quizás la aceptación del momento presente sea una cualidad que se gana con la edad, cuando mente y corazón dejan de vascular entre el ayer y el mañana como barco zarandeado entre agitadas olas en alta mar. Y es ahí, navegando en la inmensidad de un mar sereno, que la visión de nuestra consciencia se expande para poder ver, más allá de aquello que creemos más importante, lo que realmente importa.

Sea como fuere, si algo parece verdad, es que el estado de la mar por la que navegamos en la vida no deja de ser un reflejo del grado de importancia y atención que nos concedemos a nosotros mismos. A mayor importancia autoconcedida, menor consciencia de lo que realmente importa.

Artículo relacionado:
-Aceptación no es sumisión, es afianzarte en tu Autoridad Interna

jueves, 17 de diciembre de 2015

Vivimos en una sociedad de mantequilla indolora, y por tanto insensible a las injusticias

Recuerdo con cierta ternura, en mi joven época de estudiante, que solía ir a casa de un viejo filósofo con el que tertuliaba sobre temas tan trascendentales como profundamente humanos de los misterios de la vida al calor de una infusión. El viejo filósofo, que me trataba con la indulgencia de un sabio al contemplar la osadía de un joven que ya entonces fumaba en pipa y que se había atrevido a escribir una obra sobre Nietzsche –creo que entonces tenía 19 años-, destacaba en su pensamiento filosófico por afirmar que la sociedad contemporánea se distinguía del resto de sociedades habidas a lo largo de la historia de la humanidad por ser una sociedad sin dolor. Pero no porque el dolor, como entidad en sí misma, hubiera desaparecido de la faz de la Tierra, sino porque lo habíamos extinguido de nuestras sociedades occidentales de manera artificial en un acto reflejo por evitar el miedo que nos supone el sufrir dolor alguno en nuestras propias carnes como seres conscientes. Tanto es así que frente a una enfermedad, lo primero que hacemos es tratar el dolor y, a posteriori, tratamos la enfermedad. E incluso evitamos el dolor en procesos tan naturales de la vida misma como es a la hora de un parto o incluso a la hora de afrontar la propia muerte.

Sí, nuestra sociedad evita el dolor a toda costa y en cualquier circunstancia de la vida cotidiana de las personas, solo tenemos que dar una ojeada a nuestro entorno más inmediato. En contraposición, exaltamos todo aquello que nos haga sentir alegría, placer, bienestar, euforia, deleite o felicidad. En este sentido, podemos decir que nuestra sociedad es hedonista, pues buscamos satisfacer nuestros deseos de manera inmediata y prolongada en el tiempo (quizás por ello la era tecnológica que nos permite refugiarnos en mundos virtuales “no reales” tiene tanto éxito, aunque este es tema para otro artículo).

Esta característica cultural de nuestra sociedad de rehusar el dolor, que se nos implanta en el subconsciente incluso en el momento anterior a nuestro nacimiento, hace que siempre miremos hacia otro lado frente a situaciones incómodas que violentan y comprometen nuestra consciencia como seres humanos. Un acto reflejo que nos convierte en seres insensibles ante las injusticias sociales del mundo, pues estas conllevan de manera intrínseca el reflejo de un dolor ajeno que deseamos evitar.  

La consecuencia directa de una sociedad indolora, no es tan solo que es una sociedad insensible a las injusticias, sino que retrata sociedades fácilmente dóciles y manejables –justamente por el miedo a sufrir dolor-, lo que las distingue por ser de espíritu débil, tan dúctiles como pueda ser moldear la mantequilla. Y justamente ese espíritu colectivo de mantequilla como sociedad se traslada y manifiesta, de manera inevitable, en los espíritus de mantequilla de prácticamente todos y cada uno de sus ciudadanos a título individual. Así pues, ¿cómo vamos a luchar contra las injusticias sociales, por muy próximas que las vivamos, si estamos insensibilizados al dolor propio y ajeno y nuestros espíritus son dúctiles como la mantequilla?

Además, y por si fuera de poco rubor, si algo nos distingue en las sociedades indoloras del bienestar, como ciudadanos con espíritu de mantequilla, es que exigimos muchos derechos pero sin la contrapartida de obligaciones alguna por nuestra parte -con la nula efectividad de un niño que tiene una rabieta porque no quiere levantarse del sofá en busca de un vaso de agua ante la negativa de su madre-, pues no hay espíritu de mantequilla que no se derrita y autoderrote frente a un mínimo esfuerzo.  

La parte positiva de la situación es que una sociedad indolora –al contrario de lo podemos creer-no es incompatible con una sociedad sensible, pues es justamente el conocimiento de las injusticias humanas en un mundo globalizado lo que despierta la sensibilidad y la consciencia por la justicia social. En otras palabras: no hay acción transformadora del mundo sin sensibilidad, ni sensibilidad sin conciencia, ni conciencia sin conocimiento.  Por lo que una buena gestión del conocimiento en materia de derechos humanos y sociales –desde las escuelas, hasta las instituciones, pasando por los medios de comunicación-, es clave para transformar los espíritus de mantequilla de los ciudadanos (entre ellos, los jóvenes) en personas con espíritu lo suficientemente empoderados para afrontar los retos que depara la vida diaria, y por ende, capacitarlos con la fortaleza necesaria para transformar el mundo.

Mientras tanto, en las sociedades indoloras del bienestar continuamos tapando las injusticias humanas en el mundo -próximas y lejanas-, bajo la insensible capa untosa de mantequilla de la que están hechos nuestros espíritus. Ante el dolor ajeno, indiferencia (que es lo mismo que complicidad silenciosa). Y si es por desconocimiento (que no exime de responsabilidad moral), mucho mejor.

martes, 15 de diciembre de 2015

Solo España puede erradicar la muerte infantil del mundo por 4 décadas con lo que se gasta en 1 submarino militar

Acabo de leer el excelente especial gráfico sobre gasto y deuda militar española publicado por eldiario.es, y divulgado hace 3 horas a través twiter por su director Ignacio Escolar, el cual expone que España nos hemos gastado 30.000 millones de euros en armamento militar, lo que conlleva unas deudas para las arcas del Estado de 21.400 millones de euros que deberá acarrear el próximo ejecutivo en la siguiente legislatura. Ya que como país  –gracias a la gestión del ministro de Defensa, ex directivo de una de las grandes empresas armamentísticas españolas, y bajo el beneplácito del presidente del Gobierno-,  tenemos pendiente el pago de 1.764 efectivos entre carros de combate, aviones, misiles, submarinos, cazas, aviones de transporte o fragatas y buques. Armamento que según los analistas militares tienen nulo valor estratégico y que se han adquirido por su capacidad “disuasoria”.

Pero (i)lógica militar a parte, cabe apuntar el valor de estos efectivos por unidad. Veamos: un avión Eurofighter 2000 cuesta 145 millones de euros, un tanque Leopard cuesta 10 millones de euros, un misil Taurus cuesta 1,4 millones de euros, un helicóptero Tigre cuesta 63 millones de euros, un submarino S-80 cuesta 533 millones de euros, un barco de guerra cuesta 355 millones de euros y una Fragata F-105 cuesta 145 millones de euros. Y a partir de aquí, solo toca llenar la cesta de la compra.

Esta realidad contrasta con el dato objetivo que cada día mueren en el mundo 17.000 niños por causas evitables, según UNICEF (organismo de Naciones Unidas), de los cuales 10.000 muertes diarias están directamente relacionadas con el hambre por desnutrición aguda. Es decir, una tasa de mortalidad flagrante que provocaría que en una sola semana no quedara ningún habitante vivo en una capital de provincia como Tarragona, que en solo dos meses no quedara nadie en Sevilla, o que en 5 meses no quedara ningún habitante en Barcelona ciudad.

La parte positiva, es que con tan solo 12 euros se puede salvar de la muerte segura a 3 niños por desnutrición severa. Lo que significa que si España dedicase su gasto de la compra de un solo submarino S-80 a luchar contra la desnutrición aguda infantil, salvaríamos la vida de 133.250 millones de niños, o lo que es lo mismo, erradicaríamos del mundo la muerte por hambre infantil durante 13.325 días, que representa la no friolera cifra de 36,5 años, casi 4 décadas. ¿No es esta una mejor y mayor eficaz política de cooperación al desarrollo internacional, en lugar de gastarnos el dinero de los contribuyentes en un recurso público que no necesitamos y del que solo se beneficia la industria privada armamentística?

Lo que queda claro a estas alturas de la película, es que realmente a los contribuyentes de cualquier país occidental salvar vidas nos sale muy barato, mientras que matar vidas nos sale muy caro. Pero como todo en esta vida, lo barato aunque aporte la paz y la defensa de los derechos humanos no interesa al no generar dividendos privados. Pues el capital mira por sus saldos financieros positivos, que en una distorsionada y enfermiza economía de mercado global se contrapone de frente con la posibilidad de generar saldos sociales positivos a nivel global.

No obstante, no tenemos que perder de vista que esta manera de hacer “política internacional”, que conlleva perdurar las desigualdades y la injusticia social en el mundo, se financia con dinero público, es decir, con dinero de todos. Y que quienes gestionan este dinero, con independencia de sus intereses y sus visiones partidistas y clasistas del mundo –donde unos tienen derecho a vivir, y otros no-, son ciudadanos de carne y huesos como el resto de mortales que pueden ser elegidos o reprobados de su función pública mediante procesos electorales periódicos en las sociedades democráticas. Así pues, dejémonos de hipocresías, pues en nuestro voto se refleja el nivel de conciencia y de desarrollo humano de nuestras sociedades.  

sábado, 12 de diciembre de 2015

Nosotros, los ciudadanos del primer mundo, somos el Capitolio de Los Juegos del Hambre

¿Quién no ha visto la serie cinematográfica “Los Juegos del Hambre”?, ahora de rabiosa actualidad por el estreno de su última entrega: Sinsajo 2. Una película entretenida que nos hace disfrutar de un buen rato de nuestro tiempo ocioso en cómodas butacas del cine mientras degustamos unas palomitas con un refresco en salas climatizadas. Y tras salir de la sala del cine, valoramos la excelencia de sus escenas de acción, los efectos de última generación, la espectacularidad del ambiente y del vestuario, e incluso lo guapos que son los protagonistas. Y, acto seguido, ya pensamos en la película del próximo nuevo estreno.

Lo que muchos de los espectadores no relacionan al salir del cine, es que la visión del mundo que expone la película (una minoría de ciudadanos que viven con privilegios de ricos en un espacio llamado Capitolio, frente al resto de la inmensa mayoría de la población del planeta que malvive en los llamados Distritos que están divididos por áreas de producción de bienes y productos que nutren al citado Capitolio), es un fiel reflejo del funcionamiento de nuestro propio mundo. La diferencia es que en vez de llamarnos Capitolio nos hacemos llamar Primer Mundo, y a los Distritos les denominamos Segundo y Tercer Mundo.

¿Y por qué no lo relacionamos?, sencillamente porque no somos conscientes de ello por el embargo informativo que hemos creado frente a la pobreza y la injusticia humana del resto del mundo, al igual que le pasa al ciudadano del Capitolio que desconoce la realidad de la vida cotidiana de las personas que viven en los Distritos. Y sin conocimiento, está claro que no puede existir reflexión moral alguna sobre nuestra corresponsabilidad individual y colectiva, lo que interesa sumamente a aquellos que se benefician directamente de esta profunda desigualdad mundial.

Tanto es así, que el 1% de la población del Primer Mundo (es decir, nosotros) acaparamos más del 50% de la riqueza del planeta. Y, ¿de dónde procede esta riqueza?, podríamos preguntarnos. Pues para nuestra vergüenza de lo que llamamos el Segundo y Tercer Mundo, que representa las dos terceras partes del planeta y que si bien son ricos en recursos, son pobres en renta per cápita (en calidad de vida por habitante) a causa de nuestro continuo expolio a favor de llenar nuestros centros comerciales de bienes de consumo que permiten el estatus de vida al cual estamos acostumbrados.

De hecho, 10 corporaciones occidentales monopolizan las centenares de marcas que llenan las estanterías de nuestras tiendas y supermercados: Coca Cola, Pepsico, Kellogs, Nestle, Johson & Johnson, Procter & Gamble, Mars, General Mills y Kraft. Y, para muestra un botón: En todo el mundo se beben más de 4.000 tazas de Nescafé por segundo y se consumen productos de Coca-Cola 1.700 millones de veces al día, ello es gracias a que tres empresas controlan más del 40 por ciento del mercado mundial de cacao, del azúcar o del agua embotellada, lo que lleva, entre otros, a que Nestlé declare unos ingresos mayores que el PIB de Guatemala o de Yemen. O el caso de la conocida compañía española Inditex de Amancio Ortega, propietario de marcas como Zara y cuyo empresario es la primera fortuna del mundo, que produce sus artículos explotando la mano de obra infantil en prácticamente todo el Segundo y Tercer Mundo. O el caso de compañías de ordenadores y de telefonía móvil, como Apple, cuyas fábricas en China explotan a los trabajadores, entre ellos niños, los cuáles a demás son utilizados en condiciones inhumanas y de aguda explotación laboral para la extracción del coltán (el material que hace posible las pantallas táctiles), en minas infrahumanas de países como el Congo o Indonesia.

Y que quede claro que cuando hablamos de expolio de recursos y de prácticas de explotación laboral, niños incluidos, no hacemos referencia tan solo a participar de la actual desigualdad social existente entre las personas del planeta, sino a que somos a su vez partícipes y colaboradores necesarios en la muerte de millones de estas personas al año por condenarles a vivir en situaciones infrahumanas. Solo en materia de infancia, cada día fallecen 17.000 niños en el mundo, 10.000 de los cuales son por causa de hambre, cuando en nuestro particular “Capitolio” desperdiciamos al día más comida de la que se puede consumir en el mundo. Así pues, el problema de la alimentación, la sanidad o la educación en el mundo no es por falta de recursos, sino por una distribución desigual de los mismos. ¿La causa?: la codicia humana que permite explotar y dejar morir a una persona a favor de aumentar los beneficios económicos de nuestras empresas, bajo nuestra visión particular del mundo instruido en las facultades basado en un mercado global capitalista despiadado e inhumano, y al amparo de leyes internacionales de comercio que creamos e imponemos nosotros mismos desde el Primer Mundo.

Una realidad ciega a los ojos de los ciudadanos que vivimos en el “Capitolio”, frente a la cruda realidad de la vida cotidiana de los “Distritos”.  No nos extrañemos pues, que ante nuestra ceguera intencionada (pues ojos que no ven, corazón que no siente), puedan surgir Sinsajos que perturben nuestra comodidad. Quién sabe si el Sinsajo que nos despierte mañana de la ceguera y el inmovilismo contra la defensa de los derechos y la dignidad de la vida de todas las personas del planeta, sea hoy un niño o una niña que llega a nuestro Capitolio en condición de refugiado.


Fiat Lux! 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Hoy cumplo 44 años y solo sé que no entiendo este mundo

No entiendo que en esta vida el camino del éxito social pase por renunciar a la autorealización personal.

No entiendo que en esta vida alcanzar los sueños sea un derecho excluido a los pobres.

No entiendo que en esta vida un ser humano valga tan solo por lo que tiene o aparenta tener.

No entiendo que en esta vida el dinero, aunque solo sea sobre los bienes de consumo básico, compre la dignidad humana.

No entiendo que en esta vida quién se esfuerza una y otra y diez veces más, y no tiene padrinos ni capital, no consiga poco más que la nada.

No entiendo que en esta vida prácticamente siempre llueve sobre mojado.

No entiendo que en esta vida la experiencia, por vivida y por edad, sea un inconveniente en el mundo del mercado laboral.

No entiendo que en esta vida quien busca vivir solo de lo que siente ser y le gusta hacer, por convencimiento íntimo desde su nacimiento, malviva sin llegar a final de mes.

No entiendo que en esta vida la felicidad, para los menos privilegiados, se relegue a la aceptación sumisa de un estado de conciencia de aprender a disfrutar de la miseria.

No entiendo que en esta vida los valores, e incluso las leyes, sean diferentes según la clase social a la que se pertenece.

No entiendo que en esta vida el intelecto y el espíritu se desprecien a favor de una competitividad egoísta.

No entiendo que en esta vida el talento humano, que hace evolucionar las sociedades, se deje morir hasta la extenuación por la envidia de los necios y los envidiosos.

No entiendo que en esta vida haya ciudadanos, en las sociedades denominadas democráticas, de primera, segunda y tercera categoría.

No entiendo que en esta vida para mantener el derrochado estado del bienestar social del llamado pequeño primer mundo, permitamos atrocidades inhumanas en el inmenso tercer mundo.

No entiendo que en esta vida vendamos armamento a países que después bombardeamos por cuestiones de seguridad global.

No entiendo que en esta vida hayan personas, ya no sé si locos, enfermos o en pura manifestación real de la maldad más absoluta, que atentan directamente contra la dignidad y la vida misma de los más desprotegidos del planeta, incluidos los niños.

No entiendo que en esta vida, en un mundo de abundancia suficiente para todos, los que más tienen no compartan a favor de los que menos tienen.

No entiendo que en esta vida se rescate al dinero antes que a las personas, aunque en ello esté en juego sus vidas.

No entiendo que en esta vida, al contrario de lo que nos venden en las películas, los malos ganan, viven mejor y son elevados a la categoría de héroes sociales engominados.

No entiendo que en esta vida el ser humano esté en continua lucha feroz e incluso despiadada contra otros seres humanos.

No entiendo ciertamente, ahora que sé un poco más de todo y menos de nada en concreto, esta vida.

Quizás no entienda esta vida porque no pertenezca a este tiempo o quién sabe si a este planeta. Tan sólo entiendo, a estas alturas de la mitad del camino de mi previsible esperanza de vida, sobre la certeza del respirar aquí y ahora, y que lo único que tengo, si es que tengo algo, es justamente este momento presente.

Pero seguiré respirando, a ver si entiendo algo de la vida aunque sea por pura resignación de la cruda realidad. Y, mientras tanto transcurre mi vida intentando entender, no puedo por menos que reivindicar de manera subversiva  –aunque solo sea en la intimidad de los sueños- por un mundo mejor donde todas las personas puedan gozar de una vida digna y en paz como seres humanos de pleno derecho y en convivencia con el resto de seres de un planeta prestado.


Tarragona, a las 0:40h del 9 de diciembre de 2015




lunes, 23 de noviembre de 2015

La mitad de los trabajadores de España son pobres ilustrados sin identidad de clase social propia

Trabajar y no tener ni para llenar la nevera
Atrás quedó la clase media como hito social alcanzado por los niños de la dictadura (hoy en día nuestros padres y abuelos), que se encontraron todo un país por hacer, así como un nuevo mercado capitalista que les brindó la capacidad de adquirir vehículos, viviendas (de primera y segunda residencia) y otros bienes de propiedad a través de figuras financieras como la hipoteca y los préstamos personales. Ya que, para entonces, la cultura crediticia formaba parte de la idiosincrasia del bienestar social individual y colectivo, donde la deuda doméstica controlada por unos salarios fijos en un mercado laboral expansivo retroalimentaba el consumo de las familias. Niños de la posguerra que transformaron una España de clase obrera en una España de clase media, pero que tras jubilarse o estar a punto de jubilarse a lo largo de esta última década, no han podido dejar como herencia a sus hijos ya no tan solo el estatus social de clase media adquirida, sino ni tan siquiera –en muchos de los casos- recuperar el estatus de clase social obrera.

Entonces, ¿qué hay por debajo de la clase obrera? La respuesta, por triste no es menos real: La clase social de los pobres. ¿Y cuál es el barómetro que distingue a las clases sociales entre sí?, podemos preguntarnos: la renta del trabajo, es decir, los salarios. Se entiende que una persona que cobra bruto al año poco más de 7.000€ es pobre, de 9.000€ a 12.000€ es clase obrera, hasta 45.000€ es clase media y media alta, y a partir de aquí ya entramos en la órbita de los salarios de lo que denominamos clase alta, entre los que se encuentran los ricos.

Pues bien, hecho el apunte clarificador entre clases sociales, ahora viene el jarro de agua fría: casi la mitad de los trabajadores españoles, el 46,4% para ser más exactos, forma parte de la nueva clase social de los pobres, es decir, cobran por debajo de los 1.000€ brutos al mes. Y de estos, el 34% son sescientoseuristas. Una clase social de los trabajadores pobres que debemos sumar a los más de 4 millones de parados existentes, lo que nos da como resultado que un 30% de la población española se encuentra en situación de pobreza y de exclusión social.

Y ya puestos, ¿qué tasa tenemos en la actualidad de la llamada clase social media? Pues entre la clase media baja, la clase media-media y la clase media alta registran un total del 34% de los trabajadores españoles. El 19,6% restante ya es considerado clase alta, de los que un 0,7% registran salarios superiores a los 90.000€ brutos al año, rentas de capital a parte (que es realmente lo que marca la diferencia en el ámbito de la desigualdad social).

Como podemos observar, prácticamente la mitad de los trabajadores españoles son de clase social pobre (que van desde los 18 a los 65 años), pero a diferencia de otras épocas de la historia, estos pobres son ilustrados, ya que la mayoría tienen estudios de ciclo secundario y superior gracias a la universalidad de la educación reglada recogida como derecho social en la Constitución del 78. Llegados a este punto, la pregunta del millón es si esta nueva clase social tiene sentido de identidad como colectivo social propio. La respuesta, a todas luces, es que no. Quizás la razón se deba a su reciente creación (que coge impulso a partir del inicio de la crisis), quizás se deba a un sentimiento de no aceptación de la realidad (propio de una vergüenza social de un mal entendido fracaso individual), o quizás se deba simplemente a que aún están en shock por las convulsiones socioeconómicas de rabiosa actualidad y todavía creen pertenecer al espejismo de la clase social media de la que vienen sus padres y abuelos a la espera de un nuevo milagro económico que les/nos despierte del mal sueño.

Sea como fuere, una clase social sin identidad está dividida y, por tanto, abocada a la derrota social frente a la inmovilidad e insensibilidad social de los que más tienen. Sin identidad de clase social propia no hay capacidad de organización colectiva que se pueda luchar por recuperar un estado de bienestar social justo y equitativo para todos. Pues la identidad representa asumir lo que uno es (desapegándose de lo que uno fue y ya no es), y solo a partir de la aceptación de nuestra realidad más inmediata podemos reinventarnos individual y colectivamente. Y, ¿qué significa reinventarse colectivamente?, nada más ni nada menos que sumar esfuerzos por mejorar las condiciones de vida digna para el 50% de los trabajadores pobres de nuestro país. Una cuestión no solo de justicia social, sino de dignidad humana.


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martes, 3 de noviembre de 2015

Por sus obras no los conoceréis

No es posible conocer a una persona por sus obras, en contra del famoso dicho bíblico atribuido al recaudador de impuestos Mateo. No solo porque ningún hombre o mujer, por no saber, no sabe ni siquiera quién es uno mismo; sino incluso porque la historia de nuestras vidas solo representa un fragmento de la verdad, narrada bajo el tamiz subjetivo de valores y creencias de un tercero que, en el mejor de los casos, ha podido ser testimonio directo de la manifestación de “esa obra” en su fase de resultado final.

No es posible conocer a una persona por sus obras, ya que nadie es libre de sus actos y todos estamos condicionados por circunstancias externas que anulan, dirigen o redireccionan los acontecimientos de nuestra frágil vida cotidiana, dando lugar a que la obra resultante se manifieste de una u otra manera posible. Pues el futuro nunca es absoluto, sino relativo como fruto de la suma de pequeñas historias correlativas e interdependientes con su entorno. Sabedor que yo soy yo y mis circunstancias, como de manera magnífica sintetizó el filósofo español de la razón vital, Ortega y Gasset, sobre la naturaleza humana.

No es posible conocer a nadie por sus obras, ya que nada en este universo nunca es siempre igual a cada segundo que pasa. Y mucho menos las personas, quienes vivimos una existencia mortal de continuo cambio y transformación. Y lo que fuimos ayer no lo somos ahora, y lo que somos ahora no lo seremos mañana. Por lo que las obras realizadas no sirven para nada más que para ocupar megabits de luminosas o ensombrecidas memorias individuales, que a posteriori se transforman como piedras preciosas –a causa de las altas presiones sometidas por la fuerza imperiosa de la necesidad de reinventarnos cada día-, en valiosas semillas de experiencia personal capaces de crear una renovada y mejorada versión de nosotros mismos.  

No es posible conocer a nadie por sus obras, pues éstas no nos definen, sino que nos complementan en la búsqueda personal hacia la autorrealización y el autoconocimiento (aunque muchas veces sea de manera inconsciente). Pues las obras no son piezas de un puzle predibujado de nadie, sino experiencias de aprendizaje tales como adoquines de un camino a construir día a día.

Afirmar que conocemos a alguien por sus obras es como afirmar que conocemos una estrella desde la lejanía por la intensidad o ausencia de su luz, o como afirmar que sabemos de un libro por haber ojeado una de sus cientos de páginas.

No es posible conocer a nadie por sus obras, no seamos tan prepotentes, tan solo podemos acercarnos a su orilla con empatía para intentar comprender el camino trazado por los pasos caminados.

Fiat lux


jueves, 22 de octubre de 2015

El emprendedor español urge protección social y beneficios fiscales

Emprender no es fácil en España. Tanto es así, que se ha llegado a afirmar que España no es país para emprendedores. De hecho, tenemos tan solo un 5,4 por ciento de tasa de emprendedoría (según un informe de la Global Entrepreneurship Monitor con datos del 2014), del que  menos del 30 por ciento es por necesidad frente a más de un 65 por ciento que es por motivos de oportunidad empresarial. ¡Así no hay quién levante un país! Cifra que contrasta, por otro lado y en un escenario actual de carencia generalizada de empleo, con el 7 por ciento de tasa de emprendedoría que nuestro país registraba con anterioridad a la crisis. Una paradoja a todas luces que evidencia que algo no funciona bien.

Dicha radiografía obliga a enunciar un axioma clarificador: Si un país necesita de su actividad económica productiva para vivir bajo parámetros de calidad de vida social, y dicha actividad económica productiva la genera la emprendedoría empresarial, ergo un país necesita de emprendedores para garantizar sus parámetros de calidad de vida social.

En otras palabras y extrapolándolo al contexto socio-económico actual: para salir de la crisis necesitamos potenciar la emprendedoría. Así pues, ¿por qué en vez de facilitar la cultura emprendedora en España le ponemos todo tipo de trabas para que no se desarrolle, como reflejan las estadísticas? He aquí la pregunta del millón.

No obstante, con independencia de la voluntad y la capacidad de alturas de miras de los gobernantes (que es otro tema de inquietante estudio), llegados a este punto debemos preguntarnos cuáles son las medidas necesarias para reactivar la cultura de la emprendedoría. Respuesta de sencilla solución si reformulamos la cuestión desde la perspectiva del propio emprendedor: ¿Cuál es el entorno de cultivo básico que requiero para poder desarrollar mi empresa en su fase de startup?

A criterio de cualquier emprendedor español con experiencia, el entorno básico para el buen geminar de una empresa simiente debe contener dos características claves inexistentes en la actualidad:

1.-Protección social frente al fracaso
Ya que una de las causas principales de la baja tasa de emprendedoría en España es, justamente, el miedo a fracasar. No solo porque el fracaso se aborda desde una concepción cultural negativa en nuestra sociedad, sino porque sobretodo deja desprotegido al emprendedor sin una cobertura social que le permita poderse volver a levantar tras un importante desgaste físico, emocional y económico (el 70% no vuelve a intentarlo); obviando de este modo el dato objetivo de que el 80 por ciento de las empresas del planeta quiebran en sus primeros 2 a 5 años de vida, y que se requiere de unos primeros fracasos para cosechar los primeros éxitos empresariales, pues el fracaso no es más que una experiencia de aprendizaje.

Una carencia de protección social frente al fracaso en España que contrasta, por poner un ejemplo, con el caso del emprendedor francés que tan solo con el alta de su actividad, y sin pagar ningún tipo de tasa en el primer año, tiene derecho gratuito a asistencia sanitaria, jubilación, incapacidad temporal y pensiones de viudedad e invalidez.

Y, 2.-Beneficio fiscal como empresa simiente
Ya que uno de los problemas importantes en la puesta en marcha de una nueva empresa son las cargas fiscales y tributarias que toda actividad emprendedora en España debe acarrear en una fase que, por ser inicial de despegue –para posteriormente poderse consolidar en un nicho de mercado concreto-, resulta complicada. Puesto que en nuestro país, todo emprendedor debe hacer frente a la cuota mensual de autónomo, así como a las declaraciones trimestrales de IVA y de IRPF.

Una realidad española que contrasta, por poner algunos ejemplos, con la tasa cero del emprendedor francés en su primer año, con la cuota única anual de 50 euros del emprendedor holandés, con la inexistencia de IVAs trimestrales en el caso del emprendedor inglés que solo paga al final del ciclo fiscal dependiendo de sus ganancias, o con el caso del emprendedor italiano que solo paga en función de las ganancias que tenga y con una tasa máxima del 20 por ciento a pagar.   

Así pues, salvando la necesidad de concretar medidas para la reactivación del emprendedor en España (tema propio para un artículo futuro), queda patente el hecho que nuestros emprendedores –ya sean juniors o seniors- necesitan, como el aire que respiran, un entorno natural por diseñar que les proteja socialmente del fracaso y que les brinde beneficios fiscales de ayuda a su titánico esfuerzo inicial, como es el crear un negocio sostenible económicamente con un alto valor añadido para el conjunto de la sociedad. Pues la cultura de la emprendedoría no se sustenta únicamente, como muchos nos quieren hacer creer, en tan solo una actitud positiva por parte del emprendedor. Si pedimos proactividad al emprendedor, exijamos proactividad al Estado.

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miércoles, 21 de octubre de 2015

Las 5 razones del por qué necesitamos un Banco Público

El dinero es un facilitador de la vida, ya que con él podemos adquirir, como medio de pago en un proceso de intercambio comercial, aquellos productos y servicios básicos que garantizan el buen desarrollo de una vida digna de toda persona y su familia. Es decir, y siendo realistas, con dinero podemos vivir en nuestra sociedad, mientras que sin dinero nos vemos arrastrados al inframundo de la pobreza y la miseria. Y este no es un planteamiento materialista malentendido, sino un análisis de crudo pragmatismo social.

Es por ello que en una situación de acueducto de crisis como el actual, donde el flujo del dinero brilla por su ausencia con las graves consecuencias socio-económicas que ello conlleva, necesitamos un instrumento de regulación social del dinero como es la creación de un Banco Público, de acuerdo a 5 razones principales:

1.-La Banca Privada, que actualmente monopoliza el control sobre el flujo del dinero, tiene cerrado el grifo de los créditos a empresas y particulares, haciendo caso omiso a las peticiones de apertura de los gobiernos de turno –ya sean de Madrid o de Bruselas-, y responden tan solo a sus propios intereses partidistas de búsqueda de beneficios privados. Lo que se traduce en una caída generalizada del consumo y en un bloqueo en la reactivación económica del país.

2.-El Banco Público, por su parte, se distingue en su naturaleza frente a la Banca Privada en que sus acciones son motivadas por el interés público, es decir, son de profundo carácter social. Y se distingue de otros actores ya existentes, como el ineficaz Instituto de Crédito Oficial, en que no depende de las entidades financieras privadas para conceder los préstamos, puesto que la Banca Pública cuenta y dispone de su propio capital público.

3.-El Banco Público tiene como objetivo principal el ser un instrumento de regulación de la liquidez del sistema, tan necesario en el actual escenario de fragante desequilibrio social entre ricos y pobres.

4.-El Banco Público es el único garante en una situación de crisis, frente a la negación sistemática de la Banca Privada, de reanimar el flujo de liquidez en forma de préstamos de naturaleza social a las empresas para que puedan reactivar la economía productiva del país, y a las personas y sus familias para que puedan volver a tener una vida digna como ciudadanos de pleno derecho.

Y, 5.-La Banca Pública, en definitiva, es un instrumento de gestión democrática de los recursos de un Estado frente a la dictadura inhumana en la que acaba convirtiéndose la Banca Privada en un Mercado Liberal sin más control que los tuertos Tribunales de Defensa de la Competencia, cuya acción siempre es tardía, a destiempo, e ineficaz para resolver los problemas de desigualdad social de la riqueza de un país de manera efectiva y a tiempo real.  

Así pues, no debemos demonizar un Banco Público como una entidad contraria a los principios básicos de un mercado de libre competencia, sino como un elemento clave de regulación para el buen desarrollo de un Estado de Bienestar Social y, por tanto, un instrumento esencialmente democrático.  

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martes, 20 de octubre de 2015

Los 5 acuerdos clave para recuperar el Estado de Bienestar Social en España

España es un país de paradojas, con un marcado contraste entre realidades sociales diferentes desde la última década. Pues si bien es uno de los diez países más ricos del mundo, la brecha actual entre ricos y pobres se ha convertido en un abismo, como resultado de haber dinamitado los cimientos de los pilares del Bienestar Social en un fragante y amplio delito continuado de inconstitucionalidad del propio Estado con sus ciudadanos.

Es por ello que para recuperar el espíritu del Estado del Bienestar Social, España necesita con urgencia llevar a cabo cinco grandes acuerdos políticos a nivel nacional que complementen los actuales derechos democráticos en materia de prestaciones sociales:

1.-Elevar a estatus de Ley la Dación en Pago en materia de viviendas hipotecadas, para prohibir que ninguna familia quede endeudada financieramente de por vida, y por extensión sus descendientes, tras la pérdida de su vivienda; pues ello atenta contra la dignidad de vida de cualquier ser humano.

2.-Elevar a estatus de Ley la Prohibición de los Desahucios de Viviendas y la Obligatoriedad en la Reubicación de un nuevo hogar social a los sin techo, para prohibir que ninguna persona y su familia se quede en la calle tras una pérdida de su vivienda principal; pues ello atenta contra la dignidad de vida de cualquier ser humano.

3.-Elevar a estatus de Ley la Prohibición del Corte de Suministros Energéticos a familias en situación de pobreza económica y en riesgo de exclusión social; pues ello atenta contra la dignidad de vida de cualquier ser humano.

4.-Elevar a estatus de Ley la Renta Básica Universal para que ninguna persona y su familia se quede sin ninguna capacidad de subsistencia mínima, como es poder comer o comprar ropa y  medicamentos, tras la pérdida de cualquier tipo de ingresos económicos por falta de empleo; pues ello atenta contra la dignidad de vida de cualquier ser humano.  

5.-Elevar a estatus de Ley Medidas Proactivas de Reinserción Laboral que favorezcan fiscal y crediticiamente el autoempleo social, y que prohíban la limitación de contratación por edad en los procesos de selección laboral, a personas en situación en desempleo y especialmente a los parados de larga duración; pues lo contrario atenta contra la dignidad de vida de cualquier ser humano.

Cinco medidas de carácter político solo apto para gobernantes valientes que velen por la dignidad de la vida de sus ciudadanos frente a la piratería de una soberanía impuesta, usurpadora, antidemocrática y no suscrita de un Mercado antihumanista dictado por intereses de terceros.

Es hora que la Política marque las reglas del juego a una Economía capitalista que engulle los derechos sociales a su paso en pos de su propio beneficio. Es hora que España retome el sendero de la Política Social y garantice un Estado de Bienestar de pleno derecho para todas y cada una de sus familias, con nombres y apellidos e historias humanas reales. Es hora que humanicemos el Mercado Liberal y devolvamos la dignidad de vida a las personas. Es la hora, en nuestra historia como país, que suscribamos por Ley los cinco acuerdos clave para recuperar el Estado de Bienestar Social en España.

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jueves, 15 de octubre de 2015

La Política, y sus políticos, culpables de la pobreza en España

Imagen de la campaña anti pobreza "El bocadillo mágico" (pan con pan)
Más de 10 millones de personas en España, el 22 por ciento de la población total, sufren la lacra de la pobreza. Realidad que se ve aumentada hasta los 13,6 millones de personas, el 30 por ciento nacional, si hablamos de la tasa de la población en riesgo de pobreza y exclusión, según datos europeos hasta 2014. Cifras que, contrariamente a lo que se puede pensar, crecen año tras año desde el inicio de la actual crisis económica. Un panorama demoledor que se suma al hecho que el 14 por ciento de los trabajadores españoles son pobres, al no superar los poco más de 600 euros mensuales.

Ante la evidencia de este panorama, en el que incluso la ONU ha manifestado su voluntad de obligar a España a reducir a la mitad el número de personas en riesgo de pobreza para que así pueda cumplir con sus obligaciones con la nueva agenda de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, está claro que la política que se está aplicando no es válida.

Tras ocho años de crisis, ya no podemos dar por aceptable los argumentos trasnochados que se aferran a defender la existencia de millones de personas actualmente en situación de pobreza en España por causas de Mercado. Una tesis que los malos gobernantes pueden defender, tras reponerse del shock inicial de convulsión social –y siendo generosos-, hasta los tres o cuatro primeros años posteriores al principio de la crisis económica (tiempo suficiente para ponerse las pilas). Pero, tras cerca de una década de la caída del banco norteamericano Lehman Brothers, ¿dónde están las medidas de choque contra la pobreza social? Sencillamente, no existen.

En otras palabras, a estas alturas de la situación, no vale achacar el drama de millones de familias españolas a cuestiones económicas, sino a cuestiones políticas. Pues es responsabilidad de la Política, y por extensión de los políticos, garantizar la dignidad de vida de sus conciudadanos en un Estado que se considera democrático y de Bienestar Social mediante una óptima gestión colectiva de los recursos nacionales disponibles. Puesto que España no es que sea un país pobre, sino más bien muy rico –según el último y reciente informe publicado por el banco Credit Suisse-, los que son pobres son gran parte de sus ciudadanos a causa de una distribución no equitativa de la riqueza del país. Lo cual responde a la pregunta de: ¿cómo es posible que el número de ricos haya crecido en España un 40% durante la crisis, y que incluso en este último año 2014 haya crecido por encima de la media tanto europea como mundial?, en contraposición directa al aumento de pobreza nacional.

Ya sabemos que para el Mercado, la pobreza no es más que una variable en sus ecuaciones de productividad. Pero para la Política, la pobreza no puede reducirse a un simple índice demográfico, sino a una necesidad imperante por resolver. A no ser que los políticos, como parece ser por la cruda y flagrante realidad de ausencia de iniciativas legislativas en materia social, no hagan política sino economía de mercado.

Todos sabemos, ya en materia de economía doméstica, que los recursos –muchos o pocos- en el seno de una familia se redistribuyen de acuerdo a las necesidades de sus miembros. Y esa acción de priorizar y redistribuir se le llama "hacer política" (gestión del bien común). Es por ello, que a escala nacional, podemos afirmar que el culpable de la pobreza en España no es otro que la Política. Que es lo mismo que señalar con el dedo inculpatorio de la actual situación de precariedad social a aquellos gobernantes que aplican dicha Política.

Señores políticos, por favor, dejen de jugar a pseudoeconomistas para beneficio de los Mercados y dedíquense a hacer de una vez por todas Política de verdad para bien de su pueblo. Pues la Política, en mayúsculas, es por esencia de profundo carácter social.

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martes, 13 de octubre de 2015

¿Quo vadis Catalunya vs España vadis quo?

Manifestación frente al TSJC en el día de declaración por el 9-N
Casi todo el mundo sabe –no diremos todo el mundo para no pecar de inocentes-, que las relaciones, ya sean de pareja o paterno filiales, se basan en cinco principios básicos de relación interpersonal:

1.-Comunicarse (primera regla de oro), y hacerlo de manera amable y respetuosa.

2.-Expresar y demostrar el sentimiento de afecto mutuo.

3.-Desarrollar la confianza apoyando las inquietudes del otr@.

4.-Reconocer los errores y pedir disculpas si nos equivocamos.

Y, 5.-Ser empáticos, es decir, reconocer y valorar los sentimientos de la otra parte.

Unos principios que bien pueden extrapolarse a la relación entre Administraciones, en este caso aplicables a las relaciones entre Estado y una autonomía como es la catalana. Puesto que al fin y al cabo, la representación e interlocución tanto del Gobierno Central como del Gobierno de la Generalitat se concretan en la relación entre personas. Así pues, haciendo un ejercicio de extrapolación de dichos principios en el ámbito institucional entre ambas Administraciones a lo largo de los últimos cuatro años, es evidente a los ojos de todos los ciudadanos españoles que valores como la comunicación, el afecto, la confianza, el perdón y la empatía, han brillado por su ausencia entre el ejecutivo central y el ejecutivo catalán. Y ya sabemos que cuando dichos principios de relación humana básica se deterioran –íntimamente ligados al mundo de la inteligencia emocional (diplomática)- se produce final e irremediablemente una ruptura, ya sea el divorcio en las parejas, ya sea la separación entre padres e hijos, ya sea la fractura social a nivel político.

Y en medio de todo este proceso de una relación en estado emocional quebrado, cada cual se enrosca en sus razones subjetivas que le distancian progresivamente más del otro, buscando aquellos apoyos -en este caso, tanto ciudadanos como instituciones varias- que refuercen su verdad sesgada (pues la verdad, al final, siempre se encuentra en el punto medio), en cada nuevo capítulo por emisiones:

LOS UNOS: -Que si tú durante muchos años has llevado a cabo una política desleal de inmersión independentista en el pueblo catalán utilizando los recursos públicos.

LOS OTROS: -Que si tú promoviste que el Tribunal Constitucional declarase inconstitucional parte de mi Estatuto, cuando dichas partes idénticas son legales en la actualidad en el Estatuto de Andalucía.

LOS UNOS: -Que si tú promoviste una consulta como el 9-N ilegal, a sabiendas que no lo podías hacer.  

LOS OTROS: -Que si tú me has denunciado ante la Justicia, en contra del voto de todos los fiscales de Catalunya, habiendo obligado a hacerlo a la Fiscalía General del Estado.

LOS UNOS: -Que si tú te estás manifestando frente al Tribunal Superior de Justicia de Catalunya y eso es inadmisible y atenta contra la independencia del poder judicial.  

Y así una, tras otra… ¿Un poco cansino, verdad?

Mientras tanto, los problemas reales de la ciudadanía de Catalunya sin resolverse, como así lo atestiguan los altos índices de pobreza y precariedad social. Además de generar una fractura social inédita en la historia de la democracia española en la que la mitad de los catalanes están divididos frente a la relación que se debe de mantener con el resto del Estado.

Llegados a este punto, está claro que, si algo falta en esta situación es, justamente, comunicación. Para, seguidamente, reconstruir los puentes que permitan un nuevo escenario de diálogo basado en los principios básicos de toda relación humana saludable. Pero para ello se requiere voluntad y, asimismo, políticos que sepan estar a la altura de las circunstancias históricas y que no se limiten a imitar –aunque sea por despecho- la actitud de los tres monos místicos del no veo, no oigo, no hablo (y, por tanto, no me muevo). Es decir, las personas que conformamos España y Catalunya no necesitamos en estos momentos monos inmóviles, sino gobernantes de altura que trasciendan a sus intereses electorales y que se enfrenten a la pregunta existencial de hacia dónde vamos, para poder actuar con responsabilidad colectiva y en consecuencia social.   

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