lunes, 4 de diciembre de 2017

Del por qué unas palabras provocan cambios sociales y otras no, y de la necesidad de la responsabilidad pública

Vivimos en un mundo inmerso en la palabra, si bien parece que en estos últimos tiempos está devaluada en favor de la imagen y su capacidad de impacto visual. No en vano se acepta popularmente como máxima categórica la idea de que una imagen vale más que mil palabras. No obstante, si bien la imagen remueve, provoca e incluso incita, es la palabra la que acciona la voluntad de movimiento -en un sentido u otro- en la cosmología del ser humano.

Personalmente siempre me ha interesado el poder del influjo de la palabra en la sociedad en general y en el hombre en particular. Y si bien de joven creía que las palabras podían cambiar el mundo, más adelante me percaté que la palabra solo tiene poder cuando la persona está preparada -en su madurez intelectual y emocional- para recibirla como palanca de cambio y transformación personal.

Pero, ¿cuál es el proceso por el que unas palabras provocan cambios sociales y otras no?. Si observamos en cualquier manifestación de convulsión social de rabiosa actualidad, el proceso consta de tres fases que podemos asemejar, desde un enfoque puramente didáctico, a la estructura de un arma letal:

1.-Arma:
En primer lugar debe de haber un arma, es decir, debe de existir un contexto social que genera -objetiva o subjetivamente- un sentimiento colectivo de desigualdad.

2.-Percusor:
En segundo lugar, dicha arma debe contar con un percusor, que no es más que la identificación social de la causa -real, ficticia o inventada- de dicha desigualdad.

3.-Proyectil:
Y en tercer lugar, el arma debe contar con un proyectil que disparar, cuya munición no es otra que la calificación en términos negativos del sujeto identificado como causa de la desigualdad.

Pongamos un ejemplo. Ante una afirmación como: “Estamos mal porque el Sr.Y nos roba”, “estamos mal” es la percepción de un posible contexto social de desigualdad o arma, “el Sr.Y” es la identificación de la causa o percusor, y “nos roba” es la calificación negativa del sujeto identificado o proyectil que se carga a la espera de ser disparado.

Como podemos observar en el proceso, la palabras -en principio inocuas por sí mismas- se convierten en Palabras de Poder preparadas para provocar una reacción individual y colectiva cuando adquieren una carga emocional.

De hecho, la palabra per se no es más que una representación gráfica de un sonido que no deja de ser mas que una estructura vacía de contenido, semejante a la estructura desnuda de un edificio, al que los seres humanos llenamos de significado. Pudiendo cambiar dicho significado a nivel individual o social dependiendo del contexto histórico (el significado de “honra” difiere de la Edad Media al de la era contemporánea), otorgando asimismo significados diferentes dependiendo de la variable cultural donde se desarrolla y utiliza (como el vocablo “coger”, de significado bien diferente en España y en latinoamérica), e incluso llegando a convertir el significado de una palabra en un icono temporal -y por tanto, acorde a su tiempo- de expresión y manifestación de una colectividad (como en el caso actual con palabras como “cunde”, utilizada por los adolescentes tecnológicos para calificar una experiencia de manera superlativa). Así pues, si bien todas las palabras están llenas de significado contextual, éstas solo adquieren la capacidad de transformación personal y grupal cuando:

1.-Adquieren carga emocional cultural,

y 2.-Dicha carga emocional cultural se alinea con el contexto emocional íntimo y subjetivo de la persona.

Es por ello que nos encontramos con la aparente paradoja de frases y libros que tienen un significado y poder de transformación en un momento dado, y no en otro, de la vida concreta de una persona o un grupo. Puesto que las palabras, como ya he apuntado, transforman solo cuando la persona está preparada. De ahí que una antigua profesora, al finalizar sus clases, siempre nos decía: -“Vosotros me escucháis el lunes, pero me entenderéis el miércoles”, haciendo referencia al tiempo de maduración necesaria que debía transcurrir para poder madurar la información recibida y otorgar de significado con carga emocional a sus palabras. Lo mismo sucede con los procesos sociales, aunque en este caso los tiempos de maduración colectiva de un mensaje reiterado (lo que podemos denominar como adoctrinamiento) para convertirse en una palanca de transformación social puede durar generaciones. (De ahí la importancia de recelar de los adoctrinamientos de baja intensidad que pueden parecer inocentes e incluso amables, y que son sostenibles en el tiempo -a la espera que las semillas germinen gracias a un futuro ambiente propicio-, aunque este es otro tema).

No quisiera acabar esta pequeña reflexión, no obstante, sin subrayar la importancia del buen uso del poder de la palabra en el mundo específico de los agentes sociales, ya sean políticos o líderes de opinión, que tanto escasea. Pues en una sociedad donde la palabra pública se cultiva mediante el arte de la oratoria -con sus variantes como la telegenia-, bajo la influencia de técnicas publicitarias para que los mensajes puedan procesarse a través de los embudos de los medios de comunicación (económicos en palabras, austeros en tiempo y hambrientos de declaraciones impactantes -para enganche ocioso del consumidor-), cabe hacer un llamamiento a la conciencia de la responsabilidad no tan solo de lo que se dice públicamente, sino del efecto que puede provocar socialmente. Puesto que, a diferencia del dicho al hecho, de una Palabra de Poder social a un Decreto social, hay muy poco trecho. Es por ello que para aquellas personas que se dedican a la res publica, junto al aprendizaje de la bella materia de la oratoria, deberían contar con la Ética Política como formación obligatoria. Pues decretar consignas, mediante el uso de Palabras de Poder (para generar cambios sociales), sin conciencia de responsabilidad de las consecuencias públicas consiguientes, no es liderar para garantizar el progreso de una comunidad, sino abducir -como el Flautista de Hamelín- para padecimiento de quienes arrastra tras de si. Aunque, sea dicho de paso, la responsabilidad siempre es compartida, por lo que no hay mejor manera de acabar esta pequeña reflexión que rememorando las palabras de Platón: “El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres”. Fiat Lux!


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viernes, 1 de diciembre de 2017

El amor no es un valor universal

La gravedad es un valor que podemos considerar universal porque se trata de una fuerza constante e inmutable cuyo efecto es siempre replicable en todos los objetos con masa, de ahí que su descubridor, el físico Newton, la denominó como Ley de la Gravitación Universal. Si bien es cierto que la teoría, más que ley, de la gravedad no funciona en las cercanías de los agujeros negros ni a escalas microscópicas, donde los electrones campan a capricho bajo otras fuerzas conductuales diferentes. Es por ello que, aún y todo, podemos afirmar que la gravedad es un valor universal a escala humana.

El amor humano, en cambio, no podemos considerarlo universal ni a escala humana. No solo porque los valores universales ya son conceptualmente de por sí relativos, puesto que el “valor” viene determinado por un tipo de consenso colectivo en un momento concreto de la historia del hombre, y la caracterización de “universal” va íntimamente ligada a la percepción ética y moral de cada sociedad. Sino, principalmente, porque el amor humano está condicionado a dos variables fundamentales:

1.-La capacidad emocional-cognitiva de cada persona,

y, 2.-El contexto cultural en el que se desarrolla dicha persona.

Así, podemos encontrarnos con casos en que existan madres que no quieren a sus hijos, o personas cuyo amor por los perros o gatos, por poner un ejemplo, es puramente gastronómico.

Es por ello que si el amor humano es cultural, profundamente cultural, y asimismo condicionado a la volatilidad impermanente psicoemocional de la propia naturaleza del ser humano, ¿existe un amor de valor universal? Ante esta pregunta es fácil recurrir a la idea del amor transcendental. Un concepto que si bien podemos racionalizar intelectualmente, tal si estuviéramos teorizando sobre el Mundo de las Ideas de Platón, pocos son los privilegiados que pueden experimentarlo. Y si no puede ser experimentado comúnmente, ¿cómo podemos llegar a la conclusión empírica de que el amor transcendental, es decir aquel que nos acerca a la idea de plenitud de un amor de naturaleza propia de una divinidad concreta o abstracta, es un valor universal? Así pues, aun a pesar de poder parecer desagradables o irrespetuosos, podemos atrevernos a afirmar que el ideal del amor transcendental tampoco no es un valor universal, ya que no solo no es genérico y depende de determinismos humanos, sino que encuentra su opuesto en la naturaleza del mismo amor humano.

Si entendemos valor universal como una causa de efectos inmutables a los diversos contextos a los que se pueda exponer, y sin un valor igual o superior que lo invalide como manifestación opuesta a su misma naturaleza, definiríamos un valor universal como aquella causa manifestada en el mundo humano con una misma naturaleza y de polaridad única y exclusiva, por lo que no hallaríamos dualidad en su manifestación. Es decir, un valor universal, para poderlo considerar como tal, no puede responder al principio de polaridad que nos indica que un sujeto -ya sea mental, emocional o material-, tiene una misma naturaleza pero con doble polaridad diferente y opuesta, permitiendo de este modo poder transmutar dicho sujeto de una polaridad a otra. Lo que más comúnmente conocemos como realidad dual y que se manifiesta en conceptos como arriba-abajo, derecha-izquierda, frío-calor, triste-alegre. De hecho, nunca se nos ocurriría plantear como valores universales estos ejemplos expuestos.

Aún más, al referirnos al amor humano, podemos definirlo en tres estados de polarización diferentes: amor / no-amor / odio, dependiendo de las variables biológicas, ambientales y spicológicas de cada persona frente a un objeto o sujeto de amor potencial. Variables que, por su parte, están exentos en valores universales propiamente considerados como tal como la gravedad o la muerte en el plano humano.

Así pues, si el amor humano no es un valor  universal, podemos afirmar que es humano, profundamente humano (como diría Nietzsche), y no puro (en términos kantianos). Sí, el amor humano es relativo y condicionado a los parámetros referenciales tanto de los condicionantes de la propia persona (emisora o receptora de amor), como de sus determinismos histórico culturales y sociales. Por lo que, al final, el amor humano no podemos más que definirlo como una experiencia personal, íntima y subjetiva de la que pueden participar -con suerte- una o más personas.

En resumidas cuentas, no sé si mi amor humano es universal -a todas luces racionales seguro que no-, pero desde el aquí y el ahora, y en mi realidad personal, manifiesto mi amor verdadero, desde lo más profundo de lo que considero mi ser, a mis hijas Carlota y Ariadna y a mi compañera de viaje Teresa. Todo y esperando que, en el día del juicio final, la naturaleza de este amor sea suficiente, al menos, para no condenarme al infierno de Dante.


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lunes, 27 de noviembre de 2017

La Vergüenza de la pobreza: el lastre de la reinvención profesional

Hace una década atrás conocíamos en España, y en la mayoría de sociedades latinas, la vergüenza al fracaso, ya que la experiencia del fracaso se ha considerado históricamente bajo una concepción cultural negativa e incluso reprobable y estigmatizadora. Lo cual, el miedo a la vergüenza al fracaso ha representado una de las principales causas inhibidoras del emprendimiento. Un tema que he afrontado en cruzada personal desde hace años en pos de revalorizar la experiencia del fracaso con mi obra “El Poder Transformador del Fracaso”,Ed. Silva, 2011. (Dejo enlace vídeo de una de las conferencias realizadas en la UOC años atrás, por si es de interés).

Pero ahora, tras una década de crisis socio-económica que ha generado grandes brechas de desigualdad social, la vergüenza se presenta bajo una nueva apariencia de problema social al devenir una de las principales causas que afectan el sentimiento de dignidad y autoestima para aquellas personas que buscan salir de una situación de pobreza sobrevenida, tal y como pone de relieve un reciente estudio de la Universidad de Oxford divulgado este mes de noviembre por el Foro Económico Mundial.

La vergüenza es un sentimiento tan antiguo como la humanidad, que en muchos casos se ha utilizado como estrategia socializadora -y aun en plena actualidad, como tácticas de ley marcial en diversos países-, representando deshonor, desgracia y condenación. Un sentimiento humano, de naturaleza social, que afecta de manera directa a la concepción de dignidad y autoestima que una persona tiene sobre sí misma. Y ya sabemos todos que cualquier persona con un sentimiento de baja autoestima presenta un cuadro de devaluación perceptiva de sus propias capacidades como individuo que le impide relacionarse y enfrentarse adecuadamente a los retos que le depara, ya no el mundo, sino su realidad más inmediata. En otras palabras, no hay posibilidad de reinvención personal y profesional, que permita salir de un estadio de pobreza económica, sin un estado emocional con una autoestima sana.

De hecho, cabe remarcar que la autoestima forma parte de las cuatro Habilidades Básicas de una persona, es decir, aquellas que dependen todas las demás (como actitud, liderazgo, engagement, creatividad, pensamiento positivo, inteligencia emocional, etc) y que nos permiten relacionarnos con nuestro entorno personal, social y profesional. Por lo que podemos considerar a las Habilidades Básicas, como la autoestima, la naturaleza última o primogénita de todas las competencias profesionales. (Tema que desarrollo ampliamente en mi obra “Habilidología de las Competencias Profesionales”, Ed. Bubok,2017).

Es por ello que en en plena Cuarta Era de la Revolución Industrial, donde el activo de los profesionales no es otro que su capacidad de adaptación continua a los cambios constantes de un Mercado en continua transformación, el Management debe introducir en sus planes formativos materias de Desarrollo Competencial como el aprendizaje y gestión de la autoestima, entre otras habilidades básicas y secundarias inter e intrapersonales, más allá de los clásicos grados y masters en Dirección de Empresas, RRHH, Innovación, Big Data y otros al uso. (Ver Filosofía del Talento de la Academia del Filósofo Efímero). Pues formar en emprendedoría, sin formar en gestión emocional -como diría un reinventado Aristóteles-, no es formar en los tiempos que corren.

Pero las acciones dirigidas a paliar los efectos de la vergüenza de la pobreza, como la depreciación de la dignidad y la autoestima personal, no pueden limitarse al ámbito educativo como mera estrategia de mejora de la competitividad entre la futura masa productiva estudiantil, sino que debe extenderse al ámbito de las políticas sociales de un país, más si cabe cuando el 28% de la población española se sitúa en riesgo de pobreza o exclusión social (según datos de “El estado de la pobreza en España 2017” de la EAPN), y se requiere con urgencia para bien del conjunto de la sociedad española que la población activa vuelva a ser económicamente productiva dentro de los estándares europeos en tasa de ocupación y riqueza. Es aquí donde el Estado de Bienestar Social debe reconocer y afrontar de cara la variante psicosocial de la pobreza (interacción entre las fuerzas sociales y el comportamiento individual) con políticas activas de reinserción -que nada tienen que ver con la caridad-, como pueda ser la Renta Básica Universal. Una iniciativa ésta de éxito ya demostrado en Finlandia, como manifiesta su agencia estatal de supervisión del bienestar, donde en este 2017 se ha registrado un claro recobro del optimismo por parte de sus ciudadanos beneficiarios, así como una diversificación de los ingresos al calor de la prestación estatal y un aumento de la tasa de emprendimiento por parte de éstos.

Políticas públicas económicas a parte, que dejamos en manos de legisladores -Dios mediante, para mayor tranquilidad-, lo que es evidente es que con una Economía Humanista ganamos todos. Entendiendo humanizar la economía como la integración de variables emocionales que ayuden a dignificar a la persona en la ecuación de la economía productiva de una sociedad, como pudiera ser una Tasa de Vergüenza de la Pobreza. Y para aquellos burócratas, políticos y agentes sociales que se opongan, que recaiga sobre ellos ya no la vergüenza social, sino la ignominia, borrando así sus nombres de nuestra Historia a semejanza de la damnatio memoriae de la Antigua Roma. Pues no hay mayor vergüenza a la pobreza económica que la pobreza de espíritu y servicio público.


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¿Te mueves aun estando inmóvil o estás inmóvil mientras te mueves?

Foto: Teresa Mas de Roda
Según como se mire, a veces la vida de los mortales se asemeja a la del ratón enjaulado que corre sin aparente fin en su rueda sin ir a ningún sitio, es decir, sin moverse del lugar. Es por ello que uno no deja de preguntarse, a veces, si lo más inteligente por saludable es quedarse inmóvil. Dado que el movimiento no es más que una ilusión que, mal llevado -es decir, acelerado a una velocidad inadecuada para nuestra resistencia física y psicológica-, puede provocar un claro deterioro en la calidad de vida personal (patologías diversas incluidas).

Aunque, por otra parte, lo cierto es que resulta imposible permanecer inmóvil en medio del bullicioso ajetreo de la sociedad que empuja, cual entrada o salida del metro en hora punta, a ningún destino final en concreto. Quizás porque la naturaleza del hombre, al igual que la del río, es moverse en un constante fluir por la vida en su ciclo regenerativo de hombres y mujeres mortales que se suceden a lo largo del relato que llamamos humanidad.

Ergo, tanto la actitud de moverse como de quedarse inmóvil es relativa en la vida de toda persona, ya que depende de los parámetros de referencia del observador. Uno puede permanecer inmóvil consigo mismo, pero moverse para los demás; y a la inversa, uno puede estar moviéndose, pero permanecer inmóvil para el resto. Por lo que podemos afirmar que existe un movimiento o no-movimiento real y un movimiento o no-movimiento percibido. El real es aquel manifestado objetivamente en el mundo material o de las formas con independencia de la percepción de cada cual, mientras que el percibido es aquel manifestado subjetivamente en el mundo cognitivo de cada individuo. Un movimiento y no-movimiento real y percibido que, al pertenecer a dimensiones diferentes de la realidad -aunque interdependientes-, pueden coexistir de manera tanto simultánea como independiente. En otras palabras, como en la paradoja del gato de schrödinger, una persona puede estar en movimiento e inmóvil a la vez, dependiendo del punto de referencia en el que nos situemos, pues lo real y lo percibido no siempre están alineados para el observador.

Así es, aún estando inmóvil me muevo y moviéndome continuo inmóvil, pues el movimiento y no-movimiento de toda persona responde a la misma lógica ilusoria del vaso medio vacío y medio lleno, que depende con la mirada con que se mire. Por lo tanto, la diferencia entre lo real y lo percibido viene marcado por el posicionamiento consciente a nivel personal por una u otra opción plausible.

Cierto es que en una sociedad de mercado como la occidental contemporánea, el consenso colectivo del movimiento y del no-movimiento viene definido por un parámetro de referencia mercantilista como es la productividad (entendida como la acción que genera una renta de trabajo que permite asegurar la sostenibilidad económica del individuo): Si eres productivo eres una persona en movimiento, si no eres productivo eres una persona en no-movimiento. Por lo que en este contexto, el movimiento y no-movimiento real viene definido no por la realidad en sí misma, sino por la realidad creada por el hombre. Un consenso social sobre el movimiento y no-movimiento de una persona de naturaleza profundamente humana y significado al contexto de un tiempo histórico concreto que no invalida, en ningún caso, el axioma -puro, en términos kantianos- de la dualidad movimiento/no-movimiento real y percibido de la propia naturaleza del ser humano.

No obstante, con independencia de si me muevo estando inmóvil o si estoy inmóvil aun moviéndome, lo importante a nivel personal, lo que marca la diferencia en el sentido existencial de una persona, es el estado de conciencia en el que uno se posiciona: de movimiento o de no-movimiento, y los efectos prácticos que ello conlleva para el sentido de autorealización vital de cada uno. Sí, al final, el movimiento y no-movimiento para los demás puede ser una manifestación espacio-temporal e incluso productiva, pero en el plano íntimo y personal no es más -ni menos- que un estado de conciencia. Aunque, como todos sabemos, para actuar en consciencia debemos ser conscientes de lo que hacemos, y este ya es otro tema, ¿verdad?.

[A pesar que un estado de conciencia de inmovilidad móvil o de movilidad inmóvil provoca la recurrente confusión de ser conscientes de en qué posición real y percibida certera nos situamos en cada momento. Es por ello que la más y extendida común de las confusiones es creerse en la ilusión de estar moviéndose, cuando realmente la persona se haya en estado de no-movimiento].

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martes, 14 de noviembre de 2017

Declaro mi condición de Filósofo Efímero

La Filosofía es efímera, porque la vida del hombre es efímera, y con ella sus pensamientos: el sistema racional vertebrador sobre el que se construye -mediante la metodología del análisis conceptual del conocimiento de la existencia humana- la misma Filosofía, es decir, nuestro saber no empírico.

Sí, toda Filosofía es pasajera, porque pasajero y cambiante es el hombre. Si no fuera así, la historia de la Filosofía de la humanidad no estaría sembrada de un reglero sinfín de pensadores que se suceden de manera continua, en muchos casos contradiciéndose, oponiéndose e imponiéndose entre sí a cada nueva generación. Axioma del cual podemos deducir dos proposiciones relevantes:

1.-No existe una verdad única, porque no existe un pensamiento único inalterable a la evolución humana como especie, ni a la evolución existencial del individuo a lo largo de su propia vida personal, siendo lo contrario ya no Filosofía sino Religión.

y, 2.-Si la Filosofía es la búsqueda de la sabiduría (etimológica y conceptualmente hablando), siendo la Filosofía alterable por efímera, no existe para la humanidad una sola, única y verdadera sabiduría.

De hecho, la sabiduría es una aptitud que adquiere el ser humano mediante la aplicación de la inteligencia sobre la experiencia propia (inteligencia sin experiencia solo es conocimiento, ya sea éste certero o no), por lo que nos hayamos frente a dos grandes determinismos: la capacidad cognitiva de la persona y el condicionante ambiental donde se enmarca el desarrollo de dicha experiencia. De ahí, por ejemplo, que la sabiduría sobre la moral de Kant (filósofo alemán del XVIII) difiera de la sabiduría de la moral de Nietzsche (filósofo alemán del XIX). Divergencias de sabiduría que no solo vienen marcadas por contextos históricos diferentes, sino también geoculturales y de clases sociales, sin olvidar los psicológicos que son propios de la capacidad íntima de descodificar y gestionar la realidad más inmediata por parte de una persona.

Así pues, ¿cuál es la Filosofía correcta?. Aquí ya debemos de hacer una doble distinción: a nivel individual, aquella que le sirva a la persona para dar sentido a su propia existencia; mientras que a nivel social, aquella que sirva a una colectividad humana para desarrollarse óptimamente como estructura orgánica organizada mediante unas reglas comunes consensuadas. Una doble dimensión de la Filosofía que puede generar una situación de alineación o desalineación entre la Filosofía individual y la social, estadios potencialmente posibles no solo como consecuencia directa de la capacidad de libre pensamiento de las personas a título individual (a pesar de los tiempos de escaso pensamiento crítico que corren), sino también del continuo y vertiginoso cambio y transformación que protagoniza la sociedad contemporánea. Escenarios posibles que en el caso de una desalineación entre Filosofía individual y social viene resuelto por la relación de niveles de poder entre ambos (cuyo objeto de reflexión se merece un apunte a parte).

Sí, la Filosofía, por ser una creación humana, es efímera por naturaleza. Por lo que en el día de hoy, y con plenas facultades mentales, me reivindico y declaro como Filósofo Efímero. Y desde mi impermanencia condicionada a mi contexto existencial (el pequeño teatro de mi vida donde a veces, más que de actor principal, me da la sensación de interpretar un papel secundario como extra), reflexiono sobre los divinos y mundanos misterios de la existencia humana con intensa efimirez. Pues efímeros e intensos son mis pensamientos plasmados en efímeras e intensas líneas reflexivas como estas. De la efimirez existencial provengo, y tras esforzarme por sentirme vivo, a la efimirez de la existencia regresaré. Pulvis es et in puverum reverteris


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viernes, 10 de noviembre de 2017

Intramuros, un espacio de paz interior donde no sobra ni falta una sola palabra

Monjes benedictinos de Poblet. Fuente: losviajeros.com
¿Te imaginas un lugar donde no existan los murmullos, los chismorreos, las habladurías, las quejas, las críticas, las descalificaciones, las salidas de tono, los insultos, o las conversaciones banales e insulsas? ¿Te imaginas un lugar donde no sobre ni falte ni una sola coma ni una sola palabra, y en donde todo aquello que se dice tiene un sentido práctico y un propósito trascendental de mejora personal? Pues por imposible que parezca, ese lugar existe en los Intramuros del Monasterio de Poblet, donde el voto de silencio impera como ley generosa, y donde las personas -de vocación monacal benedictina- solo abren la boca para pronunciar, con sus tiempos y sus pausas marcadas, un número concreto de palabras justas y precisas que emanan de los libros santos. Aunque, para ser precisos, más que leer cantan, convirtiendo el diálogo en una bella y armoniosa conversación a la luz de la métrica musical gregoriana, cuya elegancia, sutileza y amor por los detalles de la ejecución de sus actos nada tiene que envidiar a los admirados ceremoniales japoneses.

Conciencia como aptitud y Presencia como actitud

Así es, en los Intramuros de Poblet no falta ni sobra una sola palabra, pues prácticamente solo se pronuncia vocablo para rezar, estando la persona plenamente focalizada en el sentido e intencionalidad de sus palabras, que más allá de transmitir, decretan. Es pues que la persona se haya en plena conciencia de la palabra a articular (no en vano el Verbo se hizo carne), que transmitida a través de las diversas ondas de frecuencia que permite el canto monofónico gregoriano, ejercen un efecto sanador -racional, emocional y espiritual- tanto para quien la transmite como para aquel que la recibe, y todo ello en el entorno de una bella arquitectura milenaria diseñada maestralmente para la trascendencia del hombre.

Pero toda aptitud de conciencia requiere de una actitud de presencia, pues solo desde el presente se puede ser consciente de algo. Y ese estado ambiental de anclaje continuo en el aquí y el ahora se convierte en categoría de naturaleza en los Intramuros del Monasterio, como realidad antagónica a la sociedad contemporánea consumista-compulsiva de futuros inminentes, mediante la integración de tres dimensiones clave:

1.-El Imperio del Silencio
Que hace de los Intramuros una campana de cristal al vacío de ruido, creando un espacio íntimo de reposo y serenidad para la persona.

2.-El Imperio de las Campanas
Que hace del Silencio oración y reflexión sobre el instante presente, marcando la secuencia de quehaceres en un día de trabajo pautado.

3.-El Imperio de la Naturaleza
Que hace del Silencio y de las Campanas elementos naturales de la vida, alineando nuevamente al hombre con el ritmo sanador de los ciclos de las estaciones.

Paz interior: Silencio, Sencillez y Orden

Es cierto, como reza el refranero español, que el hábito (entiéndase como vestidura) no hace al monje, pero no es menos cierto que un entorno apropiado resulta imprescindible. Puesto que no hay hábito (entiéndase aquí como conducta integrada en el comportamiento de una persona), sin disciplina, ni disciplina sin voluntad, y toda voluntad humana necesita de la ayuda inestimable de un entorno óptimo y adecuado. De hecho, un joven monje leída, a la tenue luz de una pequeña lamparita de atril en la Sala Capitular en penumbra, que según el padre impulsor de la orden benedictina del Císter, San Bernardo de Claraval, uno de los objetivos principales de la vida monacal es hayar la paz interior, para la cual es fundamental llevar una vida sencilla y ordenada. Un mensaje que otro fraile lector subrayaba -desde su púlpito elevado en el Refectorio mientras comíamos en silencio-, invitando a la búsqueda de la paz interior mediante la práctica de la conciencia del momento presente y la simplicidad de la vida como filosofía proclamada por los Monjes del Desierto (anacoretas de los primeros cristianos del siglo IV), cuya influencia y línea de pensamiento de la época es equiparable -aunque nada envidiable- a gurús de la actualidad más comerciales como Eckhart Tolle con “El Poder del Ahora” o Deepak Chopra con “La Paz es el Camino”, entre otras obras.

En un mundo hiperactivo e hiperconectado las 24 horas del día, produciendo un ruido ambiental de fondo (sonoro y de pensamiento) en nuestras vidas cotidianas que enajena al más centrado y crispa al más sereno, la existencia de una realidad paralela a la nuestra en los Intramuros de los monasterios es un lujo por pocos valorado por desconocimiento de causa. Es por ello que entrar en el espacio de los Intramuros puede llegar a producir efectos secundarios como la potencial tentación de no quererse marchar, pues pasado el periodo de mono (síndrome de abstinencia) de la adicción propia a las distracciones varias del estresante mundanal ruido, la vida monacal acaba gustando hasta el punto de no (querer) necesitar nada más que el ambiente ordenado de paz y trascendencia en las pequeñas y sencillas cosas que te ofrece el lugar. Sí, uno tiene la tentación de quedarse, pero como bien apuntó el fraile en el Refectorio: la tentación es el don de la posibilidad, por lo que la pregunta no es tanto si queremos quedarnos en los Intramuros, sino si tenemos la posibilidad de hacerlo (cada cual a examen de conciencia de sus circunstancias personales). Para aquellos que optamos por regresar a los extramuros de donde procedemos, nos llevamos un preciado regalo como herramienta de desarrollo personal en un mundo vertiginoso, muchas veces delirante, en continuo cambio y transformación: para alcanzar una existencia en un estado lo más cercano a la paz interior necesitamos integrar una vida con mayor silencio (para descansar y tener espacio con nosotros mismos), una vida con mayor sencillez y simplicidad (para liberarnos de cargas perturbadoras muchas de ellas autoimpuestas e innecesarias), y una vida lo más ordenada posible (para sentirnos seguros y tranquilos, y rentabilizar nuestro tiempo y energías). A partir de aquí, como reza la máxima benedictina, ora et labora.

Nihil novum sub sole
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lunes, 6 de noviembre de 2017

Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal

Frida Kahlo se inmortalizó en diversos autorretratos
Desde el momento que el hombre como individuo tiene conciencia de su Yo frente al no-Yo (los otros), surge el ego. Pues el ego no es más que la manifestación de la mismidad, de la conciencia de una identidad personal, íntima e intransferible de la existencia continua de la personalidad a lo largo de la vida de un individuo, con independencia de los cambios fisiológicos y psicológicos que se experimenten. Por tanto, se puede afirmar sin rubor alguno que el ego forma parte del instinto básico de identidad y supervivencia del hombre como ser vivo.

Mucho se ha demonizado sobre el ego en estos últimos tiempos por influencia del pensamiento new age de claras reminiscencias orientales, equiparando el ego a una individualismo perjudicial tanto para la persona en sí misma como para su entorno, y hay que remarcar que el ego no es peyorativo per se, ya que no es ni más ni menos que el Yo concebido y reconocido por nuestra propia introspección directa como seres sintientes y racionales. A partir de aquí, cualquier extremo no es bueno. Y a extremos me refiero tanto a un ego hedonista que solo busca satisfacer su felicidad personal por encima de los demás, comportamiento que calificamos como egoísmo e individualismo en sentido negativo, como a un ego que reniega o busca la anulación de su conciencia de identidad personal en pos de participar de una identidad mental colectiva que le trasciende como individuo. El primer extremo del ego está claro que es contrario a los fundamentos de una sociedad humanista, mientras que el segundo extremo del ego puede ir en contra del propio instinto básico que por ser de identidad personal es, a su vez, de supervivencia individual.

De hecho, todo instinto de supervivencia, que en filosofía se conceptualiza como conato, no es solo un esfuerzo del individuo hacia la autoconservación, sino que parafraseando a Spinoza es el esfuerzo de un individuo en perseverar en su ser. Pero no en un ser como manifestación de una entelequia de uno mismo, sino que dicho esfuerzo de perseverancia de la conciencia de un Yo singular va íntimamente unido -y por tanto estructurado- a sus propio mundo emocional, como ya apuntó Aristóteles hace más de dos milenios. Por lo que el ego, como instinto básico de sentido de existencia y supervivencia es por esencia de naturaleza compleja, pues ya sabemos que el universo de las emociones y sentimientos del ser humano viene condicionado por determinismos biológicos (herencia genética), ambientales (entorno de desarrollo) y psicológicos (capacidad personal de descodificar y gestionar la realidad más inmediata), por lo que el concepto de ego -con independencia de ser un instinto- está relacionado tanto con la consciencia como con la cognición.

Sí, el ego es un instinto básico del ser humano, y como instinto posee una finalidad adaptativa, pero además al estar conectado con la conciencia puede ser observado y reculturalizado por ésta. Lo cual no significa que el ego en si mismo -como idea mal preconcebida- sea una cualidad negativa de la persona, sino una característica esencial del individuo como ser cognitivo que reafirma su existencia en el mundo. Es por ello que en estos tiempos en los que impera la filosofía del buenismo y del relativismo, fruto de una mal integrada espiritualidad unificadora bajo el mantra “todos somos uno”, cabe revindicar el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal a la luz del humanismo que prioriza los derechos y cualidades esenciales del ser humano.

Sí, por tanto que tengo ego, yo soy, más allá que mi ego sea una sustancia o una subjetividad de mi consciencia, tratados de filosofía a parte. Y con independencia que junto con mi ego pueda coexistir un alter ego. Puesto que sin ego, ¿qué soy yo?: no más que una gota de agua insustancial en la linea del horizonte del océano. Por lo que desde mi ego, me declaro defensor de mi singularidad frente al mundo (los no-Yo); aunque eso sí, sin soberbia, pero tampoco sin sumisión. Vivo, ergo sum!


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